Quedarse helado. Javier Pérez Andújar. El Periodico

La democracia ha avanzado únicamente en materia de polos. La sociedad del bienestar es comer helados todo el año. Antes las clases populares esperaban a que llegasen estos días, el inicio del verano, para comprarse el primer polo por la tarde, pues a un pobre el helado antes de comer le da corte de digestión. No era el mismo el helado de los padres que el polo de los niños. Un padre no podía ponerse a darle chupetones a una cosa de colores después de una semana laboral de 60 horas. Fueron los socialistas del principio quienes aprobaron la jornada laboral de 40 horas semanales en el año 82. ¿Cuántas horas al día se trabaja hoy? ¿En qué condiciones? La democracia ha avanzado únicamente en materia de polos. No en vano, la transición fue pasar del Polo de Franco al Magnum Coco.

Los padres, que para eso venían de pasar penurias, sabían darle al helado la importancia que todo lo extraordinario merecía. La comida más sabrosa se come con las manos porque lo que no se toca no existe, para comer hay que abrir la boca con hambre…, y estas condiciones las reunía ante todo el corte helado. Se cogía igual, tenía algo ajeno y comestible por arriba y por abajo, era lo más parecido al bocadillo de la obra. La barra de helado podía cortarse en rodajas, era el chorizo del pueblo con sabor a tómbola y a caballitos.

También a los tiovivos les ha sucedido lo mismo que a los helados, se los encuentra la gente en todas partes en cualquier época del año sin necesidad de que sea verbena. Nos hemos quedado sin contexto. Lo dicen siempre los famosos y los políticos cuando los pillan en falso con un ‘tuit’: es que lo han sacado de contexto. Nos hemos cargado la realidad, eso es el contexto, para vernos a solas con todo esto que ya no sabemos ni cómo llamarlo.

Se renunciaba a ser niño abandonando el cucurucho, algo similar le ocurrió a la generación de Garci con el cine del Oeste

Las palabras, llamar a las cosas por su nombre, eso fue lo primero que se le arrebató a la cultura popular y así es como quedaron convertidos en analfabetas millones de personas que sabían perfectamente lo que decían, lo que nombraban, porque recorrían leguas, medían con celemines, pesaban por quintales y fanegas, porque veían un árbol o una planta o un apero de labranza o unas albardas o unos serones, y sabían sus nombres. Ha sido la violenta falta de contexto, el hundimiento de éste, lo que convirtió en incultas a las clases populares. A la cultura de masas, los helados aportaban cada verano su propia jerga y al año siguiente la actualizaban. Claro, vivimos en un mundo de palabras fungibles, que se consumen con su utilización.

¿Quién ha vuelto a decir decodificador? Los restos de este vocabulario andan fosilizados en lo que se ha llamado la memoria sentimental. Cierra los ojos y sigue leyendo, verás que ahora pone ‘drácula’, ‘esquimal’, ‘calippo’, ‘colajet’, ‘fantasmiko’, ‘frigodedo’, ‘frigopié’, ‘flaggolosina’… Esta última, ¿alguien se acuerda de lo difícil que resultaba abrirla? La única forma era a mordiscos. Creo que recuerdo más lo duro del plástico que el frío de aquel hielo con colorante. Solo en un país que luchaba por salir de la autarquía podía tener tanto éxito la idea de vender polos en bolsitas para que se los congelara cada cual en su casa. Pero era señal de que la gente tenía frigorífico.

Cucuruchos y cortes

Las ‘flaggolosinas’ fueron nuestras primeras flores del mal, pues en ellas estaba todo Baudelaire concentrado. Su principio era la sinestesia: lo que se anunciaba como sabores no eran más que colores. Pura correspondencia en un bosque de símbolos. Los cucuruchos eran para niños como los cortes eran para mayores. Se renunciaba a ser niño abandonando el cucurucho, algo parecido le ocurió a la generación de Garci con el cine del Oeste. Los primeros cucuruchos los vi salir de la nevera de un quiosco, empaquetados de fábrica.

Los cucuruchos de la casa Avidesa se llamaban ‘apolos’ y los de la Frigo, ‘frigolines’ (ay, el ‘frigolín rumbero’), y también se han llamado ‘cornetes’. Mundo de churrerías, tardé mucho en ver una heladería, donde era el dependiente quien servía al gusto las bolas de helado con las tenazas. Antes, esto fue en el zoo, había visto pasar de ‘rasqui’ un objeto helado no identificado, eran tres y tenían la forma de las cabezas de los sobrinos del Pato Donald. A mí me pareció lógico que, si tenían cabezas de animales, se vendieran en aquel sitio. Pero es que entonces todos los animales estaban mágicamente vivos en el modo en que lo están en los dibujos animados. No es que los humanos debiésemos reconocernos como animales, al contrario: los animales, todos los animales del mundo, tal como los creó Dios en aquel disco del tren lento de Bob Dylan, eran humanos.

Convertimos el hambre en apetito y fuimos mogollón, nunca había nacido tanta gente a la vez, constituimos una legión voraz de marabuntas dispuestas a consumir fútbol, hipotecas, ‘Diazepan’, vacaciones, helados… Por eso, de los polos nos comíamos hasta el palo, lo teníamos en la boca hasta deshacerlo. Con los de la Camy no tanto, porque eran de plástico, de varios colores, como piezas de un meccano, y también se montaban estructuras con ellos. Otro día escribiré de lo que nos dejó la sangre helada.

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