Turismo alimentario.Gustavo Duch Guillot

Lo comentábamos en el artículo anterior: los alimentos no dejan de viajar. Pescado, carne, soja, leche o galletas milkilométricas en rutas de despropósitos destrozando el clima y los sistemas agrícolas locales. Pero, ¿en qué viajan?

Mayoritariamente en barco, y si visitan en internet algunas de las muchas páginas que muestran ‘rutas marítimas comerciales’ los podrán observar. Encontrarán mapas mundiales que, bien en directo o bien de años anteriores, sitúan a los cerca de 60.000 barcos de carga que están constantemente -todos los días- moviéndose en los océanos de planeta, representados por puntitos que corren por la pantalla como los protagonistas del antiguo juego del comecocos pero sin nadie que se los trague; de hecho, cada vez hay más. Muchos transportan petróleo, el resto transportan contenedores repletos, entre otras cosas, de materia prima agraria y alimentos.

Este sistema de transporte es una de las explicaciones del (supuesto) precio barato de los productos que tenemos en el supermercado. El revolucionario sistema de los contenedores apilados como piezas del Tetris ha conseguido generar una economía de escala. Cualquiera de esos puntitos en movimiento es un buque de 300 o 400 metros de eslora (la longitud de tres o cuatro campos de fútbol unidos) que con solo 20 operarios puede cargar hasta 80 mil toneladas de productos. Añadan los tejemanejes y ahorros que consiguen navegando con banderas de conveniencia, las condiciones a las que se somete al personal y el tipo de combustibles residuales y muy contaminantes que utilizan para comprender el porqué de esos (supuestos) bajos costes.

Desde el pasado 22 de agosto ya podemos ver un nuevo puntito moviéndose entre el puerto de Dajla, en los territorios ocupados del Sáhara Occidental, y Algeciras. La propiedad de los barcos es la empresa francesa CMA CGM, junto con Maersk, una de las más grandes del sector. Mucho me temo que será un trayecto de éxito y rápida consolidación porque está diseñada para el boyante negocio del comercio de los productos hortícolas y pesqueros que grandes empresas cultivan y pescan en tierras y aguas saharauis que no les pertenecen y que distribuyen por toda Europa.

Otra ruta más que fortalece un sistema alimentario que mucho se parece al turismo ‘low cost’. Muchos alimentos viajando por muchos lugares a precios muy baratos. Pero como este turismo, las consecuencias son (sin ninguna suposición) muy caras. Solo los barcos comerciales representan un 4% de los gases con efecto invernadero, se calcula que más de 1,5 millones de marineros trabajan en condiciones injustas y vulnerables y, en tierra, cada vez son más las personas que no pueden vivir de sus producciones locales. En este caso, con el apoyo incondicional de la Unión Europea que, periódicamente, renueva los tratados de comercio con Marruecos reforzando ilegalmente la ocupación marroquí del Sáhara Occidental.

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