Jugando con fuego. Alfredo Vera Arrata

En las páginas de este modernizado diario: El Telégrafo. Quito,  hay suficiente material como para prevenir a los intervinientes en el caso de Jorge Glas, para que tengan cuidado porque están jugando con fuego y hay algunitos que pueden terminar chamuscados.

No se trata de atacar ni defender a nadie en particular, pero sí advertir que los casos en que se juzga la conducta de los que están a favor y en contra de una causa,  que se ajusten a la verdad de los acontecimientos.

Uno de esos hechos es la referencia a los sobornos entregados a los dirigentes de las federaciones de fùtbol en varios países del mundo, entre ellos, al Ecuador, en la que se revela que al señor Luis Chiriboga le entregaron una determinada cantidad de dólares anuales, para manejarlo al servicio de los intereses del corruptor, en el ámbito deportivo; hablan con claridad: tanto le daban, en qué forma y cómo lo hacían, donde  no había ninguna suposición, si no, hechos concretos.

Tampoco había de por medio la existencia de un acusador particular, categoría que la ley sólo reconoce para quien sea víctima de un perjuicio.

También se publican las razones por las que el abogado defensor, en este caso, del Vicepresidente Jorge Glas, precisa que no existe ningún hecho concreto que vincule a esta persona con los delitos de la Odebrecht.

Finalmente, la nota escrita por el colega Jaime Galarza sobre el caso histórico de Drayfus, sirve para complementar nuestra aseveración, acerca del peligro de que quienes pretendan jugar con fuego, terminen hechos cenizas, si es que para desgracia de ellos, no logran encontrar una sola bendita prueba que los justifique, para realizar sus perversas acusaciones.

Según la ley, el derecho a convertirse en acusador particular, está precisado a que debe cumplir determinados requisitos, para justificar su actuación, so pena de que termine como un vil calumniador.

 Si la prueba existe y la condena llega, nadie podrá criticar a los actores de las acusaciones y el delito debe ser castigado con toda razón y fuerza, como lo demanda el sentido común, para él y para todos sus cómplices.

Pero, si sucede lo contrario, los que pretendieron enlodar el buen nombre de la víctima de esas falsedades, deberán recibir el mayor de los castigos.

En esto se juega el destino de la Patria, por eso es indispensable que este proceso no deje ninguna duda, en cuanto a su procedimiento.

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