Lola Herrera: “Cada día estoy más cerca de esa niña hambrienta de la posguerra”. Jorge Núñez

La veterana actriz Lola Herrera (Valladolid, 1935) trae mañana al Teatro de las Esquinas de Zaragoza su última obra, ‘La velocidad del otoño’. Exquisita! Saber estar en cada momento de la vida donde corresponda. ¡Gracias amiga!

Lola Herrera vuelve a actuar en Zaragoza. Daniel Dicenta Herrera/Pentación

A sus 82 años, ¿cómo se encuentra Lola Herrera?

Me encuentro estupendamente. No sé lo que me va a durar esto, pero llevo bastante bien los años. Soy una afortunada.

Entiendo que ni se plantea dejar el teatro.

No, ni tampoco me voy a despedir. Ya se encargará la vida de pararme, ¿no? Mientras esté en condiciones de trabajar, para mí es un alimento muy grande, porque es lo que he hecho toda mi vida.

¿Cuál es el secreto para mantener esa energía sobre las tablas?

No sé decirte el secreto. Quizá los genes y que tengo pasión por lo que hago. Cuando se tiene salud y pasión por el trabajo, él mismo te ayuda a seguir viviendo con ilusión. Es como una pescadilla que se muerde la cola, una rueda.

Puede que por esa actitud sea considerada un paradigma de cómo envejecer bien.

Puede ser. Del envejecimiento no hay que hacer una tragedia. Hay que vivir cada época con lo que se tiene, con lo que te da la vida. Quizá eso te da un buen talante y se refleja en el aspecto, pero no sé darte la receta (risas).

De hecho, Alejandra, su personaje en ‘La velocidad del otoño’, dice que hay belleza en la vejez.

Sí. Y yo estoy de acuerdo con ella. En el deterioro también hay belleza, si la quieres ver. Pero, claro, ahora no se lleva nada deteriorado, todo tiene que ser flamante. Yo he ido siempre a la mía y me he puesto lo que me ha parecido que me sentaba bien, estuviese de moda o no. Y así sigo.

Es un rasgo habitual de esa generación de grandes actrices a la que usted pertenece. ¿Qué cree que las distingue?

No creo que haya ninguna diferencia, excepto la época. Cuando nosotras empezamos, existían el teatro y el cine. Y éramos muy pocos. Nadie quería ser actor, porque en su casa no lo dejaban. Era un deshonor, vamos. Ahora todo el mundo quiere ser actor y se llega a contratar por los amigos que se tiene en las redes sociales. Todo es más complicado, no se puede comparar.

¿Qué queda de esa niña que pasó hambre en la posguerra?

Muchas cosas. A esa niña la he guardado siempre, la cuido, la mimo y me hace mucha compañía. Yo estoy convencida de que, a medida que cumplo años, me acerco a ella. Y se avivan muchas cosas que están no olvidadas sino adormecidas en tu interior. Yo creo que ahora estoy más cerca de la niña que nunca.

Y, sin embargo, su éxito profesional parece no tener fin.

Para mí, el éxito es trabajar todos los días en lo que te apasiona. Indudablemente, tienes que empatizar con el público, ¿no?, contar una historia y que se la crean. Para eso no hace falta tener la letra más grande del cartel. Eso, quien lo tiene, lo tiene de siempre.

No solo con el público, ha llegado a conectar hasta con Delibes. ¿Qué le dijo por su interpretación en ‘Cinco horas con Mario’?

Él era un hombre que no gastaba palabrería así como así, pero estaba muy contento del personaje que vio. Delibes me dijo que, en su imaginación, Carmen tenía una voz y una forma. Y que, cuando empecé a hacer la función, fue desapareciendo, que oía mi voz y me veía a mí.

Eso es llegar a la cima, ¿no?, convencer al propio autor.

Sí, bueno (risas), la verdad es que hubo compenetración entre lo que él había escrito y lo que yo había descubierto de Carmen como mujer. Volver a interpretarla el año pasado fue como encontrarse con una vieja amiga. Y ahora lo vamos a retomar. Estoy contenta de darme este paseo, que será el último, claro. Hay un público nuevo, los hijos y los nietos de los que la vieron en su día.

Si echa la vista atrás, ¿qué ve?

Pues veo un camino con muchas dificultades. La época que nos ha tocado vivir a la gente de mi generación ha sido muy compleja: una guerra civil, una posguerra, una dictadura espantosa, la llegada de la democracia y toda la ilusión que eso suponía… Y, luego, poco a poco, el desencanto y el desengaño. Yo me he ilusionado cuando ha tocado ilusionarse y he criticado cuando había que criticar. Y sigo criticando, porque pienso que todavía hay muchas cosas por hacer.

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