Me encuentro en una edad en la que los mayores me ven joven y los jóvenes ya me ven mayor. Algún niño me habla de usted y hace que un escalofrío me traspase de arriba a abajo. He pasado a ser la mamá de Mateo y de Lucía. Pero todavía hay quien se sorprende cuando le digo que tengo dos hijos. Yo recuerdo perfectamente cuando mis padres tenían mi edad, cuando tenían 35. Y de aquella me parecían mayores.

Pertenezco a esa generación que hace diez años consideraba que ser mileurista era una vergüenza, lo denunciábamos. Y exigíamos ayudas para podernos emancipar (y las tuvimos). Soy de la generación que disfrutó de becas públicas que la universidad nos daba para poder estudiar fuera. Pude formarme en Cooperación Internacional gracias a un programa que tenía por entonces la Junta de Castilla-La Mancha que se llamaba Jóvenes Cooperantes. Participé en algún campo de trabajo que se organizaba entre las distintas regiones del Estado (un verano limpiando el desierto de las Bardenas y elaborando un mapa para hacer recorridos a pie y en bicicleta). Teníamos oportunidades, pudimos disfrutar de formación y experiencias que han sido cruciales en mi vida. Pude conocer a gente de otras regiones, de otros países, gracias a las posibilidades que un sistema público me ofrecía.

Me involucré en la actividad política a través de organizaciones juveniles. Y así fue cómo me aproximé y me interesé por la política. Conocí a gente de mi edad que tenía más o menos los mismos intereses. Y así descubrí la región en la que vivo, y conocí otras.

Ayer precisamente recordaba todo esto, con gratitud y nostalgia. Participé en una charla sobre el cierre del Consejo de la Juventud de España. Se produjo en el año 2014, mediante una ley que, a su vez, se basó en un informe (CORA) donde se detallaban las razones por las cuales la administración pública debía eliminar servicios que venía prestando para “abaratar” y “no duplicar”. Lo cierto es que el informe CORA mentía sobre las dos causas fundamentales que arguyó para cargarse una de las entidades clave para la participación juvenil en España. Y en realidad lo que se denunció entonces y podemos constatar ahora es que esta jugada respondió más bien a cuestiones ideológicas.

El Consejo de la Juventud de España se creó como plataforma de entidades juveniles en 1983 (año en el que yo nací) y estaba formado por los Consejos de Juventud de las Comunidades Autónomas y organizaciones juveniles de ámbito estatal. Su objetivo era promover la participación de la juventud en el desarrollo político, social, económico y cultural. En esta plataforma se fomentaba el debate participativo, se realizaban estudios pormenorizados sobre las cuestiones que interesaban a los jóvenes, sobre lo que les afectaba, y presentaba propuestas ante problemas específicos. Trabajaban por áreas: comisión especializada en socioeconomía, educación integral, derechos e igualdad de oportunidades, participación y promoción asociativa, relaciones internacionales, relaciones externas y desarrollo institucional…

Las arcas públicas españolas han invertido 35 veces más en la tercera edad que en las necesidades de los más jóvenes

Todo eso se eliminó. De un plumazo. Mientras al mismo tiempo la juventud se encontraba sin acceso a empleos decentes: España tiene la segunda tasa de desempleo juvenil más elevada de Europa  (36%). Sin posibilidad de emanciparse: somos los últimos en abandonar el nido si nos comparan con nuestros vecinos de Europa. Estamos los primeros en el ranking de fracaso educativo, y quizás tenga algo que ver que en las tres últimas décadas se han abordado trece reformas educativas (y ahora vamos a por la siguiente). No tenemos posibilidad de independizarnos, porque los trabajos tienen unas condiciones de miseria y estando así el panorama, ¿cómo va a tener hijos esta generación? Tomen nota: si seguimos por este camino, dicen los estudios que en 2040 España será el país más envejecido del mundo. Del mundo. 2040, que está ahí, a la vuelta de la esquina.

Los jóvenes mejor formados han tenido que marcharse lejos (“fuga de cerebros”) porque España no ha apostado por ellos. Porque aquí se invierte en armamento, no en I+d+I. Y por eso, después de haber invertido en educación pública, después de haber formado a talentos que bien podrían situar a España a la cabeza en proyectos de investigación, han tenido que marcharse y trabajar para otros países, donde en algunos casos además se les maltrata y explota.

Lejos de invertir en juventud, desde la década de los años ochenta, y según informaba esta semana David Jiménez en el NYT, las arcas públicas españolas han invertido 35 veces más en la tercera edad que en las necesidades de los más jóvenes. Señala en su interesante artículo que quizás algo tenga que ver el hecho de que la población mayor de 60 años representa hoy a 1 de cada tres votantes.

Si miramos la franja de edad entre los 16 y los 29 años, descubriremos que más de dos millones de españoles y españolas se encuentran en situación de pobreza.

No soy yo de darle la razón al Rey. Pero el otro día dijo que España tenía una deuda con su juventud. Y cuánta razón tiene. Por cierto, entre esa población joven se encuentran los miles de estudiantes universitarios que han promovido decenas de consultas sobre la monarquía y la república y consideran que tienen motivos para exigir democracia. Será que están hartos de que entre todos mantengamos a una familia real que se sube el sueldo cobrando cientos de miles de euros de nuestros impuestos, que según hemos podido conocer, almacena millones en cuentas extranjeras, mientras a nuestros jóvenes no se les permite acceder a una educación pública y de calidad sin tener que pagar cantidades cada vez más altas; no pueden acceder a trabajos dignos que les permitan emanciparse; y desde luego, no pueden dedicarse a tener familias sin andar mirando “la pela”. Sí, el Rey tiene razón: este país está en deuda con su juventud. También con su democracia y con la justicia. Y que lo diga él tiene bemoles. Pero no me quiero ir por las ramas…

¿Qué futuro le espera a este país si quien más ilusión debería tener no se siente arropado ni apoyado ni motivado?

Cuando se le da la espalda en todo a la juventud, no es de extrañar que su participación sea cada vez menor. Lógico: se eliminan las instituciones como el Consejo de la Juventud, se les estigmatiza en los medios de comunicación, se recortan las inversiones para su formación… ¿y a quién van a votar si nadie defiende sus intereses? Nos contaba ayer Gema García Albacete, experta en cuestiones de participación juvenil, que el 20% de los jóvenes en España no han participado jamás en nada (ni manifestaciones, ni recogida de firmas, ni elecciones, ni asociaciones).

Esto sucede mientras en las escuelas han estado los últimos años sin hablar de los grandes pensadores, sin entender de qué va eso del pensamiento, de ejercitar el cerebro por el mero hecho de plantearse preguntas. Eliminaron la asignatura de Filosofía. El mayor crimen que se le puede hacer a un adolescente, en pleno momento de ebullición, quitarle una herramienta tan fundamental en la vida como la grandeza del pensamiento libre. De la capacidad crítica.

Demonizaron la asignatura de la “educación para la ciudadanía”. La quisieron enfrentar a la religión en las aulas. Una barbaridad. Pero todo enfocado hacia el mismo lugar: eliminar cualquier posibilidad de crear una sociedad con capacidad crítica que pudiera reforzar la cultura democrática.

Recapitulemos: eliminación de entidades participativas, degeneración de los medios de comunicación a niveles impensables (que no ofrecen información ni material para cuestionarse nada), precarización laboral, asfixia social, falta de oportunidades. Ese es el panorama que han tenido y tienen los más jóvenes de España. ¿Qué futuro le espera a este país si quien más ilusión debería tener no se siente arropado ni apoyado ni motivado?

Este sábado el Consejo de la Juventud de España reiniciará. Pero ahora ya no tendrá la misma forma jurídica. No será un ente autónomo de carácter público. Tendrá una forma mixta, fundamentalmente privada, lo que abrirá la puerta a patrocinios y patronazgos. Corre el riesgo de verse financiado y, por ende, manejado por aquellos que no saben de libertad ni de pluralismo. En definitiva, por aquellos que llevan tiempo apropiándose de España.

La juventud es la que quiere comerse el mundo. La que quiere caminar cien pasos aunque consiga finalmente haber avanzado diez. La juventud es la frescura y el motor de cualquier sociedad. Y sin un pacto intergerenacional, que sepa conjugar la experiencia de nuestros mayores con la energía y el enorme talento de nuestros jóvenes, este país seguirá cada vez estando más oscuro.

Sin juventud, no hay nada.

El Nacional.cat