Quijotes del sistema. Silvana Melo

 

Laureano no es superman. Es apenas un quijote. A los 11 vive pegadito a los nogales entrerrianos. Y va a la escuela a 200 metros de donde se fumiga. Cuando escucha los aviones sale en su caballo a enfrentar a los mosquitos. Que no son los aedes, sino los inoculan veneno a la vida entera. Laureano se les planta a las máquinas de patas anchas que le hacen llover agroquímicos a su broncoespasmo. Y amenaza con su gomera a los aviones que parecen nubes ácidas. Al modelo que les gana la guerra a los quijotes como Laureano no le importa la consecuencia de su rentabilidad. Que es la vida de los pibes, marcada en sangre y piel desde la infancia rural, en una guerra invisible que los ataca día tras día con metralla química. Y que están perdiendo.

No son superhéroes aunque se calcen la capa de superman. La pelean como pueden, a veces con hueso de escaso calcio o panza de parco nutriente. Son antihéroes porque se mueren. No lanzan rayos laser desde la palma de la mano ni se alzan como si nada cuando un obús los desintegra. Demasiadas veces se mueren. Y los mueren. A veces son muñecos de trapo, juguetes del sistema. Otras son quijotes, despatarrados por los molinos. Desmembrados por las hordas. Desespaldados a tiros por otros héroes. Que no son super ni son los nuestros. Que matan por atrás, no como el hombre araña. Que disuelven la vida a golpes, muchos contra uno. Uno, flaquito y desfasado de esta vida. Para que todos sepan en qué se puede convertir un hombre (o varios, o muchos) cuando el discurso del poder habilita el odio y legitima el crimen. Apenas por un objeto que el mercado obligará a cambiar, por antiguo, en pocos meses más. Apenas por un celular.

Antihéroes como Cristian Cortez, habitante de la periferia de este mundo, corrido al margen porque no hay espacio en esta sala para pocos donde se consume opíparamente tras la vidriera. Mientras el resto mira y no alcanza. No alcanza ni el banquete ni el auto ni el Ipad. Ni la zona blindada con púas, alarmas, rejas y dientes feroces. Hasta que una piedra casca el vidrio. Y los dedos atrapan lo que pueden. Un resto de una vida que no es la suya. Ni lo será jamás.

Y como no es superman, flaquito y desfasado de esta vida no puede volar. Ni huir. Y la cuadrilla de buenos vecinos se arremanga, se ata los cordones y lo destroza en el piso sin despeinarse. La justicia se anda bajando de los cuadros. Y se vampiriza con el descarte. Como Cristian Cortez, que se murió a patadas a los 18. Apenas por un objeto que el mercado obligará a la horda de buenos vecinos a cambiar, por antiguo, en pocos meses más. Apenas por un celular.

El diario de San Juan, donde nació y murió Cristian, los llama “justicieros”. El 77 por ciento de sus lectores los aplaude.

Facundo Ferreira no era Goku. Era apenas un tucumanito de doce años y ojos picantes. No tenía superpoderes ni podía atrapar policías en una tela de araña. Intentaba lucharle a una vida que se le ponía adelante, como los monstruos a sus héroes. Pero ellos pueden escupir fuego desde la nariz. Y él era apenas un tucumanito de doce años y ojos picantes. Muerto por la policía por la espalda, por la nuca, por la zona traicionable de la vida humana. Por donde no se mata, por donde no se perdona, por donde no se justifica, por donde se es un asesino.

Laureano, Facundo, Cristian, se empeñan en sacrificar sus espadas de cartón ante los molinos de viento que los hacen quijotes desgarbados, vencidos siempre porque está escrito en las leyes, en los estatutos y en los expedientes. Antihéroes a la intemperie del veneno, del golpe multitudinario, de la bala alevosa del estado.

Hasta que un día deroguen esta vida y sean tumulto. Sean humanidad sobrevenida de la nada a serlo todo. Y entonces se volverá a hablar de quijotes y molinos. Y de espadas de cartón.

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