Indec: 5 millones de niños bajo la alfombra. Claudia Rafael

Como osan los Gobiernos permitir tal desatino? Urge acabar con el hambre, en un mundo de Riqueza mal distribuida. -Será mi próximo articulo-

 

(APe).- El Indec acaba de publicar datos cruciales que ya viene ofreciendo el Observatorio de la Deuda Social de la UCA desde hace tiempo. El Indec. El hacedor de estadísticas oficiales dijo lo que todos saben pero esta vez, desde un organismo del Estado. Y fue arrojado al sótano al que nadie mirará porque la existencia de 5 millones de chicos pobres y 1 millón de indigentes no despeina a nadie. El hambre no es noticia. Ni la falta de futuro. Ni la ausencia de techo ni de libros ni de sueños.

Son los invisibilizados. Los olvidados. Los envenenados y hambreados. Son los pibes. Los gurises. Los chinitos. Los vagos. Los que caen del mapa de inclusiones y bienestares. Que son definiciones que ya pocos encuentran para hablar en primera persona. Los que no están en agenda porque se van cayendo de los mapas y ya no importan. Empujan un carro. No podrían deletrear la palabra esperanza porque lo que no existe, no es. No tiene entidad. No abriga ni ilumina. Son los changos. La muchachada que va perdiendo la capacidad de juego. Los que justifican la llegada de una AUH al bolsillo familiar que apenas supera los 2000 pesos y no alcanza más que para 5 kilos de pan, 5 paquetes de fideos, 4 paquetes de polenta y 3 paquetes de arroz al mes. Puros hidratos de carbono que conducen a la obesidad y a la falta de nutrientes y proteínas. Son las chicas y chicos que quedan reflejados en los datos oficiales de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec que, con menos de 14 años, forman parte del 49,6 por ciento de pobres y 11,3 por ciento de indigentes. Cifras oficiales. Las que publicó Clarín ocultas entre noticias irrelevantes, confinadas a los artículos periodísticos considerados sin sentido.

Que 5 millones de chicos son pobres.

Y un millón, indigentes. Los que huelen al perro con el que comparten colchón para que sepa a abrigo. Como en los viejos tiempos en los que la única vaca de la familia dormía en la parte de abajo de la casucha de madera para calefaccionar la única pieza de todos.

Son los que nunca entran en los itinerarios de campañas. Ni fueron delineados en los programas electorales de unas PASO en las que nadie cree y de las que todos desconfían.

A cuatro días de las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias el brazo de estadísticas gubernamental finalmente oficializó que en el primer trimestre de 2019, el 49,6 por ciento de las niñas y niños son pobres y el 11,3, indigentes. Que serán muchos más en la Encuesta Permanente de Hogares de septiembre, que reflejará todo el primer semestre. Pero no constituye una noticia que importe. Que sacuda. Que conmueva. Las campañas y las noticias mediáticas saben qué frivolidades venden y cómo dibujar intereses que distraigan.

Las niñas y niños pobres e indigentes, debajo de la alfombra.

Cinco millones son pobres y un millón, indigentes. Un entero ejército que podrá aceptar mansamente el destino cierto de confinamiento, hambre, gatillo fácil o venenos mortales. O atreverse a asomar desde las cañerías, las ochavas oscuras y el villerío en el que las patas gubernamentales se empeñan en aplastarlos con la rabia entre los dientes. Y ese día empezará a amanecer.

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