PISA pisuela, se rinde la escuela. Silvana Melo

La educación es una mercancía. Que se produce serial, para niños sin rostro. Un producto con buen packaging y brillante merchandising. Donde se lustra al sistema a punto de espejo. Para que los más pobres puedan mirarse en la cúpula exitosa del capitalismo. Pero después quedarse donde están. Porque jamás serán incluidos en el banquete. Ese es el contexto de las pruebas PISA, en falso debate en estos días. Una evaluación estandarizada que mezcla, como en una alquimia imposible, una caja de alumnos argentinos, otra caja de alumnos colombianos, otra de chipriotas, alguna de kazajistanos. Y arma una enorme aula global de mixtura inverosímil en nombre del Club de los Países Ricos. La Argentina quedó excluida por pura barbarie educativa.

Y esa exclusión se volvió una disputa político partidaria en cancha embarrada. Muy distante de una discusión profunda, transformadora, que revolucione una escuela que ha dejado de ser pública para ser estatal. Y estatal de este estado, lo que no garantiza equidad para nadie.pisaEn el medio, nadie cuestionó concretamente esa especie de evaluación globalizante, apurada por un organismo internacional (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE), estandarizada y sin tomar en cuenta el contexto de cada uno de los 73 países a los que penetra. Sólo se lamentó la exclusión argentina. Tan preparada para irrumpir en el Primer Mundo. Y otra vez ese grupo de privilegiados que conforman la mesa del banquete la empujan a la puerta de calle. Porque no califica.

Tan impredecible –y sorprendente- es el país, que fue evaluada la mitad de los estudiantes previstos. Y no hay posibilidades de comparación con ediciones anteriores (Argentina está integrada desde 2000). Esta anemia en la participación está atada a las infinitas reformas que se encararon en los últimos treinta años: el final de una y el comienzo de otra generaron en los papeles la marginación de numerosos estudiantes evaluables. Como síntesis, aparece la atomización de los 90, cuando la Nación se sacó de encima la educación y la diseminó con displicencia en las provincias. Hoy existen tantos sistemas educativos como estados provinciales.

Mientras tanto la ciudad de Buenos Aires, integrada apenas en la última edición de la prueba, tampoco tiene posibilidad de confrontar conclusiones y arrojó resultados espectaculares. Después, el propio ministro de Educación de la Nación, Esteban Bullrich, confesó que se entrenó a los alumnos para que supieran responder. Algo así como un machete institucional.

Las pruebas estandarizadas y sin contemplar los contextos culturales y sociales de cada país son paradigmas de la estructura globalizada. En la que el verdadero lineamiento de los procesos educativos proviene de la cocina internacional. En una casa en la que América Latina ocupa cómodamente el gallinero. Sin posibilidades de acceder, al menos, a un cuartito de atrás.

La delegación local de esa enorme cocina donde se cuecen los destinos, está ocupada por Esteban Bullrich, elegido por el Presidente para gerenciar la educación. Entre otras joyas intelectuales, el ministro de Educación dijo, ante la Conferencia Industrial Argentina que “me paro ante ustedes como gerente de Recursos Humanos, no como Ministro de Educación”. Es decir que el país educa niños para que se transformen en engranajes empresariales. Y el ministro es un CEO más.

Para Esteban Bullrich “el sistema educativo está diseñado para hacer chorizos, todos iguales”. Se equivoca: la escuela está lejos de ser democrática y equitativa como para ofrecer una educación de una misma calidad para todos. Centenares de miles de niños de barrios alejados, asentamientos y villas reciben una educación escasa y posibilista, que les destina apenas aquello que pueden aprender por desgracia de origen. Serán chorizos pero pobres chorizos. Más pequeños, con menos relleno, con más harina que carne.

El gobierno argentino comenzó este año las gestiones para ingresar a la OCDE, organizador de las pruebas PISA y conocido como el “Club de los Países Ricos”. Es decir, Argentina no es miembro pero sí es destinatario de los lineamientos educativos de los países más poderosos y de mayor concentración de la riqueza en el mundo. Como el gato que se mira al espejo y se ve león, Argentina quiere entrar. Y hacerse parte de un grupo al que no lo une ningún rasgo de pertenencia. Intenta que, si hay chorizos, que sean excelentes e idénticos. El resto, el que no da el target para chorizo, no será. Como define Alfredo Grande, hay una disputa de la “predestinación cultural sobre el ‘deber ser’” y “la maldición del padre de la patria”: “no serás nada”. Quien no cumpla el mandato, no será.

Las pruebas correspondientes al Programme for International Student Assessment (Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos, PISA) “responden claramente a las exigencias del mundo globalizado y a la circulación de cerebros privilegiados como mercancías altamente tasadas”, analiza la educadora mexicana Tatiana Coll. Y gran parte del país opinante, influido por el veredicto inapelable del discurso mediático y gerencial, se horroriza de que tantos chicos en el nivel medio no comprenden lo que leen y de que casi un millón de jóvenes no estudia ni trabaja (la mayoría no por vagancia sino porque la escuela lo expulsó y el mercado laboral no lo ingresa). Y se indigna porque al país le pasó en la OCDE lo que a tantos pibes en desgracia les sucede en la escuela cada año: quedar afuera. Excluido. Cesanteado.

A la vez, se exige que los niños / adolescentes pasen de año como sea para exhibir porcentajes mínimos de deserción y repitencia. Y aplaudir que la educación argentina tiene buenos indicadores, de la estadística para afuera. Los docentes acatan y siguen sin comprender a un Estado que les engorda el salario con sumas fijas fuera del básico y luego arma operativos contra el empleo en negro en kioscos y almacenes.

Son 4.800.000 los alumnos en la provincia de Buenos Aires. Un millón y medio oscilan entre la pobreza y la indigencia. A ellos no los elegirán para la prueba PISA. No se los puede coachear. No hay nadie dispuesto a transformar la vida de los niños en lugar de entrenarlos durante dos meses para que actúen de chorizos presentables ante el mundo que ni siquiera mira para este lado.

La escuela, con PISA o sin ella, hoy es incapaz de cortar el hilo de la fatalidad que ata a los chicos condenados por origen a un destino inexorable. Y si no puede torcer el estigma de un rumbo, deja de tener sentido. Digan lo que digan las pruebas PISA.

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