La leche, mala e inalcanzable. Silvana Melo

Pelota de Trapo  

La leche atraviesa el imaginario de los pueblos. Descansa en la mitología del alimento imprescindible, el que mama el lactante desde su propia madre, el que propina a los huesos el calcio para que no se quiebren. El que le pone proteínas a la vida. Pero también el que enriquece oligopolios que empaquetan leches que tantas veces no son leches y que, a la hora de una traza de sensibilidad en el universo de la rentabilidad, hace desaparecer su leche barata de las góndolas. En complicidad con el gobierno que deposita en un rincón oscuro de esas góndolas el eufemismo de los precios cuidados. Y no sanciona a la empresa que deja de producir La Armonía de 25,47 pesos para privilegiar la exportación de leche en polvo. Son tiempos de crisis, dicen. Entonces no se puede resignar 15 pesos de ganancia por sachet. Del otro lado, hay millones para quienes peligra la subsistencia sana. Y una multitud de niños que no están comiendo más que una vez por día. El hambre que corta perpendicular a la estructura social disputa en el territorio con la especulación de las empresas dominantes. Una joyita del sistema.

La Armonía es la segunda marca de La Serenísima, el sello universal de Mastellone. La Serenísima ocupa el 80 % de la góndola, asegura el periodista Jairo Stracchia. Un elefante que, como tantos hitos empresariales, atravesó gobiernos y hegemonías. En 2007 Néstor Kirchner le ofreció a Pascual Mastellone (muerto en 2014) rebajar un 5% ciertos productos para armar una canasta económica. En un antecedente de los precios cuidados. Pascual no aceptó y puso sobre el escritorio la crisis de su empresa. Néstor no se quejó. Y dos años después le ofreció ayuda.

Hoy es La Serenísima la que aporta la leche al programa que puso en marcha el kirchnerismo y que si lo sostiene a medias Cambiemos es porque la crisis es aluvional. Para eso puso en góndola La Armonía, su leche barata. Que acaba de desaparecer en estos días de los supermercados. O está racionada a una por persona en los escasísimos lugares donde se mantiene el precio a 25,47.

Explican que hay menos leche en la calle. Que está la crisis. Que es normal en el primer trimestre del año. Que es estacional. Que además, está la crisis. Que circulan 400.000 litros menos de leche. Y que está la crisis. Que es para los empresarios pero no para las familias escasas, tan monoparentales, tan solas, que tienen que pagar entre 40 y 50 pesos el sachet. Porque La Serenísima está en crisis. Los niños también. Y no se ven. No tienen poder de desabastecer. No tienen marca ni jingle. No son oligopólicos los niños. Porque son muchos, frágiles, con hambre, fáciles de enfermarse. No especulan, no juegan con la renta. Se encaprichan con la leche tibia. Y a veces, con aquel líquido blanco indeterminado que, en un golpe de sinceridad, las empresas venden como “alimento lácteo con leche”. Que nadie sabe a ciencia cierta qué es. Pero leche no.

La Serenísima acapara el 80 % de la góndola. En su propia vivencia de la crisis –la que no les permite comer a los niños- prioriza la rentabilidad. Y decide fabricar menos la barata Armonía y exportar un 37% más de leche en polvo. Y fabricar mucho queso, que está carísimo. Una decisión de mercado que el estado dejó hacer, relajado e indolente. Atento a la crisis de los poderosos, ciego a la inmensidad de las crisis de una base piramidal sobre la que caminan los privilegiados.

Dice Stracchia que a las marcas de los supermercados también las fabrica La Serenísima. Coto y Carrefour dejaron de recibirla. Entonces hay que comprar primera marca. O asumir a la leche como un artículo suntuario. En el país de las vacas. En el tiempo en que a esas vacas que antes daban diez litros ahora las apremian a dar 40.

Para Héctor Polino (Consumidores Libres) “el fenómeno es puramente especulativo. La empresa intenta vender la marca La Serenísima, que está más cara”. Sus pares de las asociaciones de consumidores piensan lo mismo. El estado sigue ocupado en delimitar la acción de la justicia y en ajustar la represión de una eventual reacción de aquellos a quienes las empresas ignoran para no alterar un ápice la rentabilidad. Como canta Serrat, “bien me quieres bien te quiero… no me toques el dinero”.

Desde 2015 –acompañando la brutal disparada del dólar- el litro de leche Serenísima saltó de 10,25 a 39,90 pesos. Casi un 290 %. Sin embargo, la inflación en la Ciudad de Buenos Aires no llegó al 170% en el mismo período. Está claro dónde caen fatalmente los beneficios y el privilegio. La base de la pirámide es apenas el piso por donde transita la vida. La verdadera, la de los que pueden. Sin límites.

“La leche dejó de ser un alimento completo para ser sus partes aisladas convertidas en negocio”, dice Soledad Barruti, desde su libro “Mala leche, el supermercado como emboscada”. Porque “el producto llega a la empresa, lo fraccionan en cincuenta partes, lo pasan por millones de procesos y después venden una leche que se parece lo menos posible a la leche que salió de la vaca. Sin embargo, la venden como el alimento más natural e imprescindible”.

La investigadora es tajante: “el reduccionismo alimentario a favor de los lácteos está salvajemente sponsoreado. La leche solamente es un alimento esencial para que exista La Serenísima. Nada más”.

La leche está colocada en un sitial de urgencia y obligatoriedad. Alguna vez se la exceptuó del pago del IVA, consecuentemente con su importancia en las telarañas del imaginario. Sin embargo, la mano dura del sistema la derrama lejos del piberío. Convertida en la rock star de la industria que la fortifica y la reforma hasta convertirla en lo que no es. Y la arrebata de las góndolas donde queda lo inalcanzable.

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