“Yo no sé qué misterio de ternura tiene esa dulcísima palabra: cubano”. José Martí.

Cual conjuro para acceder a eventos asociados con la creación de vida, después de esta insondable frase de amor del Apóstol por la patria, es que entonces podemos hablar acerca de nuestros puntos de vista en torno a la magistral propuesta discográfica de Pablo Milanés y José María Vitier, titulada: Flor oculta, de la Vieja Trova. Para nada es casual que Lino Betancourt, el experimentado investigador de los andares de la trova de siempre, también comience con tan sentenciosa frase las notas correspondientes que acompañan al disco en cuestión.

Esa honrosa persistencia en citar al Maestro como prefacio de un hecho artístico cubano de alto rango estético, expresa la coherente voluntad de exaltar aquellos rasgos culturales que inciden en nuestra identidad. Disponernos a escuchar semejante disco del sello Bis Music se convierte en una partida hacia el encuentro con esencias raigales de una nación, en donde cada acorde, cada detalle tomado al vuelo, nos conduce a una multiplicidad de sensaciones que nos embriagan por la dicha de ser cubanos. Es que disfrutar en un mismo soporte digital la herencia musical de añejos trovadores —que, como el buen vino—, resultan mejores mientras más pasan los años, cuyas obras aparecen interpretadas nada menos que por un cantante excepcional, de la talla de Pablo Milanés, y por un maestro de las teclas como el inspirado pianista José María Vitier. Ello constituye un valioso documento de lo que significa escuchar latidos del corazón en canciones que sentimos como sangre de nuestra propia sangre.

Aunque las coincidencias de circunstancias y los conflictos inherentes a las pasiones en estos tiempos lejanos ya, permanecen inmutables en el diálogo del amor de hoy en día, resulta francamente conmovedor el elegante y respetuoso tratamiento poético de los textos en dichas canciones. Es la percepción real de un universo, lamentablemente inimaginable para otros, porque en él nadie tiene que molestarse en explicarnos cómo debemos evocar cortésmente a la mujer en todo momento. Es un sentimiento colectivo implícito en la ética de estos trovadores. Se puede ser un amante ardiente como en “Labios gruesos” de Ramón Márquez, quien pide que lo muerdan hasta morir, o sutilmente delicado en “Como una mariposa”, de Manuel Melendez, para “libar la miel” que hay en los labios de su amada. Hasta Manuel Corona quien, todavía muy impresionado por la escultural figura de “Longina”, le dedica su llamada “Segunda Longina”, bautizada como “Rosa Negra”, un verdadero derroche de refinados elogios. En cambio, Rafael Gómez Mayea, más conocido por “Teofilito”, en “Herminia”, aconseja desde la ternura no buscar el amor por intereses materiales, sino por la presencia de un verdadero querer, mientras que Manuel Castillo en “Fuiste tú”, no sabe cómo exorcizar su arrebato ante una hermosa mujer, pero sin abandonar la distinción de cómo hablar de ella. Daniel Castillo compone su legendario “Mensaje de amor” desde el lecho moribundo, al ver posada una paloma en la ventana del hospital. Ante sublimes declaraciones de amor, corresponde tanto a Pablo como a Vitier acrecentar profesionalmente tal volumen de belleza acumulada, al otorgarle una luminosa espiritualidad tan intensa que solo enceguece a los demonios del mal gusto y de la mediocridad en el contexto musical contemporáneo.

Así, entre suspiros y cantares, Pablo descarga la pátina de una lozana y vigorosa tradición que, en su cálida voz haciendo simultáneamente un segundo memorable, simboliza el aliento consustancial de la trova entera, al elevar hasta la cima a aquellos compositores de antaño que conforman las canciones del disco.

Por su parte, el excelso pianista despliega el encantamiento de la entrega matizada por un virtuosismo de elegidos, los únicos capaces de dominar a su antojo nuestras contenidas emociones. Tanto es así, que la auténtica realeza, integrada por estos humildes y sencillos caballeros en la corte de la Vieja Trova, pediría acceder al milagro de la resurrección nada más que para hacernos escuchar sus emocionados aplausos. Saben que en los arreglos, impregnada en el talento de José María Vitier, encontramos el alma de Cuba, la que ha hecho cantar al piano de un modo insuperable.

Gracias al espacio de silencio entre una canción y otra es que se nos permite un momento de reposo, para escapar de la febril obsesión de escuchar al disco tantas veces seguidas como podamos. En tal sentido, cualquier semejanza entre la euforia incontenible de contemplar las joyas desbordadas en el cofre de un tesoro, en este caso el espléndido tesoro patrimonial del disco, no es pura coincidencia. Como tampoco es coincidencia que Pablo Milanés y José María Vitier, en esta cita con el pasado, hayan pactado vivencias existenciales de otros tiempos, la única razón válida para explicar tanto acierto.