DERECHA. Farruco Sesto Novás 

Los intereses de la derecha son los del capital. Es decir, los del capital hecho poder. Un poder que, en una sociedad de clases actúa como tal desde la cima de la estructura social. 

Para lograr mantener su hegemonía absoluta, o casi absoluta, ese capital hecho poder, diseña, desenvuelve y termina imponiendo a la mayoría del pueblo una visión del mundo y un sentido comúnque lo justifican y defienden.   

¿Cómo lo logra? A través de unos instrumentos de dominación que utiliza en un abanico de múltiples variaciones, que van desde desde la amenaza directa al adoctrinamiento, o desde la fuerza para lograr la sumisión, al cuidadoso engaño para el convencimiento, por medio de un entramado institucional a su servicio que pareciera estar establecido desde siempre. Todo un sistema articulado, atado y bien atado.  

Como cuerpo de choque para la batalla electoral cuando las circunstancias toman esa forma, entre esos instrumentos desarrolla la habilidad de un aparato político que le sirve de apoyo. Ese aparato político es lo que conocemos como derecha, sea cuál sea su rostro dependiendo del tiempo histórico. Rostro siempre cambiante y adaptativo que puede asumir tanto la imagen de mueca autoritaria en determinados momentos, como la de gesto cautivador y que no mata una mosca cuando se viste con la ropa democrática. Pues lo importante en sí mismo para el poder, no es la forma adoptada para presentarse en el escenario,  sino el propio ejercicio de dominación.  

A la derecha política le corresponde, pues, como tarea que forma parte de su naturaleza, el mantenimiento de esa estructura de clases, oponiéndose, a como dé lugar, a cualquier cambio profundo que no sea de maquillaje.  

La derecha política es, pues, un aparato al servicio del capital y, por lo tanto, complementariamente, al servicio de toda la colección de represiones y opresiones interactuando entre si que el capital genera para moverse más a gusto. Entre ellas la dominación de clase, sin duda, que es su asunto principal, pero también la opresión patriarcal, la de una cultura sobre otras, o la de una nación sobre otras naciones.  

De modo que esa es la ecuación donde la derecha solo es una incógnita para quien no ha estudiado bien la historia. La ecuación del poder del capital y sus instrumentos de dominio, entre los cuales la derecha política es el brazo actuante.  

¿Y que es la izquierda en esos mismos términos? O por mejor decirlo ¿Quiénes somos nosotros, organizados en torno a unas ideas liberadoras? Ni más ni menos que la contrapartida. Es decir, somos  izquierda que se opone a la derecha política para darle batalla, que, en nuestras condiciones, se presenta como batalla política, batalla de ideas.  

Surge aquí otra pregunta en la descripción del combate. ¿Cuál es el territorio donde la contienda se desarrolla? La respuesta es sencilla: el campo de la escena está conformado por las grandes mayorías, con sus escalas y sus diversidades, que son, justamente, lo que conocemos como pueblo. 

Pueblo servil o pueblo rebelde. Pueblo que se dejó vencer o convencer, o pueblo con voluntad emancipadora. Pueblo que se entregó al destino que le fue impuesto o pueblo que cultiva el conocimiento para desarrollar su conciencia. Pueblo adormecido o pueblo desvelado. Pueblo que ni sabe de dónde viene o pueblo que busca un camino por donde orientar su marcha. Y entre ambos extremos del espectro, toda la gama de posiciones intermedias posibles en ebullición constante. Pues tal es el caldo de cultivo de nuestras propias contradicciones. Y tal es el escenario donde la batalla tiene lugar.  

A esa parte del pueblo que, por alguna razón, o más bien desatino, se alinea con su enemigo de clase, es decir con el capital hecho poder, para apoyarlo y defenderlo en una posición contra natura, le denominamos  derecha social. Pero que, en buen entendimiento,  no  constituye propiamente la derecha en sí, sino su territorio ocupado. 

Es por eso que la derecha social no es nuestro adversario. Sino nuestro territorio a recuperar.  De tal manera que para derrotar a la derecha política y liberar el porvenir, no hay que acorralar a la derecha social, sino ganarla para nuestros sueños, sumarla a nuestra causa, convencerla de que el futuro es una tierra sin amos. Para lo cual hay que tener infinita paciencia y gran audacia. 

 

Publicado en Nos diario / 11.03.2020 

(Versión castellana del original en gallego) 

 

 

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