El Cuerpo. Claudia Rafael

Fueron 78 días de esa pregunta aterradora que martilló hora tras hora. ¿Dónde está? ¿Dónde está Santiago? Hace algunas horas que ese interrogante tiene una respuesta que podría ser atroz. Cuando la muerte irrumpió como un piedrazo sobre los espejos en el momento en que un equipo de buzos de la Prefectura Naval encontró un cuerpo en el río, 300 metros arriba del Pu Lof de Cushamen. ¿Es Santiago? ¿Ese cuerpo sin vida fue alguna vez Santiago? ¿Esos restos pendientes de una rama de sauce tienen tatuado en la piel el nombre de Santiago Maldonado?

Allí donde rastrillaron tres veces y nunca encontraron nada. 300 metros río arriba y contracorriente. Un cuerpo. Un cuerpo aún sin nombre. Con toda la inquietud de que la respuesta podría ser la tan temida. A 78 días de la desaparición en el contexto represivo estatal contra el pueblo mapuche. A 78 días de contabilizar horas. De contar ausencia. A 78 días de desear la aparición. De temer la muerte. A 78 días de imaginar que un mal día aparecería un cuerpo por obra humana.

Con una maquinaria política y mediática feroz que –diría Judith Butler- nos convence de que ciertos cadáveres no merecían, de alguna forma, continuar entre los vivos.

“Entiendo lo aliviador de encontrar el cuerpo, pero no me puedo sacar de la cabeza lo corrupto, mezquino, morboso que es este sistema”. Esas palabras no fueron dichas ni por Sergio, ni por Germán, ni por los padres de Santiago Maldonado, ni por ninguno de sus afectos más cercanos. Porque todavía por estas horas es un cuerpo. Un cuerpo sin nombre ni identidad. Aquellas palabras las pronunció hace exactamente tres años Vanesa Orieta, en entrevista con esta Agencia, cuando –tras un habeas corpus- apareció como NN en el cementerio de la Chacarita el cuerpo de Luciano Arruga.

Durante 78 días resonó como un eco cruel el aullido: dónde. Dónde está. Dónde se lo llevaron a Santiago. Durante larguísimos 78 días -de silla vacía, de espera interminable, de día de la madre y cumpleaños sin beso- el Estado se empeñó en vallarse, en proteger a su brazo armado, en defender a la Gendarmería como antes, durante cinco años y ocho meses se amparó a la policía bonaerense que desapareció a Luciano.

El mismo Estado, la misma huella. Con una mecánica que fue nutrida y cobijada a lo largo del tiempo. Con una práctica aceitada a lo largo de estructuras institucionales nacidas del pacto feroz para excluir, para deshacerse del excedente humano y social. Un pacto entre una minoría de iguales, al decir de Baratta, que excluye del concepto de ciudadanía a los diferentes. Y a los solidarios con los diferentes.

Santiago fue convertido en ausencia. Y esa ausencia, esa aterradora y salvaje ausencia, fue la que, dolorosa e injustamente, echó luz sobre un pueblo olvidado. El pueblo de la gente de la tierra, significado más profundo de mapuche. Santiago es ícono bello que se volvió pancarta, grito, bandera.

Y cada partecita de ese cuerpo -¿será Santiago? ¿será un desaparecido de tantos que nadie busca y que nadie encuentra?- es el vestigio ardiente de la desmesura del poder. Que cae con la rabia de los cruentos para destrozar la vida cuantas veces sea necesario. Santiago –sea o no sea ése su cuerpo- es ícono y bandera que desde hace 78 días está arriando una trenza que abraza a los desoídos y los descartados de los tiempos. A los Iván Torres o los Daniel Solano, por los que no hubo plazas encendidas. A los Luciano Arruga, que tuvieron la valentía de espetar un no profundo ante el uniforme azul de los depredadores. A los Andrés Núñez o los Miguel Bru, destrozados por la misma bonaerense. A los Walter Bulacio, torturados hasta la misma muerte.

A lo largo de esos 78 días, el Estado dibujó estrategias y ocultó pruebas, defendió lo indefendible, utilizó a la misma fuerza que reprimió al pueblo mapuche aquel 1 de agosto para investigar, elaboró teorías conspirativas, abonó culpas y falsas líneas investigativas. Y si finalmente ese cuerpo inerte es el de Santiago: ¿quién lo puso allí?

Desde hace 78 días subsistió –y en algún lugar del sueño colectivo sigue subsistiendo- una mínima esperanza por el regreso. Mientras que la vida, una vez más de tantas, se volvió sombra por la arrogancia de los que detentan los hilos y deciden en qué exacto momento de la historia la ausencia derrama sangre.

Y el otro gran interrogante: si ese cuerpo baldío y ausente de vida no es el de Santiago ¿quién flotó en el río Chubut sin que nadie lo busque, sin que nadie lo espere, sin que nadie lo haga devenir pancarta y horizonte?

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