(Palabre-ando) Pajaritos fritos, literalmente. Gustavo Duch

Las currucas, como la cabecinegra, con esos ojos rojos destacando en el negro del capirote; la mosquitera, al contrario, discreta en su pelaje; o la capitorada de canto melodioso. Los zorzales como el charlo, un pájaro vestido de leopardo; el tordo o el zorzal común que siempre encontramos en bandadas; o el alirrojo que, como su nombre explica, guarda debajo de las alas unas plumas rojas y atractivas. El frágil petirrojo pero intrépido y valiente que se acerca casi a comer de nuestras manos. El verderón, que dicen que es un gorrión alimentado con esmeraldas. Los más pequeños de todos, los mosquiteros, como el ibérico, un rayo de sol reflejado en la arboleda; el común, que no deja de cantar chif-chaf, chif-chaf, chif-chaf; el musical, violinista y escalador a la vez; o el congénere más rechoncho y pálido, el papialbo. El inconfundible jilguero disfrazado de indio siux antes del combate. El pardillo, que luciendo un lunar rojo en la frente y en el pecho se confunde con una pequeña niña hindú corriendo con su sari escribiendo nubes en los bosques. Las señoras lavanderas, garbosas en su caminar, blancas o amarillas. Todas.

Todas estas aves, que al acabar el verano viajan desde diferentes puntos de Europa hacia el sur peninsular, después de su incesante actividad, al llegar la luna, buscan un lugar seguro y protegido para descansar. Un lugar que les gusta son los setos en los que la avaricia humana ha convertido al señorial y retorcido olivo.

El olivar súper intensivo, que fue diseñado en Catalunya hace unos 15 años, se está extendiendo por todo el territorio. En fila india, uno pegado a otro, se hacen crecer los olivos conformando unos setos, obteniendo unos campos más parecidos a las viñas en espaldera que a un campo de olivos. Con este sistema, la industria agroalimentaria consigue mayores producciones con menos mano de obra. Unas grandes máquinas pasan por encima de estos olivos-bonsái, como si los cabalgaran, vendimiando automáticamente todas las aceitunas. En campos donde antes se tenían entre 200 y 300 árboles por hectárea, ahora hemos llegado a los 2.000 árboles.

Como esta práctica se hace por la noche, “las cosechadoras”, dicen expertos de la Junta de Andalucía, “equipadas con potentes focos de luz, se colocan por encima de los setos para cosecharlos, depositando los materiales colectados sobre el remolque que llevan adosado. Es ahí donde se pueden encontrar los cadáveres de aves amontonados entre la aceituna y hojarasca engullidos por la maquinaria (…) contabilizando hasta 100 aves muertas por cada remolque cosechado. Es decir, un centenar de aves por cada hectárea”. Solo en Andalucía se estiman alrededor de 2,6 millones de aves muertas en el superolivar.

Nadie tuvo en cuenta estas víctimas colaterales cuando se diseñó este nuevo sistema. Pero me temo que ahora que ya se conoce el drama aviar de los pajaritos fritos, nadie detendrá tan colosal avance de la agricultura moderna. Tampoco por el desempleo que genera, ni por el consumo de agua que estos olivos exigen, ni por la tortura que sobre ellos ejercemos.

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