Federico Mayor Zaragoza. Acabar con la siniestra espiral del tráfico y consumo de drogas

El 19 de abril tuvo lugar, en las Naciones Unidas, una Sesión Especial de la Asamblea General sobre las Drogas, con el fin de “promover una profunda revisión de las actuales políticas y enfoques”.
El narcotráfico es una auténtica y gravísima amenaza a la estabilidad mundial y, después de muchos años, está sucediendo lo peor: se acepta como un “efecto colateral” del sistema económico, de la desequilibrada y confusa gobernación global que ha situado al mercado como protagonista de la política planetaria, en lugar de los principios democráticos.

Federico Mayor

Mientras siga siendo un fabuloso negocio, no habrá solución por la fuerza. Porque pueden acallar muchas voces, porque pueden matar sin contemplaciones, porque pueden comprar muchas armas y voluntades, porque pueden ocultar y lavar su negro dinero en paraísos fiscales.

Está claro que el precio no tiene el menor efecto disuasorio y que, urgidos por la extrema dependencia y apremio del consumo, los adictos son capaces de todas las extorsiones, chantajes, coacciones, afrentas familiares…

Dejémonos impresionar por la desazón y tristeza de un drogadicto. Y tratémoslo como todo ser humano se merece. Advirtamos, alertemos, asistamos… pero sin consentir que el narcotráfico siga constituyendo hoy uno de los mayores y más graves problemas de delincuencia y de terrorismo.

Está claro que la solución no es mirar hacia otro lado mientras en las discotecas y salas de fiesta se ofrece todo tipo de “droga” y, lo que es peor, algunos barrios “malditos” se abandonan a su suerte.

Está claro que no es un problema de seguridad y solución militar, sino un tema de sanidad pública. Hay que desmontar con vigor, con la cooperación de todos los servicios de inteligencia, el terrible andamiaje capilarmente extendido en todo el planeta.

La drogadicción produce efectos muy negativos en la salud –sobre todo en las neuronas-, en la voluntad, en la vida de los drogadictos. Y de los familiares. He visto tantas familias destrozadas, empobrecidas, arruinadas en todos los sentidos, por el consumo de droga. En último término, por las dimensiones del tráfico y su impacto económico y delictivo, el consumo de drogas afecta a la sociedad en su conjunto.

El problema de las drogas es la demanda, no la oferta. Los Estados Unidos se pasan la vida rastreando, con grandes efectivos militares, en los países de origen para evitar, inútilmente, que se inicien las distintas “rutas de la droga”… pero no controlan el consumo interno. Apresan a muchos “capos” de otros países pero muy pocos en su propio territorio.

Como en el caso del alcohol y del tabaco, es un tema de honda repercusión patológica, y deben realizarse amplias campañas para educar a los potenciales consumidores y alertar debidamente a la sociedad, para que sepan antes de iniciarse a lo que se exponen, y tratarlos luego –al igual que se hace con los afectados por el tabaco o el alcohol- en las instalaciones hospitalarias apropiadas. Hay que apelar a la responsabilidad de toda la sociedad porque es un drama que, progresivamente, afecta a todos.

Insisto en que deben conocerse muy bien los efectos nocivos que comporta su consumo. Pero el prohibicionismo, como ha destacado Aracely Manjón, ha constituido un error profundo, con mafias que afectan a la seguridad de países enteros, traficantes que se convierten en asesinos y drogadictos que hace de su vida, a escala personal y familiar, una inmensa tragedia.

Una parte de los problemas de Afganistán –y de los relacionados con los talibanes- desaparecerían si, súbitamente, no fuera negocio cultivar la amapola. El 90% de la heroína que se consume en el mundo procede de Afganistán. Y cada hectárea de dormidera proporciona unos 13.000 dólares anuales… cuando la de los cereales no pasa de 500.

Lo mismo sucedería en Colombia y otros países de la “gran avenida” de América Latina, como las de los países de América Central y México: mientras produzca pingües beneficios, habrá narcotraficantes, desde los pequeños “camellos” hasta los grandes, distantes y ocultos jefes de los “cárteles”, que blanquean los cuantiosos fondos en los paraísos fiscales. En contra de lo prometido en el “rescate” de las instituciones financieras en la reunión del G20 en 2008, la regulación de las actividades bancarias ilícitas y delictivas no ha tenido lugar y los paraísos fiscales siguen estando colmados por las mafias y los ciudadanos insolidarios que evaden capitales.

Sólo la “normalización” de su distribución, terminaría de una vez con la trama mafiosa de extrema violencia que hoy es propia del narcotráfico. Sería un golpe decisivo, que haría desaparecer una de las mayores lacras que afectan a la humanidad. Creo sinceramente que es la única forma de eliminarla, porque ya está demostrado que no se elimina por la fuerza.

Europa debería liderar esta gran decisión a la que se oponen algunos de buena fe, y otros para defender los inmensos intereses que obtienen… sin reparar en los dramas personales y familiares que originan y que no afectan a sus conciencias porque hace tiempo que las vendieron.

Aquí, de nuevo, la existencia de unas Naciones Unidas fuertes y dotadas de la autoridad imprescindible sería fundamental para hacer frente a este terrible reto.

Es necesario, pues, en esta como en tantas otras cuestiones, un replanteamiento radical. Hay que abordar el tema sin prejuicios, sin posiciones inamovibles que desoyen cualquier sugerencia de cambio.

Con todas las advertencias, con grandes campañas de movilización, se lograría que hubiera, como sucede hoy con el consumo del alcohol y del tabaco, una clara conciencia de los riesgos que representan, pero se terminaría con la innecesaria y siniestra espiral de la violencia personal y colectiva que representa el entramado actual. Con un gran clamor popular debería, de una vez, procurarse que desaparecieran –como ya he indicado antes- los paraísos fiscales. La voz de la gente debe ya, en la nueva era que se avecina, tomar en sus manos las riendas del destino común. Son medidas muy difíciles no sólo por el inmenso andamiaje que hay que desmontar, utilizando las fuerzas de seguridad cuando sea necesario, sino por la inercia que la “sociedad instalada” siente ante toda modificación de rumbo.

Creo que es conveniente recordar en este punto que en España, el alcoholismo produce hoy más adicciones y trastornos que la droga…

Uno mi voz a la de quienes, como hizo Carlos Fuentes -¿cuántos asesinatos se han sufrido ya en México en la guerra contra el narco?- aconsejan sabiamente y con conocimiento de causa sobre el tema. Pero los “capos” se resisten porque saben, como Al Capone, que con la reducción del precio se les acabaría rápidamente su maléfica empresa. Hace poco, el ex Presidente de Colombia y hoy al frente de UNASUR, Ernesto Samper, declaraba que es urgente un cambio de actitud “porque hemos sido duros con los débiles y débiles con los duros”.

Ruth Dreifuss ha hecho un llamamiento, con toda la autoridad que posee, para la abolición inmediata de la pena de muerte relacionada con el tráfico y consumo de drogas. En Indonesia, en Arabia Saudita, en Irán… son muchas las ejecuciones que han tenido lugar en los últimos años por esta razón. Aparte de la enorme afrenta que representa para los derechos humanos, reitero en que no tiene el menor efecto disuasorio.

En resumen, no hay que estigmatizar a los usuarios, sino involucrar decididamente a todo un sistema de gobernación que hasta ahora ha consentido tráficos de toda índole a escala supranacional y que es incapaz de clausurar de una vez los paraísos fiscales. Mientras haya paraísos fiscales habrá tráficos, delincuencia internacional, mafias. Desde los más poderosos y ricos hasta los que en barrios y suburbios pobres y marginados constituyen los últimos emisarios de este sistema “capilar” de terribles consecuencias.

A los adictos hay que ayudarles a que logren re-hacerse, a recuperar el dominio de sí mismos, para que vuelvan a “ser”, para que vuelvan a vivir plenamente el misterio de su existencia. Y a los narcotraficantes hay que llevarles ante los tribunales y, todavía mejor, conseguir que desaparezcan haciendo que no valga nada su “mercancía”.

Las Naciones Unidas llevan varios años estudiando las distintas dimensiones del tema y nuevas opciones. Es la única institución que tiene capacidad y altura para hacerlo. Ha llegado el momento de adoptar, sin demora, medidas con gran firmeza.

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