El timo de la estampita. Alfons Duran

El retrato vivo de Antonio Machado permanece incrustado en el ADN nacional y aflora constantemente a través de sus más notorios personajes, muchos ellos pertenecientes a la clase política (los Fraga, Aznar, Calvo Sotelo, González, Zapatero, Rajoy, Abascal, Rivera y especies similares), y otros vinculados a las clases directamente extractivas, que administran los oligopolios como si fueran comunidades de vecinos sin derecho a voto.

Todo ello aderezado, eso sí, por las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (las TIC’s), que les da un sello de falsa modernidad, pero que no les permite ocultar sus bases ideológicas de fondo reaccionario, asociadas al “orden antiguo”, contrarias al progreso, al fomento de la ciencia, a la mejora de la sociedad.

Es por ello que cuando surge un hecho inesperado (vamos a aceptar que el Covid19 es un “cisne negro” de los que describe analíticamente Nassim Taleb), se ponga de manifiesto la chapuza nacional, tanto en términos organizativos como logísticos, tanto en la definición del personal ejecutivo como en la configuración de un potente “back office”, tanto en la gestión del tiempo como en  los procesos de comunicación. Son unos ineptos porque no pueden ser otra cosa.

Cuando algunos defendemos un Estado ligero y un predominio de la sociedad civil y de la iniciativa privada, se nos tacha de neoliberales, en una simple demostración de ignorancia y mala fe. Yo siempre he creído que hay dos capítulos cruciales en una sociedad libre y democrática: la sanidad y la educación. Y que estos capítulos han de estar en manos de un Estado, libre y democrático a su vez. El resto son subsidiarios. La alta, media y baja burocracia no hace más que impedir el flujo natural de la vida. En la actual coyuntura, la prestación y el compromiso de los sanitarios son extraordinarios, nunca superados desde la guerra civil. Como contraste, vemos a diario las trabas del entramado estatal para que el equipamiento llegue con facilidad a los servicios interesados. Son los médicos y sus ayudantes los que tienen que dar el visto bueno a las unidades de apoyo, y no los funcionarios que se aferran al procedimiento porque es su alimento natural. El “vuelva usted mañana” de Larra es la respuesta condicionada de esta perniciosa fauna.

Y en medio del desconcierto, el alto funcionario Sánchez, en su calidad de jefe de gobierno del Estado español, propone una renovación de los “pactos de la Moncloa”, como una especie de llamamiento a la unidad nacional, llamamiento al que han acudido presurosos sus colegas Casado y Arrimadas, siempre dispuestos a sacar tajada de cualquier evento. Por favor, un mínimo de seriedad y de rigor. Guarden sus cantos emotivos en el baúl de los recuerdos y traten de gestionar el tema de manera objetiva y racional.

Y permítanme recordarles, si es que no lo saben, que los “pactos de la Moncloa” fueron una versión light del “timo de la estampita”, aquella vieja estafa en la que un par de cómplices se aprovechan de las ambiciones de un “primo”, al que acaban timando de manera grosera. En aquella época el “primo” fue la sociedad española, el “tonto” la izquierda oficial, que luego cogió cuotas de poder, se institucionalizó y ha vivido ricamente a partir de entonces, y el “listo” fue el aparato franquista, que bajo la capa de la renovación vendió un falso relato que ha llegado hasta ahora.

Los “pactos de la Moncloa” fueron parte de la “Transición”, que fue más una transacción interesada que otra cosa.

¿O es que creen que porque estamos confinados acabaremos siendo todos unos perfectos gilipollas?

Alf Duran Corner

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