Federico Mayor Zaragoza. “Manos que no dais, ¿qué esperáis?”

Esta expresión, atribuida a Santa Teresa, es hoy motivo de profunda reflexión, cuando observamos la mirada de los niños refugiados y emigrantes, y la de sus padres… La brecha entre los países más avanzados y los más menesterosos se ha ampliado debido al incumplimiento de los acuerdos alcanzados sobre desarrollo integral y endógeno, originando situaciones de alto riesgo para la estabilidad internacional, con un serio deterioro de los equilibrios sociales, naturales, culturales y éticos, acumulándose la riqueza en un polo, cada vez menor, y la miseria y la marginación en el otro, cada vez mayor.

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Como escribió Luis Bedés, “Los males que nos afligen, los problemas que acusamos, el hambre y la pobreza, el terrorismo y la violencia, la desigualdad y la injusticia, denotan la insuficiencia del orden establecido. Las deficiencias del orden internacional sacan a flote las internas de las naciones y, estas a su vez, afloran las del ser humano”. No podemos reposar hasta conseguir que la sanidad llegue a todos los rincones, que todos los seres humanos, sea cual sea su lengua, creencia o color, puedan vivir juntos. Hay que trabajar incansablemente sin pedir nada a cambio. “El voluntariado sigue siendo vocación universal”.

Solidaridad es dar y darse. Es vivir y sentir la alegría de la entrega. Como ha escrito Gibran Kahlil Gibran, en “El Profeta”, fuente permanente de inspiración, “Sólo dáis realmente cuando dais algo de vosotros mismos… Bueno es dar cuando os piden, pero mejor es dar antes… Todo cuanto tenéis será dado algún día… Dad pues ahora, para que la estación de las dádivas sea vuestra y no de vuestros herederos. A menudo decís: “yo daría, pero sólo a quien lo merezca”. Los árboles de vuestro huerto no hablan así… Dan para poder vivir, porque guardar es morir… ¿Hay merecimiento mayor que el del que da el valor y la confianza –no la caridad- de recibir?… Mirad primero si merecéis…”

Manos que no dais, ¿qué esperáis?

A veces, ante la magnitud de las necesidades y la precariedad de los medios, nos sentimos abrumados y nos invade la tentación de desistir. Tenemos entonces que recordar la voz serena de otra Madre Teresa, la Madre Teresa de Calcuta que nos dejó el mensaje inolvidable de su portentoso ejemplo: “Sí: sois como una gota en el océano. Pero si esta gota no existiera, el océano la echaría de menos”.

Para que la Unión Europea deje de ser tan sólo una comunidad monetaria y vaya completando su metamorfosis en una verdadera unión política y económica, deberá abrir de par en par puertas y ventanas, hoy tan cerradas y algunas, además, convertidas en espejos. Deberá construir puentes de solidaridad para superar los abismos que la distancian de sus vecinos. Este es el gran papel que puede desempeñar Europa: el de faro, el de bastión de los valores de la democracia, de los principios universales tan necesarios y apremiantes –en los aspectos sociales, medioambientales, culturales y morales- en estos sombríos inicios de siglo y de milenio.

Manos que no dais, ¿qué esperáis?

Me gusta repetir, por su inmenso calado, la frase que tanto me impactó hace ya muchos años, al leerla en una pequeña capilla cerca de Montepellier: “Las mortajas no tienen bolsillos”. No lo olviden los que hoy poseen tanta riqueza.

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