Maruja Torres, costará vidas…

El Pais Semanal del pasado 24 de abril, publicó este interesante artículo de Maruja Torres que, por su importancia, reproduzco. Viene a todo con motivo de los recortes sanitarios en Catalunya.

Escribo a poco de que empiecen las protestas de los profesionales de la sanidad pública en Catalunya, protestas en la calle en contra de los recortes que se están produciendo ya en el sector. Espero que los catalanes todos, por cuyo bien ellos gritan ahora, nos sumemos a su indignación, y que nos juntemos algún día por lo menos tantos como los que se han manifestado en referendo por la independencia. Hay que salir a la calle para quejarse de que de nuestros hospitales están desapareciendo plantas enteras; de que bebés recién operados son enviados a casa al poco de sufrir la intervención no porque ya estén del todo bien, sino porque no hay camas suficientes; y de que la tijera maligna impida que puedan aplicarse tratamientos y utilizarse métodos de curación que hasta ahora se usaban. Un médico de un conocido hospital barcelonés -de ahora en adelante, mis informantes del ramo van a permanecer en el anonimato; no quiero perjudicarles más de lo que ya les daña el sistema- le dijo a un conocido mío que si se pone malito, sobre todo, no vaya a Urgencias. Tal está el asunto.
No hace mucho, el conseller de Sanitat de la Generalitat de Catalunya tuvo el supremo belfo de acusar a los médicos de la medicina pública de quejarse por los recortes debido a que veían peligrar sus sueldos. ¡Sus sueldos, los médicos de la medicina pública! Son ellos eminentes profesionales que cobrarían infinitamente más si hubieran querido emigrar a países en donde podrían forrarse; algunos tuvieron que hacerlo durante el franquismo y la paupérrima transición no para enriquecerse, sino sólo para investigar con su talento: Catalunya ofrece grandes ejemplos ejerciendo en Estados Unidos. Mientras, en nuestra comunidad catalana -como en otras: porque somos iguales, no mejores-, hay que decirlo, personas que han malversado fondos públicos siguen libres bajo fianza, jugando al tenis y sin que nadie les ponga cabeza abajo para que devuelvan lo trincado.
Cavilando sobre todo esto me hallaba cuando el destino me proporcionó un encuentro -uno más- inestimable. Sentada en un avión tras una larga espera en un aeropuerto, por condicionamientos de niebla aparentemente, observé que mi vecino de asiento, un hombre joven, en su treintena, leía La regenta. Como soy de natural impetuoso y estas cosas no se ven todos los días, exclamé: “¡Qué suerte la de usted no haberla leído aún!”. Modestamente respondió: “Es la tercera vez”.
Empezó una de esas conversaciones apasionadas que de vez en cuando se dan, cuando dos personas interesadas por la vida se descubren. Yo le hablé del periodismo y él me habló de la medicina, pues trabaja como médico en la Unidad de Cuidados Intensivos de un hospital de Catalunya. Me habló de ese planeta del dolor que es su especialidad, de los traumatizados que llegan, de obreros caídos de una grúa o de un andamio; de parientes que han de hacerse de súbito a una mala idea. De la desesperación de los médicos, a la búsqueda de soluciones.
Como es natural, le pregunté por el impacto que van a tener en la gente de a pie esas medidas ahorrativas en la medicina pública que el probo Govern de CiU ha puesto en marcha. Ese Gobierno de una formación que dominó y adormiló a Catalunya, y al que los votantes han regresado, después de haber echado la canita al aire con el Tripartit. Arrepentidos y sumisos.
Le pregunté por las consecuencias de este arrebato clasista del Govern Autonòmic de Catalunya, sección estado del bienestar. Y no dudó al responder: “Costará vidas”. Continuamos hablando, de aparatos, de diálisis, de todo aquello que los hospitales que pagamos con nuestros impuestos ponían a disposición de los pacientes que lo necesitaban con urgencia. “¿Hay algo que podáis hacer?”. “Trabajar hasta la extenuación”, replicó, también sin dudar. “Dar el máximo de nosotros. Nosotros, los médicos; nosotros, los anónimos. Eso es lo que vamos a hacer”.
Terminando este artículo salta la noticia de que mi estimado doctor Miquel Vilardell, presidente del Col•legi de Metges de Barcelona, pide que se detengan esas medidas que “afectan y podrían afectar aún más” la asistencia médica que reciben los ciudadanos. Ojalá le hagan caso. Pero no lo creo, pienso que harán enjuagues.
Costará vidas y costará desvelos por parte de los profesionales. Nos dará pena y vergüenza.

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