Federico Mayor Zaragoza. Cumplir las promesas

“Entiendo cómo te hiere este dolor,
pero canta y no llores. Tu mejor testigo es una voz en el aire
y no el clamor que confina el discurso y, al final,
impide la reflexión sobre lo que está pasando”

Juan Goytisolo, “La voz y el mundo”.

federico mayor recien

Nuestra fuerza es la de la voz y la palabra. Una fuerza indomable que, cuando se convierte en el grito de la gente, nos encamina hacia paraísos de luz y esperanza.

Por un lado, tenemos que decir “No” a la fuerza y renunciar a la violencia. Por otro lado, tenemos que decir “Sí” a la perseverancia tenaz de no conformarnos para dejar atrás los horrores de la guerra, la imposición y la fuerza y poder entrar en el reino del encuentro y el diálogo que ha sido nuestro sueño durante tantos amaneceres.

El futuro no puede ser tan fijo como lo es el pasado: D. Antonio Machado nos urge a revisar las lecciones de la historia para descubrir si la descripción del pasado es fiel a los hechos. Pero, por encima de todo, nos apremia a escribir juntos el futuro. La única manera de aplacar el dolor y la memoria de las heridas del pasado es atreverse con constancia e imaginación a recorrer juntos, a conformar juntos, a habitar juntos –todos diferentes, todos iguales, todos únicos- el tiempo y el espacio que tenemos aún intacto ante nosotros. Es el legado supremo. Es la herencia suprema.

Con demasiada frecuencia no hemos cumplido nuestras promesas. En los tiempos de prosperidad no hemos recordado las medidas adoptadas en épocas de problemas, cuando la tensión humana es más creativa y cuando la pasión y la compasión abarcan tantas cosas.

Atreverse es esencial. Debemos tener presente las terribles palabras de Albert Camus: “Los desprecio porque, pudiendo hacer tanto se atrevieron a tan poco”. Atreverse a saber y saber para atreverse. Levantemos los ojos y miremos a la distancia. Lo que importa es lo que se encuentra en el recodo del camino, los valles más allá de las colinas que por cercanas impiden contemplar el horizonte. Sólo en la cornisa, con la niebla delante de tí, en la línea divisoria entre la luz y la oscuridad. Con más dudas que certezas. Pero esperanza porque el futuro está ahí, a la espera del surco de la arada, el agua y la semilla.

Sembrar y sembrar sin pensar en la cosecha. Muchas semillas no darán frutos, pero hay un fruto que nunca se obtendrá: el fruto de la semilla que no se ha plantado.

No podemos permitir que la naturaleza y el corazón se marchiten al mismo tiempo. Cuando digan que no hay solución, no hay que creerlo. Es porque ellos no saben cómo encontrarla. Es porque no pueden ver más allá de las tareas apremiantes de cada hora. Cada hora hay que avanzar, inventar y trazar la ruta.

Las respuestas están siempre dentro de nosotros, nunca afuera. Necesitamos escuchar a cada uno, a cada cosa pero, después, es necesario estar libres, obstinadamente libres para expresarnos y decidir por nosotros mismos. Ser guiados por nuestras reflexiones y no por instrucciones y sugerencias de otros.

La esperanza es parte de la capacidad creadora de la especie humana que debe ser utilizada contra la inercia y la rutina. Actuando de otra manera y no según lo previsible. Respondiendo –como Mandela- sin odio ni rencor.

Grandes sumas de dineros son invertidas en la protección de las fronteras y muy pocas en salvaguardar lo que yace dentro de ellas: niños, mujeres, maderas, agua, tierra, aire… Hemos llegado a aceptar lo inaceptable: niños de la calle, abandonos. ¿Qué tipo de civilización es ésta que encuentra excusas para no cuidas de los niños y considera “costoso” el tratamiento del SIDA en pacientes sin recursos económicos?

Este es el delito de silencio. Debemos trabajar incansablemente para alzar la voz, aún más voces, hasta que logremos para ti –para ti que ya estás con nosotros y para ti que lo estarás mañana- una vida más en consonancia con la dignidad de cada ser humano. Sólo entonces seremos capaces de mirarte a los ojos.

Será necesario mucho valor para, con el poder de la palabra, continuar con el cambio de todo aquello que no hemos podido o no hemos sabido cambiar.

Un día en 1945, al final de la segunda guerra mundial, con nuestras mentes y nuestros ojos llenos de horror, prometimos evitar, a las generaciones futuras, el sufrimiento de la violencia y la guerra. Debemos ahora cumplir con apremio las promesas que no hemos cumplido.

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