Paradojas del primer superalimento global. Gustavo Duch

Adivinanza alimentaria. ¿Saben cuál es el alimento que ayuda a disminuir el colesterol malo y que reduce las tasas de infarto? ¿Saben cuál es el alimento que sin gluten aporta proteínas de alto valor y fibras de fácil digestión que previene el cáncer de colon? ¿Saben cuál es el alimento que aporta hidratos de carbono complejos pero básicos para despertarnos cargados de energía? ¿Lo saben? Yo creo que sí.

Efectivamente, todas aquellas de ustedes que han barajado respuestas habituales en nuestra dieta mediterránea, como el aceite de oliva virgen, las nueces o el brócoli, han acertado. Y todas aquellas que han pensado en productos exóticos, como la col kale, las semillas de chia o la quinua, también. Frente a la alimentación procesada, precocinada o prefabricada, que ya representa el 70% de la dieta promedio, poner en valor los productos frescos (cualesquiera) es nutritivamente muy provechoso y contribuye indudablemente a mejorar nuestra salud.

Quinua

Es un cambio necesario pero no debería responder sólo a modas o tendencias. De hecho, las carreras “En Busca del Superalimento Perdido” están teniendo consecuencias sociales y ambientales relevantes. El caso de la quinua, quizás el primer superalimento global, es esclarecedor. Este pseudocereal propio del altiplano andino fue el alimento básico de los pueblos incaicos hasta la colonización, donde se impuso una demonización del mismo. Poco a poco fue recuperándose su uso hasta principios de este siglo, alcanzando su máximo esplendor el año 2013 cuando Naciones Unidas lo declaró Año Internacional de la Quinua. Los efectos de este boom ya se han explicado muchas veces: el precio a nivel local, en Bolivia, Perú y Ecuador, se elevó un 70%. Para las personas que siempre la compraban, comer quinua se convirtió en un lujo imposible. Para las familias campesinas que la producían, provocó dejar atrás una agricultura tradicional, diversificada y orientada a la autosuficiencia para dar paso al monocultivo de quinua y la ‘lógica’ del mercado. A tal escala, que también dejaron de comer quinua pues preferían venderla -por las ganancias que representaba- y con esos ingresos comprar comida barata y menos nutritiva.

Pero los acelerones siempre chocan. La moda de la quinua ha ido provocando que muchas tierras se dedicaran a su cultivo, se han incorporado variedades más productivas y se ha industrializado el cultivo con la aplicación de maquinaria y pesticidas, hasta generar una sobreoferta que ha generado una caída muy fuerte de su precio. En Challapata, Bolivia, uno de los centro de producción, el saco de quinua que en el 2014 se pagaba a 1.500 bolivianos, se paga hoy a solo 320 bolivianos.

Lo explica Georg Ismar en el diario boliviano Correo del Sur al entrevistar a Julián y Matilde tras llegar al mercado de Challapata para vender tres de esos sacos de quinua. «Él cuenta que 2013 y 2014 fueron los años de oro y con el dinero que ganó se compró su primer coche. Hoy en día, apenas puede pagar el combustible».

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