Trágico récord mundial: más de 65 millones de desplazados. Carlos Ayala Ramírez

En el marco del Día Mundial de los Refugiados, se dio a conocer el Informe anual de la Agencia de la ONU para los Refugiados, llamado Tendencias Globales. El dato sobresaliente del documento es que los conflictos, la violencia o las persecuciones, han dejado 65.6 millones de desplazados (internos e internacionales) en todo el mundo a finales de 2016. Es la cifra más alta desde que se iniciaron estos registros: 300,000 personas más que el año anterior y más de seis millones que hace dos.

Dentro de esa cantidad global, se encuentra el mayor número de refugiados jamás registrado: 22 millones y medio de personas, 0.3% de la población mundial. Como se sabe, los refugiados son definidos como aquellas personas que huyen de conflictos armados o son víctimas de la violencia. Son visibilizados con este término, porque para ellos es muy peligroso volver a su país y, por tanto, necesitan asilo en algún otro lugar. Socorrerlos implica protección contra la devolución a los peligros de los cuales han huido, y acceso a procedimientos de asilo justos y eficientes. Según el informe, los conflictos que más obligan a las personas a huir son los de Siria, Sudán del Sur, Irak y Afganistán. Y los países que recibieron más desplazados son Turquía y Pakistán: 2,9 millones 1,6 millones, respectivamente.

El informe destaca la importancia que tienen los datos estadísticos a la hora de abordar las necesidades que se producen entre estas personas, caracterizadas por su gran vulnerabilidad, pero también por su gran tenacidad. Sus carencias, no deben ser consideradas de manera genérica o indiferenciada, y así, garantizar que nadie quede excluido de la atención. Ahora bien, reconociendo esta relevancia numérica, en ningún momento hay que descuidar la recomendación que hacía el papa Francisco con respecto a los refugiados y migrantes. Decía, “que la relación con la persona de carne y hueso [debe ser ineludible], porque nos ayuda a percibir las profundas cicatrices que llevan consigo, a causa de ese desplazamiento forzoso”. Ese encuentro – recalcaba el papa – “ayudará a dar respuestas factibles en favor de los refugiados y emigrantes y de los países receptores, asimismo contribuirá a que los acuerdos y las medidas de seguridad sean examinadas desde la experiencia directa”.

Dicho en otras palabras, 65.6 millones de desplazados no es sólo una cifra, sino multitud de rostros y de historias. Los siguientes testimonios muestran algo del drama que está detrás de la cifra. “Dejé Somalia y estoy simplemente viajando. No tengo hogar. Somos vagabundos sin casa y estamos perdidos, indefensos”. “En Damasco hay armas en todas partes. Tenemos dos opciones: empuñar un arma o morir. Decidimos abandonar nuestro hogar para vivir”. “Dejamos Siria hace tres meses. Vivir en Damasco es realmente difícil porque no tenemos electricidad, no hay comida y hay enfrentamiento”. Como puede inferirse, tras estos relatos hay hombres y mujeres; niños jóvenes y ancianos, y, en muchos casos, familias completas, que huyen de su país porque si no lo hacen, probablemente morirían. Estamos ante situaciones límite, de vida o muerte, que lleva a una movilización que puede durar semanas, meses o años. El tiempo no importa, lo que todos desean es llegar a un lugar que, en principio, les salvaguarde la existencia.

En definitiva, tras estas historias se pone de manifiesto un arraigo a la vida: a pesar de haber perdido sus hogares, sus empleos, y en algunas ocasiones a sus familias, no se dan por vencidos, y buscan una manera de empezar de nuevo.

Frente a los más de 65 millones de personas que se han visto obligadas a huir de la guerra, la persecución y la violencia, se considera literalmente como criminales, aquellas políticas de “seguridad” que tiendan a blindar fronteras y a levantar muros. Y, por el contrario, se estiman necesarios y urgentes, aquellos llamados a ser dóciles y atentos al clamor de refugiados y migrantes. En esta línea, hay que subrayar las palabras del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, Filippo Grandi, cuando invita a la solidaridad activa en los siguientes términos:

[…] Hagamos una pausa y contemplemos el destino de millones de personas que no pueden retornar a sus hogares […] debido a la guerra o la persecución […], será el momento para preguntarnos qué puede hacer cada uno de nosotros para superar la indiferencia o el temor, y abrirnos a la idea de la inclusión para acoger a las personas refugiadas en nuestras comunidades, y contrarrestar los discursos que buscan excluir y marginar a los refugiados y a otras personas desplazadas.

Significativos son también los gestos y palabras que el papa Francisco ha mostrado durante su Pontificado. En Lampedusa habló de la necesidad de despertar nuestras conciencias ante los inmigrantes muertos en el mar. Interpeló recurriendo a preguntas de fondo:

[…] ¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por esas personas que iban en la barca? ¿Por las madres jóvenes que llevaban a sus hijos? ¿Por esos hombres que deseaban algo para mantener a sus propias familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de sufrir ´con´. ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar!

Y en la exhortación Evangelli Gaudium, coloca a los refugiados y migrantes en el centro de su ministerio. Ahí afirma:

Es indispensable prestar atención para estar más cerca de las nuevas formas de pobreza y fragilidad donde estamos llamados a reconocer a Cristo sufriente […], los sin techo, los toxicodependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos.

Luego confiesa, “los migrantes me plantean un desafío particular por ser pastor de una Iglesia sin fronteras que se siente madre de todos”.

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