Discurso de Gervasio Sánchez después de recibir el Premio Gernika por la Paz y la Conciliación

Estimado alcalde de Guernica, estimados compañeros premiados, estimadas autoridades, queridas amigas y queridos amigos, queridos compañeros de la prensa.

Es para mí un gran honor recibir un premio que reivindica la paz y la reconciliación. Agradezco al grupo municipal Eusko Abertzaleak haber presentado y defendido mi candidatura. Agradezco a los miembros del jurado haber votado por ella.

Es un honor recibir un premio de estas características en un lugar llamado Gernika-Guernica, que visito por primera vez en mi vida, pero cuyo nombre pulula por mi memoria y  mi conciencia desde que empecé a entender qué significa la guerra hace ya más de tres décadas.

No se puede olvidar que Guernica fue bombardeada durante tres horas y media con centenares de toneladas de explosivos y casi el 86% de su casco urbano fue completamente arrasado. Es emocionante asistir a este acto coincidiendo con el ochenta aniversario de aquel bombardeo que simbolizó y sigue simbolizando la barbarie absoluta.

Es un honor formar parte de una lista de premiados entre los que destacan personalidades a las que admiro profundamente como el gran periodista y gran amigo Manuel Leguineche, un faro permanente durante toda mi vida profesional, fallecido hace tres años; Paco Etxeberría, doctor en ciencias forenses al que he acompañado en diferentes exhumaciones a lo largo del estado español; Carlos Martín Beristain, doctor en psicología social, cuyos libros sobre el drama de los saharauis me ha permitido profundizar en un conflicto que lleva décadas sin resolverse. Ellos tres son mis predecesores en una impresionante lista de premiados.

Me gustaría decirles que las guerras son protagonizadas por monstruos. Si fuera así estaríamos todos salvados y las guerras se extinguirían en pocos meses o años por falta de mano de obra. Porque si yo preguntara aquí: ¿cuántos de ustedes serían capaces de hacer monstruosidades en una guerra tales como asesinar al vecino, violar a la vecina, descuartizar a su siguiente víctima?, estoy seguro de que nadie levantaría la mano.

El problema es que las guerras las protagonizan personas como nosotros. Los que ejecutan, los que señalan o los que miran a otro lado, los que actúan cobardemente, los que esconden los crímenes, los que silencian a los familiares de las víctimas, los que eternizan el conflicto sangriento, se parecen a  nosotros. Son como nosotros y nosotros seríamos como ellos si nuestra sociedad se desmoronase. He conocido a muy pocas personas que prefieran morir antes que matar.

Hace 24 años asistí a un juicio en Sarajevo. Era marzo de 1993. Hacía once meses que había empezado la guerra. El criminal, de 22 años, iba a ser juzgado por matar a una treintena de prisioneros, entre ellos una docena de mujeres y menores previamente violadas. Recuerdo que intenté fotografiar lo que me parecía la representación mayúscula del mal mientras el fiscal desgranaba uno tras otro los crímenes de aquel asesino.

Por mucho que lo intenté, y a pesar de que lo tenía enfrente sentado e inmovilizado, no conseguí mi objetivo. Miento, le arranqué una mirada inquietante. Les aseguro que si me pongo enfrente de cualquiera de ustedes durante tres horas consigo fotografiar esa mirada perturbadora que ustedes mismos rechazarían.

La defensa aportó testimonios de familiares, compañeros de trabajo, amigos de la infancia y juventud. Todos los alegatos iban en la misma dirección. Antes de la guerra, aquel joven nunca había protagonizado un incidente, jamás se había peleado con nadie, no había destacado por nada. Era incapaz de matar a una mosca.

Desde entonces me pregunto, ¿qué hace que un joven sin atributos se convierta en un asesino en serie cuando todo se desmorona? ¿Qué provoca su ansia de sangre y dolor? ¿Por qué la violencia agranda su poder? ¿Dónde yace oculta esa fascinación del ser humano por la violencia?

La guerra no acaba cuando Wikipedia dice. Si la guerra española acabó el 1 de abril de 1939, ¿por qué buscamos todavía a las víctimas enterradas clandestinamente en fosas ilegales? ¿Por qué nos seguimos oponiendo a que nuestros hijos tengan una información veraz sobre lo que ocurrió en nuestra corta y sanguinaria contienda, que duró menos de la mitad de la actual guerra Siria?

Si la guerra de Bosnia-Herzegovina acabó el 14 de diciembre de 1995, ¿por qué sigo asistiendo cada año a enterramientos masivos de las víctimas de aquella guerra? ¿Cuántos años pasarán hasta que finalicen todas las exhumaciones, todas las identificaciones, todas las entregas de los restos de las víctimas a sus familiares?

La guerra no finaliza aunque se entreguen todas las armas. La paz más sobresaliente siempre es imperfecta si la comparamos con la guerra, la cumbre de la perfección, siempre mortífera, siempre sangrienta. Por eso es más difícil hacer la paz que continuar una guerra.

La paz más imperfecta debe reforzar sus cimientos con acciones y decisiones que persigan acabar con las consecuencias del conflicto.

La paz es desmovilizar a los combatientes menores con un serio plan de rehabilitación sin importar su coste económico. La paz es limpiar de minas las veredas, los sembrados, los caminos para asegurar el tránsito de los desplazados y refugiados durante su retorno por muy compleja que sea la orografía del país.

La paz es encontrar a todos los desaparecidos y entregarlos identificados a sus familiares en simbólicas ceremonias de dignificación de las víctimas por mucho que se opongan los asesinos.

La paz es pedir responsabilidades políticas y jurídicas a las personas que han participado en la ejecución de crímenes de guerras y no olvidar que se puede ser culpable por acción o por omisión. La paz es oponerse al sobreseimiento de los crímenes de lesa humanidad.

La paz es impedir que se escondan las responsabilidades en el baúl del olvido aunque afecten a las más altas autoridades de un país. La paz es, en definitiva, memoria, verdad y justicia. Repito con mayúsculas: MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA.

Quiero acabar dedicando este premio a Mónica Paola Ardila Jerez. El 21 de febrero de 2003, a la una de la tarde, la pequeña de siete años recién cumplidos, regresaba del colegio junto a su padre en La Vereda Taracue, municipio San Pablo (departamento del Sur de Bolívar) en la bellísima Colombia.

“Papá voy a orinar”, gritó la pequeña antes de salirse del camino. Uno de sus pies quedó enredado en unas raíces, perdió el equilibrio e intentó apoyarse en una rama para evitar la caída. Una mina colocada y abandonada por un guerrillero, un paramilitar o un soldado regular explotó al leve contacto e hizo volar por los aires a Mónica. “Trataba de abrir los ojos, pero me ardían. Es como si se me hubiesen llenado de tierra”, recordaba la niña unos meses después

Su padre la recogió en brazos y la llevó a un hospital de primeros auxilios. La situación crítica en que llegó obligó a trasladarla a un hospital departamental. Mónica perdió la visión en ambos ojos y sufrió la amputación de su mano derecha y de dos falanges de la izquierda. Su cuerpecito quedó inundado de esquirlas. Muchos años después de la explosión diminutos trozos de metal se le desprendían de su cara cuando se rascaba. Al principio Mónica no levantaba la cara de la cama porque no quería que la viesen sin ojos. Después comenzó a asistir a clases de braille con un profesor particular.

Su vida hasta hoy ha sido una concatenación de situaciones y hechos injustos que han convertido su existencia en un gran drama. La desatención del estado, incapaz de proteger a sus víctimas, la deshumanización de un sistema judicial que tarda décadas en dar cobertura legal a las personas más humildes, la desintegración de su propia familia, la falta de oportunidades y la irremediable trascendencia del paso del tiempo han provocado que Monica Paola haya llegado a la edad adulta, ya a sus 21 años, al borde de la inanición desprovista de voluntad para seguir viviendo y acudiendo a menudo al suicidio como el camino más rápido para poner fin al sufrimiento.

La paz es también proteger a los seres más indefensos. La paz es custodiar los derechos inalienables de las personas heridas. La paz es dignificar a las víctimas.

Muchas gracias, buenos días

Eskerrikasko, egunon

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