Si pudiera definir en una sola palabra lo que significó para mi aquélla experiencia, sería la de sentir lo que significa la libertad. Yo llegaba con la mochila cargada de experiencias duras, tristes y de las que, al mismo tiempo, sabía que habría de aprender. Llegaba con miedo, con ilusión y la incertidumbre me bloqueaba la garganta.

Pasé allí unos cuantos años. Fueron de los más felices en mi vida. Descubrí amistad, amor, empatías desconocidas; aprendí y, sobre todo, viví.

Me marché. A otros lugares. A conocer el mundo. Aprendí. Descubrí rápido dónde había amistad, principios, valores. Palpé el miedo y la injusticia. Soñé convencida que todo aquello se había de cambiar. Y en Birmania hice una promesa. La de no fallar a mis convicciones aunque el miedo me pudiera paralizar. Desde entonces he mantenido firme mi voto, y crece anudado recorriendo mi espalda desde aquel día.

He vivido, he seguido aprendiendo. Y atravesando situaciones en las que he tenido que preguntarme una y mil veces hacia dónde seguir, siempre he terminado encontrando el camino que me ha mantenido fuerte en mis convicciones.

No sé bien aún por qué, pero en este recorrido me he ido encontrando con muchísimas personas que han marcado el rumbo para millones de personas más. De las maneras más insospechadas he podido mirar a los ojos de hombres y mujeres “importantes” para la sociedad. Hasta ahora, con sus más y sus menos, no encontré una señal en ellos.

Ayer volvía a estar en Bruselas. Casi cinco años después. Y llegué expectante: porque sabía que me aguardaba una de esas vivencias que seguramente marcaría en mi recuerdo una muesca imborrable. Ayer estaba todo preparado para conocer acarles Puigdemont. Acudir a entrevistarle, con el objetivo de intentar que sus palabras se puedan escuchar. Sin distorsiones, sin manipular.

La entrevista será publicada en breve: hora y media necesaria, sin lugar a dudas, para descubrir, seguro, una verdad que necesitaba ser contada. En ella estoy segura de que se podrá ver a un político que tiene las ideas muy claras, un discurso elaborado, que habla tranquilo y con claridad. Sin odio, sin agresividad.

Pero yo tuve, además, la suerte de conocer algo más. Si no creyera que es importante contarlo, lo guardaría en mi memoria como tantas otras experiencias vitales. Seguramente en un lugar especial. Sin embargo, viendo la situación en la que vivimos, creo obligado narrar lo que viví.

Antes de la entrevista pude compartir casi dos horas a solas con él. Dos horas sinceras, directas, con absoluta corrección y escrupuloso decoro. A medida que transcurrían los minutos yo me asomaba a unos ojos que miraban firme, con brillo y sinceros. Al terminar, ya se le había escapado algún gesto que me daba pistas para intuir lo que encontraría después.

Al acabar la entrevista, en la que contestó ampliamente a todo lo que le pregunté, en la que no se hizo un solo corte. En la que me puse en la piel de tantas personas a las que les interesará saber… recogimos y estábamos ya preparándonos para marchar.

Pero nos pusimos a charlar. No sólo él y yo, sino todos los demás. Tuve la misma sensación que cuando un sábado nos juntábamos los amigos, casi ya familia, en aquellos días en Bruselas. Cuando discutíamos sobre política durante horas y mientras cocinábamos. Cuando fuera hacía frío. Y siempre había una guitarra. Y ayer también estaba.

Acudí a la cita acompañada de Carlos (mi pareja, que es músico). Y en el ambiente tan cercano y cálido, se arrancó a tocar. Y cantamos. No sé bien cómo ni por qué, pero la causalidad quiso encontrarme recordando el sitio de mi recreo de Antonio Vega. Mientras cantaba, las palabras me atrapaban. Como si, de todas las veces que la he cantado durante mi vida, ésa fuera posiblemente la que más sentido tuviera. Carles escuchaba atento y el silencio de aquél lugar, tan frío, tan desnudo de todo, tan lejano de casa, tan lleno de incertidumbre se congeló. Yo, que nunca canto delante de nadie, me olvidé de mi vergüenza.

No esperaba la respuesta que después vendría. No podía ser de mejor manera que en forma de canción. Camins, de Sopa de Cabra.

Yo no conocía esta canción hasta que el 3 de diciembre acudí al concierto que se hizo como protesta y homenaje a los presos políticos. Ese fue, también, un día muy especial. Conocí a Albano en una conferencia en la que participamos juntos esa misma mañana, junto a Rufián, Queralt, Vehí y Oliver. En mitad del concierto, entre miles de personas, tenía que encontrar a Gris y a Gerard, a quienes no conocía pero con quienes me iría, al terminar, a San Joan de Vilatorrada. Y con ellos conocí a Sopa de Cabra. No me enteraba de nada, pero me gustaba ver cómo la gente cantaba, cómo se emocionaban. Y llegó la canción, que sin duda, era especial. Gris me la explicó mientras Gerard cantaba. Desde entonces la escucho a menudo, y siempre me acuerdo de cómo conocí a quienes a día de hoy, han pasado a formar parte de mi día a día.

Ayer la canté. Descubriendo a una persona sensible, coherente y consciente. Sin esperarlo, pude compartir más de lo que yo imaginaba. Y durante ese tiempo de más, ese que no formaba parte de ninguna entrevista, me encontré con algo inesperado. Asomarme a ver al hombre, al padre, al marido. Conocer a alguien perfectamente y extraordinariamente normal, preocupado en cumplir con su responsabilidad asumiendo un papel que jamás hubiera pretendido jugar.

Quizás en esta crónica se esperaba que yo me centrara únicamente en contar que le ví profundamente preocupado por quienes están en prisión y sus familiares (a quienes ha escrito personalmente); convencido de su decisión y de sus ideales; seguro del proyecto por el que está trabajando de manera incansable. Seguramente fuera más necesario contar aquí que está convencido de no dar un paso a un lado, que la República ya está y que solamente falta muy poco para echar a caminar. Sí, todo eso podría haber sido lo que contar. Sin más. Este artículo habría sido mucho más corto y seguro que menos blando.

Pero lo que me he llevado ha sido mucho más importante y por eso creo que era lo que debía compartir. Encontrar humanidad, coherencia y sinceridad. Un profundo carácter demócrata y alguien plenamente consciente de cada paso que da. Hasta Carlos, “el músico”, salió con las emociones a flor de piel, él que veía esto con distancia hoy comenta que más allá de las diferencias que pueda haber, nos unen ideales que van más allá. No es sencillo encontrarse a nadie tan claro, comprometido y dispuesto.

Sinceramente, después de todo lo visto y vivido, yo creía que era imposible encontrar alguien así en política. Y desde ayer, estoy contenta, porque en el fondo, me reconforta pensar que lo hay, y lo mejor de todo, son los cientos de miles de personas que le acompañan. Precisamente por eso ha desatado la rabia, la manipulación y la mentira desde España: porque si todo el mundo entendiera realmente de qué se trata en realidad, estaríamos ya recorriendo el camino.

 

Es momento de hablar sin miedo de democracia, de justicia, de fraternidad.

“Nunca es demasiado tarde para volver a empezar,

para salir a buscar tu tesoro.

Caminos, sueños y promesas

Caminos que ya son nuevos…

No es fácil saber

Hacia dónde tienes que ir

Toma la dirección de tu corazón

Nunca es demasiado tarde para volver a empezar…”