Trump, del hombre al mono. David Torres

Según los expertos, mediante el lenguaje no verbal -la profusión de gestos, signos y miradas- pueden expresarse más cosas que a través del lenguaje verbal, excepto en el caso de Donald Trump, que puede expresarlas todas sin despegar los labios siquiera. Tampoco es que le haga falta mucho vocabulario. Trump parece un gorila que hubiese pasado por la peluquería y asaltado una tienda de Cortefiel, menos cuando se pone a hablar y se deja atrás al gorila. De haber conocido al actual presidente de los Estados Unidos, Darwin habría tenido que rectificar su teoría de la evolución, porque Trump, en vez de descender del mono, se bajó dos paradas antes.

En su reciente gira mundial ha confirmado una vez más la veracidad de muchos fastuosos eslóganes del sueño americano. Muchos votaron a Trump creyendo que cualquiera puede llegar a presidente: lo que no se esperaban es que cualquiera fuese a ser, precisamente, cualquiera. Cuando se puso a bailar la danza de las espadas con los árabes se transformó en Donald de Arabia. Le bastó tocar la tierra de Mahoma para cambiar su discurso contra los musulmanes y hacerles mucho la pelota a los jeques saudíes, los amos del petróleo. Por supuesto, la mayoría no había entendido que, cuando decía eso de expulsar a los musulmanes, él se refería exclusivamente a los pobres y a los muertos de hambre. Habla únicamente porque tiene boca, pero cuando habla o cuando tuitea, Trump no acaba de explicarse bien, ni la mitad de bien que al fruncir los morros, enarcar las cejas, enseñar los dientes, burlarse de los discapacitados o agarrar a las mujeres del coño.

Lo demostró en la reunión de Bruselas, cuando enganchó del brazo al primer ministro de Montenegro, Dusko Markovic, se le puso delante, avanzó la mandíbula y se estiró la chaqueta. No le hizo falta añadir: “Quita de ahí, payaso, que tu país es una puta mierda”, porque ya se lo había dicho sin necesidad de palabras. Suerte tuvo Markovic de que no lo agarrase del coño. El único que entendió la importancia de esa mímica gorilesca fue el flamante presidente francés, Emmanuel Macron, que le echó un pulso mientras le apretaba la mano como si estuviesen partiendo nueces o dirimiendo quién es el auténtico macho alfalfa de la manada. Trump podía haberse molestado pero antes alguno de sus asesores tendría que haberle explicado quién era ese señor y qué es Francia.

Por lo demás, vale más quedarse con la gestualidad desatada de Trump que con sus comentarios orales y escritos, los cuales producen el mismo efecto que las primeras palabras de Charlton Heston al recobrar la voz en El planeta de los simios. Del Papa dijo que “es genial”, de Arabia Saudí que es “extraordinaria”, de los alemanes que son “muy malos” y que el cambio climático es “un invento” de los chinos. Gary Cohn, asesor económico de la Casa Blanca, reforzó la hipótesis darwiniana al declarar: “Sus opiniones están evolucionando. Ha venido aquí para aprender y ser más listo”. Para el próximo viaje podrían pasearlo en una rueda de hámster y a lo mejor evoluciona del todo. En el Museo del Holocausto en Israel dejó una rúbrica que la podía haber escrito un niño en Disneylandia: “Es un gran honor estar aquí con todos mis amigos. Qué increíble. ¡Nunca lo olvidaré!” El gesto más explícito de todos lo hizo su mujer, Melania, caminando a medio metro de distancia y retirándole la mano de golpe nada más descender en el aeropuerto de Tel Aviv.

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