Puigdemont en Dinamarca. Beatriz Talegón

Esta mañana Puigdemont llegaba a Dinamarca. Nunca una conferencia suscitó tanto interés. Porque si tenía lugar, no se trataría de una simple conferencia: sería un corte de mangas en toda regla al gobierno de España. Y no solamente por parte del independentismo catalán, por parte de Puigdemont, por parte del soberanismo y, también de paso, por parte de quienes sienten que les están tocando un poco la democracia (por mucho que no sean ni independentistas, ni les haga especialmente gracia Puigdemont; incluso, está llegando también a aquéllos a los que ni siquiera Cataluña les suscita un especial interés; sino por parte de Dinamarca que, sumándose a Bruselas, tratan de no actuar de un modo que pudiera considerarse injerencia, pero en cierto modo están dándole la espalda a Rajoy.

Y es que, sutilmente, el hecho de haber utilizado a la Justicia para tratar de lavarse las manos en esta contienda ha sido un bumerán que se acerca vertiginosamente hacia las narices de Rajoy. Sí, porque el hecho de que el juez belga ya comenzase diciendo que no se planteaba la prisión preventiva para los políticos catalanes, fuera lo que fuese que después determinase al respecto de la orden de extradición que había planteado España, porque entendía que se trataba de una medida exagerada, de consecuencias irreversibles y que, en ningún caso consideraba que hubiera riesgo de fuga o peligrosidad por parte de los consejeros y el Presidente. Y fue por este motivo por el cual, Puigdemont y sus compañeros podían pasear tranquilamente por las calles de Bruselas. Bueno, entiéndase “tranquilamente” como un concepto que trata de hacer alusión a la justicia española que pretendía encarcelarles. Porque por lo demás, los paseos de los políticos catalanes en la capital belga se convirtieron, por un tiempo, en el centro de la diana de distintos trabajadores de los partidos políticos españoles residentes en Bruselas.

En vista de que el juez belga muy probablemente le dijera a la Justicia española que no, que no veía motivo para trasladar forzosamente a los catalanes, puesto que las acciones que se les imputan no podían considerarse delito en Bélgica; que, además, de manera flagrante, los delitos en cuestión presuntamente imputados, no forman parte del listado por el cual puede solicitarse una euroorden. Así las cosas, y en vista de que el Juez Belga pudiera comprometer a España y dejarla en ridículo, fue ésta quien decidió retirar la solicitud, inmediatamente antes de que Su Señoría belga dictase sentencia.

Fue así como Puigdemont se salvó de la cárcel (preventiva y seguramente indefinida y sin fianza) y pudo explicarle al mundo lo que estaba sucediendo. Fue así como ganó las elecciones en Cataluña. Y fue, precisamente de esta manera, como países europeos comenzaban a dar un cierto cobijo a Cataluña. 

 En política internacional no es habitual que se vuelquen los países con este tipo de causas. No lo es, porque siempre suele darse el caso en que una pequeña región quiere independizarse respecto de un país bastante más grande -y con el que se tienen intereses importantes-. Por lo tanto, en algunas circunstancias, se da el hecho de que los apoyos van llegando en forma de guiños; pequeños gestos, pequeños textos desde algunas instituciones; alguna que otra mención de solidaridad… y poco a poco, va conformándose una opinión determinada. Esto sucede con Palestina, con Kurdistán, e incluso con el Sáhara occidental (entre otros muchos). Sobre todo este último, aquí en España. Mientras se mantienen buenas relaciones con Marruecos, igualmente se destina ayuda (humanitaria principalmente) a los campamentos saharauis. Se hacen muchas declaraciones de solidaridad y se anima a resolver el conflicto. Pero en el fondo, podría pensarse que en el conflicto hay beneficio. 

Y aunque del beneficio del conflicto entre España y Cataluña también podríamos hablar, hoy se trata de poner el foco en lo que ha sucedido durante el día. Ese que comenzaba con la incertidumbre de si Puigdemont se animaría a montar en el avión que le llevaría a Copenhague, si sería interpuesta una euroorden de inmediato, si detendrían al Presidente al poner un pie en el suelo, y por otro lado, Enric Hernández dando la “exclusiva” de que la “nota” famosa de la CIA que supuestamente llegó a los mossos avisándoles de un posible ataque en las Ramblas, había sido encontrada en una treintena de cajas que los mossos pretendían quemar. Que, afortunadamente para todos nosotros, la policía nacional pilló in extremis, y pudo hacerse con el material. Y que, entre los miles de papeles, se “toparon” (dicho literalmente) con la famosa “nota”. Que “la nota” era original, porque así lo dicen ahora los mandos de la policía catalana, y que esto demuestra que no fue mentira aquello que se demostró serlo.

De poco o de nada sirvió que distintas personalidades negaran rotundamente en su momento el envío de ninguna nota por parte de la CIA, ni de ningún organismo similar estadounidense. De nada sirvió, incluso, un propio escrito desmintiéndolo desde la propia Dirección de Inteligencia norteamericana. Tampoco sirvió el hecho de que “la nota” tuviera unas faltas graves gramaticales. Como de nada sirvió que Hernández tuviera que reconocer días después que la nota en realidad no era la original  (aunque así se hubiera presentado), sino una simulación, y que los errores gramaticales se debían a que, en realidad, el contenido de “la nota” le fue dictado por teléfono. Que, en realidad, ni siquiera llegó a ver la dichosa “nota” que publicó en primicia. Esto hizo que, días después, publicase la supuesta verdadera “nota”. Y después, llegaron los desmentidos. 

Pero lo dicho, de nada sirvió. Y hoy, 23 de enero, vuelve el tema a salir. Justamente cuando además, el Presidente del Parlamento de Cataluña decide nombrar a Puigdemont como candidato a ser investido Presidente. Pero mucho me temo que no ha salido bien la jugada de intentar desviar la atención intentando soltar bombas de humo, utilizando para ello lo que fuera menester. Atentados con víctimas mortales, incluido. ¿Qué se pretende con todo este asunto? ¿Dar a entender que los mossos podrían haberlo evitado? ¿Es responsable acusar veladamente de semejante barbaridad a Agentes del Orden? ¿Son conscientes quienes se dedican a hacer este tipo de cosas de la gravedad que tiene la puesta en riesgo de la confianza de la población en sus Fuerzas y Cuerpos de Seguridad? ¿Fue el Señor Ministro Zoido consciente de la imagen que tendría la sociedad de estos mismos después de la intervención del 1 de octubre?

Me consta que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado llevan años trabajando con muchísimo rigor y dedicación para que la imagen que se tenía de ellos a comienzo de la transición pudiera cambiar. Que se les viera como personal al servicio de la democracia, cercanos y no como apaleadores de personas pacíficas.

La Justicia, igualmente, lleva años trabajando para intentar resultar una institución confiable. Sin embargo, resulta que no sólo no lo consigue sino que, además, desde la propia Administración de Justicia son cada vez más las voces que denuncian su falta de imparcialidad.

Solucionar este tipo de cuestiones desde dentro es complicado. Al menos, de manera pacífica sin una ruptura social de dolorosa consecuencias. La cooperación internacional es necesario: las recomendaciones, declaraciones, los consejos dados por organismos e instituciones supranacionales. Y España, en este sentido, hoy a demostrado no estar a la altura de quienes le observan, con especial interés, los últimos meses. 

Precisamente Cataluña y Europa como paradigma de los grandes interrogantes hacia la democracia era el asunto a tratar en la conferencia de hoy. Puigdemont ha expresado en ella, en un fluido inglés, todas las cuestiones que, de manera obligada, deben hacer a la Unión reflexionar sobre sus principios fundacionales. El respeto a los Derechos Humanos, a la autodeterminación pacífica, a la democracia en todas sus formas, a la separación de poderes, a la justicia imparcial y al estado de Derecho. A todo ello ha apelado hoy Cataluña en boca de su Presidente. Y mientras tanto, el Tribunal Supremo decidía no solicitar la euroorden. Eso sí, mediante un auto que deja perplejos a los juristas.

Hoy Cataluña ha puesto los focos sobre ella. Desde Dinamarca. España, encerrada en sí misma se retorcía ante los focos. Es momento de que veamos realmente lo que sucede. Por eso, Puigdemont hoy señalaba que “quien quiera saber lo que realmente está sucediendo con Cataluña, debe informarse muy bien”.

¿Estarán dispuestos los españoles a asumir este reto y a descubrir de qué va todo esto en realidad? Nuestra democracia depende de ello.

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