La culpa es de los que tienen hambre. Claudia Rafael

 

(APe).- El dedo acusador del Estado depositó la culpa en el pobrerío. Ese que noche tras noche, mañana tras mañana, recorre las calles de tierra y olvido y mete sus manos ajadas en lo que otros abandonan. Para sumar migajas al flaco banquete cotidiano. Pan viejo, harina o arroz con gorgojos o una bolsa de sal que no era sal. Doce niñas y niños y dos adultos terminaron internados en el hospital municipal de Olavarría con una grave intoxicación con bromato de potasio. Una bolsa de basura en la puerta de una panadería contenía recipientes con ese químico usado como mejorador del pan pero prohibido en Argentina desde 1997. Y que ese Estado que señala a los más desarrapados como culpables de haberse y haber intoxicado en el intento desesperado por sobrevivir, no controla. O permite abiertamente quién sabe por qué razones.

Fue en el barrio Lourdes, histórico bastión del sistema abandónico, en que funcionan un par de comedores que nunca alcanzan, donde se armó el almuerzo de una familia extendida de padres, hijos, tíos, sobrinos, abuelos. El bromato no sala, entonces hay que echar más y más sin sospechar siquiera que el veneno les iba entrando al cuerpo.

Es en los arrabales de la ciudad que se llamó a sí misma capital del trabajo en que viven y deambulan los exiliados que no caben en la lógica de aquellos que mueven las piezas del mundo en base al dólar, a la soja o a los lingotes del vil metal.

Este fin de semana fue el bromato de potasio como hace una década fueron unos falsos alfajores en la puerta de una veterinaria de la misma ciudad que eran en verdad veneno para ratas. Porque los pobres de toda pobreza, los hambrientos, los hurgadores de sobrantes, los que sólo sirven a los ojos del poder como los que les asegurarán su permanencia en el trono son los hijos, los nietos y los padres de la miseria. Los culpables de su propia hambre. Los responsables de su propio envenenamiento. Los que eligen vivir, enfermarse o morir con sus propias pócimas. Y como escribió Alfredo Grande alguna vez en esta agencia “el sistema predador consigue que el intoxicado, el envenenado, el consumido en sus propias inmundicias, se sienta dignamente culpable de su destino”.

La municipalidad de Olavarría fue más que clara: desde la Secretaría de Salud se “determinó que un error en la preparación de los alimentos en un domicilio particular en la calle Fassina al 600 fue el causante de la intoxicación de niños y adultos”. Unos y otros deberán formar fila contra el paredón de los vulnerados para ser lapidados estatal, social y mediáticamente por ser culpables irredentos de su propia indigencia.

Hasta que la tortilla se vuelva.

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