Desde Damasco, por Mario Casarteli

Dicen que en  Alepo, ciudad milenaria, ubicada hacia el norte, cercana a la frontera con Turquía, no hay un  segundo de calma. Y a juzgar por la artillería siria que truena sin pausa en el aire, impidiendo a los grupos insurrectos volver a avanzar hacia Damasco, debe de ser así.alepo-tras-combates

Estos llegaron allí y se atrincheraron en  grupos armados, instando a las familias a que les den albergue, ya sea por la fuerza, por coacción o convicción. Las razones para tal alianza son múltiples y exigen larga explicación. Me dicen que entre el ejército sirio que allí opera y los insurgentes hay relativa paridad de cifras. Oscilan entre el 40 por ciento ante las fuerzas sirias. Y pregunto por qué el gobierno, si es mayoritario en número de hombres y tal vez en poder armamentístico, no logra recuperar esa ciudad.  “El ejército  sirio va pisando con pies de pluma por varias razones”, me explican. Si entraran de golpe significaría una batalla de destrozos inconmensurables. La otra alternativa es requisar, casa por casa. Pero eso haría derramar  mucha sangre inocente. En este punto, rescato lo que nos dijo el director del Museo Arqueológico Nacional. “Los grupos armados también se amparan entre las ruinas históricas, para dificultar el ataque por parte del ejército sirio”.

He visto la foto de una calle en Deir ez-Zor, convertida casi en polvo. Cuánto desastre de extremo a extremo. Es como si un ciclón la hubiese arrasado. O  “como si dinosaurios hayan pasado por ella”,  tal cual escribió la persona que la distribuyó.  Es la tragedia que se vive día a día. Sin embargo, pese a esos dolorosos destrozos, se puede ver  el esplendor derrumbado.

¿Qué será de Alepo y de sus monumentos históricos que son patrimonios de la humanidad? Alepo fue hasta hace poco, una ciudad pujante, la de mayor fuente para el sostén económico de Siria. Aparte de fabricar productos electrónicos de todo tipo, es el gran centro del telar de Medio Oriente, y está rodeada de pueblitos pequeños formados por  trabajadores de las inmensas fábricas que allí pululan. Un hombre me cuenta que allí entraron centenares de saqueadores y se aprovecharon de la situación. “Se llevaron en camiones enormes maquinarias rumbo a Turquía”.

También conocí a una periodista del canal sirio, con quien hemos compartido trabajo y almuerzo. Me dijo que ella vivía en esa ciudad, pero entraron los grupos armados y se instalaron en su casa para convertirla en cualquier cosa y la vaciaron. “Yo ejercía la docencia para niños estudiantes, pero me tuve que venir resignada a Damasco. Y aquí estoy trabajando para la televisión”.
Siria, que siempre convivió sin  problemas con todas las religiones, ahora debe soportar que en Alepo, los fundamentalistas que allí están obliguen a las mujeres a cubrirse la cara con tela”, me dice una mujer.  “No es tan así”, me dice otro hombre que recorrió esas zonas. Difícil saber la exacta verdad sin llegar allí.

Pregunto a mis compañeros de ruta qué pasaría sin fuésemos a Alepo. “Sería una locura, desde todo punto de vista”, me responden. Primero porque el propio ejército, que va cercando  de a poco a los insurgentes, no nos dejaría pasar. Y si pasásemos caeríamos en manos de extremistas de toda índole que no dudarían un segundo para decapitarnos. Tales escenas las he visto en Paraguay, a través de las filmaciones difundidas por las redes sociales de comunicación. Y es evidente que ese intento sí sería, metafórica y literalmente, perder la cabeza

Pobre Alepo, pobre gente, sobre todo sabiendo que el sirio que nos acompaña nació en esa ciudad. Y cuando habla de ella, sus palabras irradian llamas de amor. Cierro los ojos y me viene  un verso del poeta italiano Eugenio Montale, que para haberlo escrito hizo lo que  yo siempre soñé y no podré -salvo que me toque volver a Siria en tiempos de paz-, es decir, cruzar una parte del mundo “por el camino de Alepo”.

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