Contar pobres para no dormir. Silvana Melo

pobres

Hoy el número es trece millones. Impactante si se cuenta en costillas, fotos viejas, sábanas tendidas, noches de angustia, niños, muchos niños, trabajo precario, parajes perdidos, hacinamiento en cordones urbanos, huesos sin calcio, changas ocasionales, ojos, brazos, historias. Vivos mientras la violencia institucional lo permita. La del hospital que no está, la de la ambulancia que no entra, la de la policía que dispara, la del alimento de grasa y harina, la del paco diseminado como glifosato para matar la mala hierba. Trece millones de pobres cuenta el nuevo gobierno. Que ahora los cuenta distinto, como empezó a contar distinto el anterior gobierno en 2007. Y dejó de contarlos en 2013, cuando la pobreza amenazaba, concreta y fatal, la estética revolucionaria de esa fiesta.

Ahora que los pobres ya fueron descolgados de las vidrieras mediáticas, habría que hablar de la vergüenza. Que cada uno se sacude de los hombros como a la caspa y sigue en pie, pontificando y repartiendo responsabilidades desde afuera. La política como herramienta transformadora después del genocidio estalló en trizas como un cristal. El mismo INDEC que encalló en 2013 en un 5% de pobres y resolvió que numerarlos es un estigma y lo repitió en boca presidencial el año pasado ante la FAO. El mismo INDEC como instrumento del estado hoy desnuda un 32,2%.
El hambre es un crimen, dijo un día Alberto Morlachetti y el país se estremeció. Esta tierra cocina para 400 millones pero alimenta a otros. Porque en esta tierra las panzas se quejan de vacías por las noches. Y hay niños que mueren por enfermedades parientes del hambre.
Y en el país de la soja en las banquinas, un niño que muere por hambre es víctima de un acto criminal. Desde Pelota de Trapo y el Movimiento Nacional Chicos del Pueblo se ha sostenido tenazmente la certeza de la criminalidad del hambre. Y la conciencia de la pobreza creciente como una herida que arde.

Mientras se mentía, se especulaba y se contaban pobres con números fallutos.

La nueva canasta básica determinada para la estadística es carísima e infla la pobreza, dicen. Que usarán estos números para mostrar una baja abrupta antes de las elecciones, acusan. El nuevo INDEC dice que una familia de cuatro cruza el hilo delgado de la pobreza si tiene ingresos menores a $12.489. Y se hunde en la indigencia con menos de $5.176. En 2013 el INDEC plantaba esos valores en $1.784 y $787.

Mientras tanto, familias enteras fueron y son expulsadas del sistema, caídas en el anonimato del asentamiento, en la calle indocumentada, en el arrabal urbano que las apila en descarte. Con los niños que suelen escapar por las fisuras de ese exilio y se paran en las esquinas a ver pasar un futuro que será de otros.

Es preferible contar ovejas para dormir. Y no pobres que desvelen.

En 2014 el INDEC contaba hasta dos millones, la Universidad Católica diez, la IPyPP los disparaba a quince. A fines de 2015, ya sin INDEC, la Universidad Católica acuñaba once millones. Legado del gobierno que se fue. A fines de setiembre aparece el nuevo INDEC, vitaminizado y sin anemia, con los trece millones de pobres depositados sobre la mesa. El mismo 32,2 % que la UCA había proyectado por abril. Y que ahora se convierte en número oficial. Que no piensa admitir que de esos trece, hay dos que le pertenecen.

En nueve meses el gobierno que llegó fabricó dos millones de pobres con una efectividad letal. Pero con la picardía empresarial de anunciar que comienza a contar los días de su gobierno en octubre. Ya no evade impuestos sino pobres. Dos millones de los que nadie se hará cargo. Aparecidos por milagro de brochero o la difunta. Detenidos en un limbo sin planillas. Contados sin avales ni abogados. Como los pibes de la Zavaleta cuentan los golpes de la prefectura. Contados como cuentan los pájaros envenenados los chicos de Monte Maíz. Como cuentan los balazos en los barrios. Como cuentan las madres wichis sus hijos muertos por el hambre.

La pobreza es una herida abierta. Un resquicio por donde se cuela lo que arde. Sin piedad. La pobreza es el saqueo aluvional, el poder que despoja y apoya su pie en el pecho de los caídos. Trece millones de caídos. Desvalijados de un capital cultural y social que abulta el botín histórico del decil más favorecido. No es sólo armar tres cartones y una cortina en la plaza del Congreso. O echarse a dormir en el zaguán del Citi. Es dejar de creer en el cuento de la esperanza.

Aplazar los sueños para otras vidas. Y abandonar la lucha por cruzar el muro desde los arrabales al centro, donde brillan las luces, circulan las ambulancias y se incluyen los incluidos. La pobreza es una canilla que gotea. Va perdiendo la sangre con la que se alimentan los vampiros sistémicos. Gordos como el microbio en el almohadón de plumas.

El Presidente, que comenzó a gobernar el 1 de octubre, se decidió por el bíblico pobres habrá siempre y descartó la pobreza cero. Una ingenuidad en la que habrán caído los ingenuos. Un fraude de los gerentes. La ex Presidente prefirió contarlos mal antes que asumirlos como propios. Como la herida abierta que dejó, donde se cuela fatalmente lo que arde. Contarlos mal, como cuentan sus cuentas secretas los dueños de la patria. Mal, como cuentan sus bienes en las declaraciones que juran. Como cuentan los platos que rompen y que luego pagan aquellos a los que nadie contó.

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