“QUAN ES TANCA UNA PORTA…

 

se n’obre una altra”, que decimos en catalán. O “No hay mal que por bien no venga”, que se dice en castellano. Y si queremos elevar el espíritu podemos acudir a un poema de John Milton, que a mediados del siglo XVII cantaba: Every cloud has a silver lining”, es decir “En cada nube hay un rayo de luz”, expresión que halla su espacio propio en el proverbio victoriano Despair not; strive for better things (“No desesperes; lucha por cosas mejores”).

Es el viejo signo chino del “Wei Ji”, que interpreta la crisis como una amenaza y, al mismo tiempo, como una oportunidad.

En definitiva, tomémoslo con calma. Parece que el “mundo mundial”, como repetía el “progre” Felipe González, ha entrado en crisis, una crisis producida por un virus con gran capacidad de contagio. Y es una crisis democrática porque puede afectar a todo el mundo, cualquiera que sea su clase social, su credo religioso o su ámbito territorial.

Los gobiernos (en su calidad de responsables de la salud pública) han reaccionado con retraso, como siempre. Pero lo han hecho, que ya es mucho. Unos mejor que otros, unos ocultando el fenómeno (si tienen elecciones próximas), otros mintiendo descaradamente, unos terceros alimentado el rumor de fuentes conspirativas. Nunca de forma coordinada, como acostumbra a ocurrir.

Los medios de información han entrado a degüello en el tema.  Estadísticas, cuadros, gráficos, mapas interactivos. Han conseguido que la gente viva atemorizada, que solo piensen en esto, que su sistema inmunológico se resienta por la conocida relación mente cuerpo. Deepak Chopra lo ratificó: “Allá donde va un pensamiento, una reacción química lo acompaña”. Será por ello que el doctor Andrew Weil recomienda como primera terapia a sus pacientes estresados, que no vean los telediarios durante tres semanas. Weil lo ha hecho siempre y probablemente lo hará ahora con más razón.

Quizás sería bueno que asumiéramos que la muerte es algo natural, que forma parte del proceso vital. Que como decía Epicuro “Aquello que con su presencia no perturba, en vano aflige con su espera. Así pues, el más terrible de los males, la muerte, nada es para nosotros, porque cuando nosotros somos, la muerte no está presente y, cuando la muerte está presente, entonces ya no somos nosotros”.

Vamos a ver, ¿cuánta gente ha fallecido hasta ahora en el mundo por el famoso coronavirus? ¿Cuánta gente fallece cada año en el mundo? ¿Cuántos niños menores de cinco años fallecen anualmente por causas diversas, sobre todo por desnutrición? ¿Cuántas personas fallecen por el Sida y derivados? ¿Cuántos mueren por accidente en carretera? ¿Cuántos por homicidio?

La primera cifra la puede poner el lector (mi estimación es 5.000). Las otras son éstas (según Oxford University) :

  • 56 millones fallecen cada año.
  • 5,6 millones (niños menores de 5 años).
  • 1 millón (Sida).
  • 1,3 millones (accidentes carretera).
  • 405.000 (homicidios).

 

¿Esto significa que debemos relajarnos? No. Significa que debemos dar a este tema la dimensión que corresponde y nada más.

Significa que la vida sigue y que “detrás de cada nube hay un rayo de luz”. Podríamos añadir que incluso esta sacudida puede permitir un cierto saneamiento de algunos comportamientos que la sociedad globalizada ha estimulado. Es bueno que aceptemos disciplinadamente algunas medidas que tratan de protegernos (como lo han hecho ejemplarmente los ciudadanos chinos); es bueno que tomemos frutas y verduras de proximidad (y no de “allende los mares”); es bueno que rescatemos las bondades de la higiene personal; es bueno que recuperemos los gozos de la vida en el hogar; es bueno que reduzcamos nuestra cartera de actividades de ocio; es bueno que aprendamos a estar solos; es bueno que nos besemos menos (cuando el beso es una simple convención social).

Los científicos alemanes, ciudadanos de un país serio en términos informativos, predicen que el contagio puede alcanzar entre un 60 y un 70% de la población alemana, aunque añaden que en el 80% de los casos el contagio será muy leve, sin que el propio interesado llegue a enterarse. El doctor Anthony Fauci, la máxima autoridad de Estados Unidos en el campo de las enfermedades infecciosas, compara la tasa de mortalidad del virus común (0,1%) con el del coronavirus (1%), que es diez veces superior pero continúa siendo bajo. El gobierno italiano sigue el modelo chino y prácticamente bloquea cualquier actividad comercial. El gobierno británico y de cara a la ciudadanía toma un camino opuesto; se limita a pedir calma (“keep calm”) y a recomendar mayor frecuencia y duración en el acto de lavarse las manos, teniendo en paralelo bien dispuesto su sistema de salud pública.

El gran economista Joseph Schumpeter defendía la tesis de que las grandes crisis económico-sociales producían efectos beneficiosos, en el sentido de que reordenaban el papel de los distintos agentes del mercado, dando valor a los que tenían buenos fundamentos tras ellos. En una época de excesivo apalancamiento como la actual, algunas empresas pueden sufrir mucho más que otras frente a la presumible caída de la demanda, de la misma forma que     –en sentido contrario–  las primeras rentabilizan mejor sus escasos fondos propios cuando el mercado va al alza. Éste es el juego y no otro en un mercado libre y competitivo.

La vida tiene un componente de riesgo que debemos aceptar. Las nuevas generaciones occidentales están acostumbradas a vivir entre algodones, sobreprotegidas. No nos confundamos. Decían los clásicos que una vida libre de riesgo está lejos de ser una vida sana.

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