“La guerra de Siria es el asesinato de todo un pueblo”. Ana I. Bernal Triviño

Zouhair Lahna, médico humanitario, ha estado en cinco ocasiones en Siria como cirujano ginecológico y creó en Casablanca una clínica para atender gratis a refugiados e inmigrantes, que ha sido cerrada por el Gobierno de Marruecos.

Dr Zouhair

Cada día se levanta con un sólo objetivo: curar a los más débiles.
Zouhair Lahna es un médico incansable. Su profesión está por encima de todo, aunque suponga un coste económico y familiar. Acaba de regresar de Siria y ya piensa en volver. Para justificar su decisión, pone números sobre la mesa: “Cuando se ven estas destrucciones se entiende el porqué de tantos refugiados. El 40% de la población se ha desplazado. 300.000 muertos, 150.000 viudas, 150.000 discapacitados y miles de huérfanos. A ello se le añade la vulnerabilidad psicológica. Es muy importante en los niños. A tres de cada cinco niños les espera un futuro de violencia”.

Está preocupado porque una de sus iniciativas ha sido cancelada por el gobierno de Marruecos. Como labor humanitaria, iba a proporcionar asistencia gratuita a refugiados e inmigrantes en su clínica de Casablanca. Diez días después, cerraron su centro. “No ha gustado a la parte más mercantilista de la salud, los lobbies médicos del país, y empezaron a investigarme. La autorización es un puro trámite, pero está paralizada y sigo a la espera. Esto no dice mucho a favor de Marruecos. No he tenido ayuda de ningún partido político. Sólo tenía el apoyo de Cáritas y una ONG local. Es triste…”. Después de sus consultas gratuitas, tenía planificado realizar intervenciones en clínicas asociadas, con donaciones privadas que ya había negociado para cubrir los gastos de las operaciones. Aún espera que una comisión le permita cumplir este deseo.

Mientras su iniciativa en Marruecos está aún por decidirse, en su mente sigue el recuerdo de Siria. Etiopia, Congo, India, Afganistán, Cisjordania o Gaza son otros de los países en los que ha estado aunque, para él, hay una diferencia: “Siria es el conflicto más catastrófico que he vivido. Si bien es cierto que el de Etiopía y Afganistán no son más afortunados. La guerra de Siria es una masacre en toda regla y la regresión de todo un país, el asesinato de todo un pueblo”. Opera los traumas de guerra, sobre todo de la zona pélvica. Él es cirujano ginecológico. Realiza intervenciones que nadie más puede realizar por su especialidad. ¿Por qué? “Todos los cirujanos ginecólogos se han marchado y solo hay veintitrés ginecólogas con poca experiencia para ocho millones de personas, y ellas trabajan en condiciones muy difíciles”.

En su memoria permanecen los ruidos, los gritos y los nombres de sus pacientes en mitad de los ataques o en los campos de refugiados. A pesar de todo el sufrimiento y de que la muerte pesa cada día, hay segundos donde parece que la tragedia se para. “Los nacimientos durante las guerras son un himno a la vida y la esperanza”. Lo suyo es recibir a las nuevas vidas en las condiciones más difíciles.

Así lo hizo en el campo de Zaatari en Jordania en 2012, en el de Saida en el Líbano en 2014 y en Alepo e Idlib posteriormente. “Los humanos luchan por la supervivencia y la mejor respuesta frente a la destrucción es la llegada de esos niños al mundo. El papel del médico obstetra es fundamental porque la mujer, que es el eje vertebral de toda la sociedad, requiere más protección y es más frágil porque puede ser violada, sufre más la muerte de sus padres, sus maridos, hijos y teme por su embarazo”.

Suele acudir al norte de Alepo. Describe que los ciudadanos están “cansados, deprimidos y sin futuro”. Le pregunto cómo se sobreponen y responde que lo poco que les queda es la fe. La misma que se usa como razón en los actos de islamofobia. Zouhair emite un gran suspiro antes de reflexionar. “Me temo que la islamofobia actual sólo está empezando. Que el rechazo hacia los musulmanes y su marginación sólo serán caldo de cultivo para sus luchas. Va a ser muy difícil que los musulmanes sean acogidos en Europa como ciudadanos de pleno derecho. ¡Incluso yo, con mis antecedentes y mi experiencia, tengo dificultades!”.

Sabe de lo que habla. Zouhair abandonó Marruecos y a su familia para estudiar en Francia su carrera de Medicina, lo que más deseaba hacer. Conoce perfectamente el clima y la tensión que se respira frente a lo que en Europa consideran como “el otro”. Le preocupa el futuro. No sólo a largo plazo. También el inmediato: “No me puedo imaginar lo que espera a los jóvenes musulmanes en una Europa cada vez menos tolerante. El terrorismo internacional reclamado por los mal llamados “islamistas” no toma la opinión de los musulmanes y aterroriza a ellos, en primer lugar, mediante la muerte”.

Quiere restar mérito a su trabajo. Reconoce que a veces siente miedo, pero tiene excusa: “El ser humano nunca escapa a su destino. ¿Cuántas personas mueren cada día de manera absurda en accidentes de tráfico y sin embargo seguimos usando el coche?” pregunta, con una sonrisa. Zouhair es feliz porque es “un médico humanitario y eso es una profesión noble”.

Pienso que alguna razón debe motivarle. Algún motivo que anteponga ese fin sobre su propia vida. Alguna causa por la que abandonara su reputación como cirujano en un hospital francés para volver a su Marruecos natal. Todo ello a cambio de recorrer el mundo en busca de pacientes que, sin su presencia, tendrían otro destino. Y ahí es cuando Zouhair me lleva a sus raíces. Al comienzo de todo: “No sé cómo llegué a médico humanitario, pero lo hice. Y creo saber el porqué. No soporto la injusticia. Ver la gente ante la imposibilidad de curarse o mendigar para poder curarse no lo soporto. Y es eso, o la muerte”, sentencia. Y guarda silencio. Con ello, Zouhair ya lo ha explicado todo.

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