Palabras inaugurales del Premio Literario Casa de las Américas 2019. Roberto Fernández Retamar

Compañeras y compañeros:

Después de considerar varias posibilidades, el Consejo de Dirección de la Casa de las Américas concluyó que al celebrarse este 2019 sesenta años de haberse otorgado por vez primera su Premio Literario (que tuvimos el honor de que exaltara el Che en discurso pronunciado en Punta del Este, Uruguay, en 1961), las palabras inaugurales del Premio correspondiente, como ha ocurrido en anteriores fechas redondas, debían ser pronunciadas por quien se encuentra al frente de la institución. A propósito de ello, debo explicar que si mi vínculo con la Casa de las Américas se remonta a su inicio, en 1959, salí después a desempeñar otras tareas, regresé del todo a ella en 1965, y solo a partir de 1986, es decir, en los últimos treinta y tres años, me es dable hablar plenamente en su nombre, como estoy haciendo. Lo que, desde luego, no implica que mis compañeras y compañeros del Consejo estén obligados a compartir ciento por ciento cuanto diga. Nuestra esencial unidad no excluye la diversidad.

De entrada insistiré, por conocido que sea, en que a menos de cuatro meses de la victoria, el primero de enero de 1959, de la Revolución Cubana, ella creó la Casa de las Américas, y puso a su frente a una criatura que ya era una leyenda: la compañera Haydee Santamaría. Con su pasión revolucionaria, su audacia, su inteligencia, su sensibilidad, su don para dirigir creó nuestra institución, y la marcó para siempre. Es nuestro privilegio que esta seguirá siendo su Casa. Así lo han asumido desde los primeros trabajadores, casi la totalidad de los cuales, como la misma Haydee, ya no dan sombra, en palabras de Dante, hasta los muy jóvenes, quienes garantizan la pervivencia de su centro de labores y sueños (hace años una compañera querida dijo con audacia que la Casa de las Américas es un estado del alma), y aunque no  conocieran personalmente a Haydee , sienten el orgullo de trabajar en la que fue, es y será la Casa de la heroína del Moncada, la Sierra Maestra y la lucha clandestina; de  quien, con su hechizo y su fe, atrajo a nuestra causa a muchos de los mayores escritores y artistas de nuestra América, e incluso más allá de sus fronteras.

Cuando el año pasado leyó palabras como estas el compañero Silvio Rodríguez, tan identificado con Haydee que debe considerársele uno de sus hijos, él recordó con razón que al ser esta Casa obra de ella, lo era también de quien Haydee, al igual que el compañero Fidel, al igual que nosotros,  reconocemos como el Maestro por excelencia:  José Martí. Y desde el principio Haydee, como luego, leales a sus orientaciones, hemos seguido haciendo los que la hemos sucedido (y jamás sustituido) al frente de la Casa de las Américas, es decir, el gran pintor Mariano y después yo, al dirigirnos a los miembros de los distintos jurados de nuestro Premio Literario hemos insistido en que se tomen en consideración los valores literarios de las obras que concursan. Lo que insuperablemente dijo Martí al afirmar, por ejemplo, que a la poesía, que es arte, no vale disculparla con que es patriótica o filosófica, sino que ha de resistir como el bronce y vibrar como la porcelana. Palabras tanto más estremecedoras por cuanto las escribió quien consagrara su genio y   ofrendara  su vida al mejoramiento humano,  a la vida futura y a la utilidad de la virtud, en los que, espantado de todo, dijo tener fe.

La fecha en que se otorgó por vez primera este Premio Literario, 1960, no es un fecha vacía ni azarosa. Los años inmediatos verían la acogida mundial de la literatura de nuestra América. Sería tonto decir que ello fue consecuencia del Premio que otorgamos, en la primera edición del cual, significativamente, se distinguió a un autor consagrado, el argentino Ezequiel Martínez Estrada, y a otro inédito, el cubano José Soler Puig, sentando un valioso precedente. Muchísimos autores y autoras se  darían a conocer gracias a nuestro Premio, mientras el notable escritor de Barbados Kamau Brathwaite es quien más veces lo ha recibido. Como también sería tonto negar que ambas realidades (el Premio Literario Casa de las Américas y la mencionada acogida mundial) se remiten al acontecimiento que hizo entrar nuestra historia local (hasta entonces vista, si acaso, como una borrosa nota al pie) en la gran historia. Me refiero, claro está, a la Revolución Cubana, que atrajo la atención del orbe sobre nuestro subcontinente, y en consecuencia sobre nuestras letras. Ellas tenían ya un alto nivel desde hacía tiempo: baste recordar al Inca Garcilaso de la Vega y a Sor Juana Inés de la Cruz, a Gertrudis Gómez de Avellaneda y a Domingo Faustino Sarmiento, y más cercanos, a quienes se manifestaron en lo que en la América española se llamó modernismo (Martí, Darío, Quiroga, Rodó, Lugones, González Martínez), y en Brasil, con otra denominación,  a Machado de Assís, e inauguraron nuestra contemporaneidad. Pero ello no impidió que, por ejemplo, en 1938 muriera en París, casi miserable y casi desconocido, uno de los mayores poetas de nuestra América y de la lengua castellana, el cholo César Vallejo, lo que tanto difiere de lo que iba a ocurrir pocas décadas después.

Voy a eludir el anglicismo que alguien le propinó y muchos y muchas repitieron, pero todos sabemos que en la década del sesenta del siglo pasado un conjunto sin duda muy valioso de narradores latinoamericanos fue objeto de un espectacular reconocimiento planetario. En otro orden de cosas, si hasta 1959 solo una escritora nuestra, la inolvidable chilena Gabriela Mistral, había recibido, merecidamente, el Premio Nobel de Literatura, a partir de esa fecha lo recibirían, también merecidamente, seis escritores de la América Latina y el Caribe; y razones extraliterarias, inaceptables tratándose de un lauro literario, impidieron que se le otorgara a Jorge Luis Borges. Siendo este último hostil a nuestra Revolución, tal hecho no impidió que en parte gracias a esa Revolución la deslumbrante obra literaria del gran argentino alcanzara un horizonte mundial; como tampoco impidió que él, con generosidad, accediera a que la Casa de las Américas publicara  un conjunto admirable de páginas suyas, para entusiasmo sobre todo de nuestros lectores jóvenes. Por otra parte, no pocos escritores y escritoras del área han admirado la Revolución Cubana, y además han colaborado en diverso grado, a menudo muy estrechamente, con la Casa de las Américas, aunque no faltaran  quienes se apartaran luego de ambas (la Casa y la Revolución), a pesar de lo cual seguiremos apreciando sus obras. Por supuesto, nos enorgullece saber que muchísimos autores y autoras latinoamericanos y caribeños,  entre los más valiosos, se sienten vinculados con nosotros, o murieron fieles a los ideales de la Casa y de nuestra Revolución (baste citar entre estos últimos, limitándome a unos pocos, a Alejo Carpentier, Manuel Galich, Julio Cortázar, Mario Benedetti, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano o Roque Dalton): una revolución que, como todas, no es un  paseo por un jardín; al igual que cualquier creación humana, no está exenta de errores, que rectifica, y ocurre a noventa millas del imperio que nos ha agredido de mil formas, incluyendo el bloqueo criminal más dilatado de que se tiene noticia, y no cesa de amenazarnos. Pero para ser justos no podemos olvidar que de ese país también forman parte, y parte esencial, seres como Noam Chomsky, a quien he llamado Bartolomé de Las Casas de su propio imperio, y muchas y muchos más que han defendido y defienden con valor causas nobles. Se trata, en necesarias palabras martianas, de la patria de Lincoln que amamos, como lo hace quien les habla.

Carezco de más tiempo, según se acostumbra en casos como este, por lo que voy a terminar, no sin antes decir algo que me importa mucho. Quiero, en ocasión de los sesenta años, rendir homenaje a   quien, después de Haydee Santamaría, debe más la Casa de las Américas: la  imprescindible compañera Marcia Leiseca. Y dejo así inaugurada las tareas del Premio Literario Casa de las Américas correspondiente a 2019.

Muchas gracias

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