El paso del desierto. De Arequipa a Tacna

Atravesar el desierto, con lo que supone de dureza y privaciones, es aplicable a lo que sucede con un grupo de personas que viajan a lo largo de 90 días, sin prévio conocimiento. Descubrir como éramos, qué pensábamos, qué tal actuábamos es comparable a la aventura de atravesar un desierto inóspito, desconocido, al que es preciso ir descubriendo, lo que tiene de bueno, que cosa le perjudica, contemplar el brillo de su arena o lava en esta ocasión bajo los rayos de sol, el verde de sus cultivos, cuando un pequeño riachuelo hace el milagro y surca la arena. La placidez de su silencio, o el dolor de la ausencia de agua. Agradecer la posiblidad de conectarse consigo mismo, de hurgar en lo profundo de nuestro ser en busca de respuestas, encontrar soluciones a nuestros desatinos. Nos descubrimos ya.
Llegamos a otro control de policía, el de Sunai, cercado entre la arena. No es preciso desembarcar, un policia sube a nuestro bus, seguimos viaje. Hace seis horas y cuarto que salimos de Arequipa. Llegamos a Tacna gozando de la contemplación de sus arenas rosadas a las 13’30 horas. Nos dirigimos al hotel. Nos acompañan a almorzar a la Casa del Picante, buena comida. Seguidamente vamos a la Plaza donde han preparado un encuentro con la población, musica, bailes, parlamentos. Bienvenida por parte del alcalde, regalos originales, subida a la azotea del ayuntamiento desde donde se divisa el llano, hermoso. Empieza a llover, todos están contentos, nos cuentan que hace muchos años que no lo hacía. La Marcha empieza a tener síntomas de brujería.
Regresamos al hotel La casa de Elisa, poco después se va la luz, no hay agua. Cenamos con velas, es difícil moverse, es un imprevisto poco habitual, dicen. La lluvia lo ha fastidiado todo pero, sea bienvenida. Nos acostamos pronto, a la luz de las velas.
Comparto habitació con Isabel que se siente mal, agobiada. Su compañero le ha dicho que todo acabó entre ellos. Hacía seis años que vivían juntos. Duro trance, sobre todo en la distáncia, lo complica todo. Intentamos ayudarle, compartimos su dolor, nos duele. No dudamos que se abre ante ella un nuevo horizonte, es persona firme, positiva que sabrá enderezar su vida. Lo merece.

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