Los límites de la paceñidad, por Antonio Peredo

¿Donde va Bolivia? me pregunto, espero que no escuche la voz indebida. Es mucho lo que queda pendiente pero creo firmemente se encuentran en el camino correcto. La voz de sirenas siempre fue de atracción fatal. Me preocupa la sinrazón, igual que a Antonio Peredo, hombre ecuánime que sabe lo que dice.

La ciudad de La Paz está en emergencia defendiendo los límites de su jurisdicción municipal, asediados por los municipios vecinos. Así insertamos un problema más a los ya existentes que enfrenta al país, no solamente al gobierno, a un vendaval de demandas, reclamos y protestas que brotan en todas las regiones. Como casi todos se han ocupado de los otros problemas, me quedo con este tema del que poco se ha dicho.
La Paz reclama sus derechos. Ya no se trata del departamento. Tampoco es la ciudad, vista como el conjunto urbano. Es el municipio que comprende tanto la urbanización cuanto el territorio rural que llega hasta Zongo, allá en las faldas del Huayna Potosí. Por supuesto, no es en esa lejanía –al menos por ahora- donde se discuten límites, sino en la zona urbana, donde una calle, una esquina, un lote de terreno, determinan el límite que divide a La Paz de Achocalla o de Mecapaca o de Laja, para poner sólo los ejemplos de la discusión actual. De la actual, porque hace algún tiempo, el debate fue con El Alto y, más adelante, podría darse con otros municipios.
Bolivia ya no se divide en departamentos solamente; se divide también en municipios. La palabra división ha adquirido un matiz perverso: no se trata de límites que ordenan la administración municipal, sino de líneas que se convierten en franjas rojas de conflicto permanente y egoísta. ¿De qué unidad estamos hablando, si hasta entre municipios estamos divididos?
La Paz, como departamento, es una síntesis de nuestro país. De sus posibilidades como también de sus anhelos. De su identidad y de su diversidad. De su progreso y de sus deficiencias. De sus virtudes y de sus falencias. La Paz es crisol de bolivianidad. Pero ahora, en confrontación con las colindancias municipales, se retrae en búsqueda de su patrimonio, defendiendo su territorio, como si se tratase de un país amenazado por sus agresivos vecinos.
La construcción de viviendas, de avenidas y de calles, ha avanzando sin determinar cómo debe limitarse ésta o aquélla vecindad. El conglomerado urbano está más allá de esos límites que, además, nunca han sido debidamente señalados. Da la impresión que, quienes legislaron sobre la jurisdicción de los municipios, no tuvieron en cuenta la falta de una cartografía que estableciera los límites precisos. O talvez tuvieron en cuenta precisamente esa carencia.
No importó mucho ni poco que La Paz se extendiera o que El Alto avanzara hacia otro municipio. No importó, mientras no hubo dinero de por medio. Pero ya la distribución de recursos por el HIPC I y II, desató la discusión. A partir de entonces, allá en el año 2000, se enconaron disputas, aparecieron exigencias. Lo que es peor, no hay un mecanismo técnico ni una autoridad superior que ponga orden a esta problemática. Pareciera que todos nos empeñamos en agravar los reclamos y convertirlos en exigencias y hasta en banderas de combate.
La Paz es la ciudad central de este departamento. Es la sede del gobierno nacional. ¿Habrá que recordar la marcha por la sede? En ese momento no había diferencias entre paceños, alteños, viacheños y cuantos patronímicos podamos encontrar en este conglomerado de municipios. Todos éramos hermanos, incluyendo los que no nacimos aquí, pero nos sentimos profundamente ligados a esta ciudad, a esta tierra donde hemos hecho nuestra vida.
¿Cómo hemos permitido que nos dividan de ese modo? Nos feudalizaron y nosotros reclamamos esos derechos feudales, como si en ellos se asentara nuestra soberanía. ¿Cómo podemos hablar de departamento y, al mismo tiempo, de los límites intraspasables del municipio? Ni siquiera los encomenderos de la colonia tuvieron disputas tan graves sobre los límites de las concesiones que les otorgó el rey de España. ¿Cuál fue el monarca que nos dotó de las tierras que hoy componen este municipio? Evidentemente, éste no es el camino de la unidad nacional.
La Paz es un centro que debe irradiar bolivianidad. Desde esta inmensa quebrada, que es refugio de las inclemencias del altiplano, siempre se convocó a la conjunción de esfuerzos. La irradiación de su actividad hizo posible el nacimiento de esa ciudad gemela que es El Alto. La inevitable atracción que tiene este centro, permite que sus calles se inunden de hombres y mujeres de todos los rincones del país. La Paz es una metrópolis que se expande por varios municipios. La paceñidad tendría que expresarse en todos ellos. Más aún: la alcaldía de La Paz tendría que ser el apoyo de los otros municipios para que se hagan cargo de la administración adecuada de los barrios que se crean al influjo de las actividades de esta sede del gobierno nacional.
Aquí, en esta ciudad, hace ya más de dos siglos, se escribieron y proclamaron las más importantes consignas de la independencia de Nuestra América: “Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria; hemos visto con indiferencia por más de tres siglos sometida nuestra primitiva libertad al despotismo y tiranía de un usurpador injusto que, degradándonos de la especie humana, nos ha mirado como a esclavos; hemos guardando un silencio bastante parecido a la estupidez que se nos atribuye”. ¿Nos hemos olvidado de que, Murillo y los miembros de la Junta Tuitiva, asumieron la representación de nuestro continente avasallado? Por cierto, no nos quedamos en el introvertido rol de proclamar la independencia de La Paz.

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