Mar de Leva. Manos fuera de nuestra América. Farruco Sesto

“Pienso que la Europa entera si se empeña en calmar nuestras tempestades, no haría quizás más que consumar nuestras calamidades.”

Es evidente que el significado de esta frase, tomada de una carta que Bolívar le escribe a Jose Antonio Páez desde Lima, el 8 de agosto de 1826, se enmarca en su particular contexto y seguramente no es del todo correcto extrapolarla al presente en su literalidad. Pero la verdad es que provoca utilizarla en estos días ¿No es cierto? Apetece ampliar su significado para adaptarla al tiempo de hoy.

El Libertador la coloca allí, en medio de una descripción dramática de los errores, desavenencias y contradicciones, propios de una época tan intensa. Son los conflictos duros del proceso de liberación integral de un continente y de su compleja humanidad, con todas sus contradicciones en ebullición. La alerta del Libertador, a mi juicio, es conscientemente pesimista para forzar los ánimos hacia la idea de unidad en lo interno y también en lo externo, frente a las dominaciones imperiales: “Dieciséis años de amontonar combustibles van a dar el incendio que quizás devorará nuestras victorias, nuestra gloria, la dicha del pueblo y la libertad de todos. Yo creo que bien pronto no tendremos más que cenizas de lo que hemos hecho.”

Es, por otra parte, el tiempo de la convocatoria que hace Bolívar al Congreso de Panamá para concretar esa unidad posible (y por él imaginada) de las nuevas naciones recién configuradas, y poner así en marcha el “plan de las primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo”.

Casi doscientos años después, y a pesar de las luchas de los pueblos que jamás han cedido su soberanía, aquella inmensa emancipación total está pendiente, la concreción de la unidad está pendiente, y Nuestra América vive viejas y nuevas contradicciones en su profundo deseo insatisfecho hasta ahora de felicidad social y de libertad.

Porque los imperios siguen interviniendo descaradamente. El Imperio Norteamericano, desde luego. Pero también “la Europa” (la del poder, no la de los pueblos) que le suma a sus propios intereses, la carga de su subordinación a EEUU.

Y si los Estados Unidos “parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias a nombre de la libertad”, esa Europa arrogante, con su injerencia constante en nuestros asuntos y con el veneno de sus buenos malos deseos, quizás lo que persigue es “consumar nuestras calamidades”, que viene a ser lo mismo.

Ahora que soplan vientos favorables, ¿no habrá llegado ya por fin la hora de que nos dejen tranquilos de una vez por todas?

 

 

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