Dignidad, pobreza y criminalidad. Silvana Melo

A veces no hay alternativa. Y plantarse con plato y baño a la vista de los caprichosos ojos del estado es la única herramienta para hacerse visible. A veces no queda otra que acamparle al sistema ante sus narices. Ocuparle el zaguán o el patio o la porción del living donde recibe a las visitas. Y sentarse a esperar una respuesta. Que pase por la justicia del pan y la leche, del techo que detenga la lluvia, de la construcción de un futuro que, como un colectivo, pare en todas las esquinas. Y, apiñaditos y cantando, tenga lugar hasta el último coyita del confín de la quebrada. Hasta el último mapuche del valle volcánico. Hasta el último pibe que fuma en la Carcova.

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Ahora son los chicos de Milagro Sala los que apuran el calor en la plaza que apunta a la puna jujeña. No hubo juicio para la mujer de cara surcada por la vida que fue dura, sino calabozo por acampar en la plaza que disfruta el turismo. Hay oscuras maniobras que enfrentan a Milagro con el flamante poder político jujeño, revanchas y vendettas. La intervención de su fundación (por eso le acampó enfrente a la cara actual del estado) y tanto reproche por los métodos para juntar y repartir los fondos públicos. Todo deberá discutirse en ámbitos justos, pero la protesta no es un crimen. Y no se discuten el desempleo, el hambre y la intemperie desde la mordaza y el calabozo.

Ni desde los cortes en la Panamericana de los trabajadores de Tatsa, Emfer y la autopartista Lear, atomizados a palos, balas de goma y gases por policías y gendarmes en 2014.

Ni a través del proyecto X, pensado para espiar formalmente a las dirigencias sociales y a los confinados sistémicos que planeen acamparle a entes y a empresas subsidiarias del estado.

Ni a través de la ley antiterrorista, pensada para frenar la incomodidad de la protesta en la calle por donde pasan los amigos. Una ley perpetrada para que pueda ser utilizada sin remordimientos por el estado macrista. Hoy agradecido por la atención.

Ni desde la represión del sistema extractivista, tercerizada a través de patotas, barras bravas, sindicalistas empresarios, multinacionales megamineras, sicarios contratados por sojeros y latifundistas. Etc. El acampe contra Monsanto en el barrio Malvinas Argentinas de Córdoba soporta el poder de la semillera (avalada por el estado nacional en 2014) y la represión espasmódica de la policía o de las patotas de la UOCRA, según los humores del día.

Ni con Bernardo Salgueiro, Rosemary Chura Puña y Emilio Canaviri Álvarez, los muertos compartidos en el Indoamericano.

Ni con los golpes a médicos, pacientes y periodistas en el Borda.

Ni con el crimen del toba Javier Chocobar en Tucumán.

Ni con el crimen de Mariano Ferreyra en las vías del Roca.

Ni con Juan Velázquez, Félix Reyes y Ariel Farfán, los muertos por la tierra y la vivienda en lotes satélite del ingenio Ledesma, en Jujuy.

Ni con Roberto López y Mario López, los muertos qom del desalojo en la ruta 86 de Formosa.

Ni con Miguel Galván y Cristian Ferreyra, campesinos muertos por los sicarios de latifundistas en Santiago del Estero.

Ni desde los accidentes que sistemáticamente sufren los qom en Formosa. O los procesos judiciales que soporta el carashe Félix Díaz por su empeño en reclamar tierras que la conquista y sus subsidiarias del tercer milenio le siguen escamoteando con aluviones históricos de abandono y muerte.

Ni con los 4.000 trabajadores y desempleados y luchadores sociales criminalizados en los últimos quince años.

Ni con los 70 silenciados que han muerto en piquetes, acampes, protestas por salarios o por hambre o por techo o por la vida misma, retaceada por el poder que quita la sortija justo en el momento en que caballito de los cesanteados sociales le pasa al lado.

Ahora son los chicos de Milagro Sala los que apuran el calor, desde la panza de la puna jujeña. Y a pesar de que la jueza de menores de feria de Jujuy, María de Rosario Hinojo, intime a la Tupac Amaru y a sus adultos que se lleven a los niños del acampe, ellos son pertinaces en plantarse. Ellos entienden lo que peligra. Y eso los vuelve peligrosos en sí mismos. Los construye sujetos políticos, poderosos fuegos de transformación.

Por ley, por derecho y por amanecer imparable, ellos manifiestan en defensa de la vida: la propia y la del resto. Y no hay justicia que pueda negarles la participación en sus comunidades y en sus organizaciones y en sus espacios de lucha colectiva. No hay justicia que pueda negarles la factura directa de un futuro que los incluya.

No hay justicia que pueda criminalizarlos por niños no más. No hay justicia que pueda negarles la justicia.

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