¿QUIÉN MANDA AQUÍ? Alfons Duran

Norbert Haering, el gran analista financiero y económico de la publicación alemana “Handelsblatt”, comentaba recientemente la presentación de un libro de Jens Berger, el también conocido editor de “NachDenkSeiten”, una web que se distingue por su independencia y capacidad crítica, características poco habituales en los medios convencionales. El libro de Berger tiene como título “Wer schützt die Welt vor den Konzernen?”, que podríamos traducir así: “Quién protege al mundo de las corporaciones?”. El libro desnuda a tres de los grandes gigantes de inversión (Vanguard, BlackRock y State Street) y lo hace de forma muy pedagógica y con gran sentido del humor.

Como en los últimos años he investigado a fondo el poder en el mundo (mi libro “El oligarca camuflado” es un síntesis de los resultados), no puedo por menos que tomar como referencia el texto de un capítulo del libro, que el propio Hearing presenta a modo de aperitivo, y que resulta tremendamente impactante. El texto lleva como encabezamiento “Desayuno con BlackRock & Co.” Y dice así:

“Son las 6,30 en Alemania. Suena el despertador. Voy a la ducha. Mi gel es Ax, del grupo holandés-británico Unilever, cuyo principal accionista es BlackRock. El agua es de un consorcio municipal, en el que la compañía francesa Veolia tiene un paquete mayoritario, compañía en la que su segundo mayor accionista es también BlackRock. Me cepillo los dientes con el dentífrico Colgate, marca de la empresa americana Colgate-Palmolive, cuyos principales accionistas son Vanguard, BlackRock y State Street.

Me pongo mis tejanos Levis, mi camisa Ralph Lauren y mis zapatillas Adidas. Uno de los principales accionistas de Levi Strauss es Vanguard. En Ralph Lauren están Vanguard y BlackRock, y BlackRock es el segundo mayor accionista de Adidas.

Preparo mis cornflakes. BlackRock, Vanguard y Sate Street están entre los cinco principales accionistas de American Kellogg, hecho que también ocurre en su principal competidor el grupo suizo Nestlé.

Tomo mi iPhone, y compruebo que hay de nuevo en Facebook y Twitter. Vanguard y BlackRock son los principales accionistas de las tres empresas. Le preparo la comida al perro, al que le doy un pienso de la marca Ekanuba de Procter & Gamble, compañía americana cuyos principales accionistas son Vanguard, BlackRock y State Street. Antes de salir para la oficina me apetece tomar una bebida suave y opto por Innocent, de Coca-Cola, donde de nuevo encontramos a nuestros tres conocidos accionistas”.

Podríamos continuar y la secuencia se iría repitiendo. El mundo liberal-conservador está dominado por unos pocos agentes, esos operadores financieros que constituyen el bloque de los “bancos en la sombra”, llamados así porque aunque no son bancos de inversión se comportan de forma similar, sin estar sujetos a la regulación pública.

Esta situación es la que en economía se describe como un oligopolio, un tipo de mercado de competencia imperfecta que permite todo tipo de manipulaciones.

Ya hemos hablado en otras ocasiones de BlackRock (muy presente también en las mayores empresas del Ibex/35), pero conviene recordar que es el grupo inversor privado más importante del mundo, con una cartera de activos financieros de 7 billones de dólares (trillones americanos), que representa unas cinco veces el PIB del Estado español. Lo fundaron en el 88 un  grupo de ejecutivos procedentes del banco First Boston y lo sigue dirigiendo uno de sus fundadores: Larry Fink.

Vanguard le va a la zaga en esta carrera, ya que su cartera está próxima a los cinco billones y medio de dólares, con la particularidad de que muchos de sus inversores son fondos mutualistas. Su fundador, ya retirado al cumplir la edad reglamentaria, fue John C.Bogle, que tuvo la intuición de buscar una alternativa para los fondos mutualistas, que tenían sus inversiones estancadas al apostar por los índices standard. Bogle revolucionó el sector y demostró a lo largo de los años que su proyecto inversor era mucho más rentable.

El tercer operador es State Street, con antecedentes bancarios que se remontan a finales del siglo XVIII. State Street es algo diferente a sus hermanos mayores, pues junto a su unidad de gestión de activos mantiene servicios bancarios, en especial de custodia de dinero. Por esa condición está clasificado por el Financial Stability Board como un banco “Too Big To Fail” (demasiado grande para quebrar), que representa un escudo protector frente a posibles problemas financieros. Su cartera de activos es de dos billones y medio de dólares.

Y si nos adentramos un poco más en el mercado global de las empresas que cotizan en Bolsa en Estados Unidos, podemos decir que en el 88% de las empresas del índice Standard & Poors 500 (que agrupa a las quinientas empresas de mayor valor de capitalización), el principal accionista es uno de los tres citados.

Y esto nos lleva a otra realidad todavía más preocupante. Y lo hacemos de la mano de Jonathan Tepper, que el pasado año publicó “The Myth of Capitalism”, cuyo subtítulo es muy esclarecedor: “Monopolies and the Death of Competition”. Jonathan Tepper no es un académico puro, ya que ha trabajado como operador y analista en un fondo de cobertura, y en la actualidad dirige un grupo de investigación macroeconómica cuyos clientes son bancos, fondos de inversión, etc. Es decir, conoce personalmente el mercado desde dentro. Y después de estudiar en profundidad diversos sectores económicos norteamericanos, puede afirmar con rotundidad que la mayor parte de ellos funcionan en régimen de oligopolio, es decir, que están controlados por un pequeño grupo de empresas. Y aquí podemos incluir: televisión por cable, fabricantes de aviones, telefonía móvil, productores de coches y camiones,  mayoristas de farmacia, supermercados, compañías aéreas, fabricantes de cerveza, etc.

Fijémonos en el modelo empresarial dominante: control del mercado por pocos operadores y control de la propiedad de esos operadores por pocos agentes. Si Adam Smith levantara la cabeza se quedaría horrorizado.

Y es que su mano invisible ha transmutado en mano visible, que impone su dominio, sus precios y sus condiciones a un mercado cautivo, sin capacidad de respuesta.

La deriva del capitalismo tiene difícil solución. Las contradicciones que Marx identificó y Minsky ratificó se han puesto en evidencia. El presidente Franklin D. Roosevelt lo dejó muy claro en su mensaje al Congreso en 1938, cuando dijo: “La libertad de una democracia no está a  salvo si la gente tolera el crecimiento del sector privado hasta el extremo de que acaba siendo más poderoso que la propia democracia. Esto en su esencia es fascismo, el control del gobierno por un individuo, por un grupo o por cualquier otro poder privado”.

¿Somos conscientes de ello?

 

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