¿Viaje a ninguna parte?

Vivir es disfrutar de la vida, de la familia, de los amigos, del trabajo cotidiano que te permite vivir junto a los tuyos, sin lujos ni vanidades: con un plato sencillo en la mesa con el que alimentarte, una ropa usual para vestirte, un techo bajo el cual cobijarte, pero, en lugar de estas condiciones, muchos han decidido vivir a lo grande a costa de no importa qué, ni de quien sufrirá por culpa de su avaricia desmesurada.

Años ha, la gente nacía, vivía siempre en el mismo lugar. La civilización trajo consigo la incivilización, el afán de tener más que el otro que tiene cercano, al que pretende avasallar.

La mayoría de personas nacían-vivían-morían en un radio de acción ínfimo, no se habían movido más que unos pocos km de su hábitat usual, tal vez una o dos veces por año para visitar a parientes lejanos.  Hoy, cualquier mocoso quinceañero, ha dado la vuelta al mundo con el parabién de sus allegados.

¿Que  pretenden? Exclusivamente deslumbrar a sus vecinos. Si a su regreso les pides que hicieron, qué vieron, muchos no saben que explicar: comieron las hamburguesas del lugar, bebieron, ligaron como dicen en su argot y… poco más.

¿Es este mundo infame que entre todos hemos construido, o al menos aceptado el que pretendemos dejarles a nuestros descendientes? Me niego rotundamente.

Sería un vivir vacío, un viaje a ninguna parte si no somos capaces de dejar poso.

Así hicieron nuestros antepasados. Los hombres tenían su labor en el campo, cosechando para comer. Nuestras madres y tías trabajaban en las fábricas , seguramente por su destreza en los dedos moviendo la máquina que producía el hilo o, el telar que fabricaba una tela. Eran imprescindibles para el logro: producir telas, con las que cubrir sus cuerpos, y enamorar a sus amantes.

Fueron aquellos conocimientos que situaron Catalunya en la categoría óptima de Hilados-Tejidos.

Lo viví de cerca, acompañando a mi tío, Director de una Fábrica de Hilados. Visitábamos a menudo la de Tejidos de la misma empresa. Salían auténticas maravillas. Era una gozada ver cómo trabajaban las mujeres, haciendo filigranas con sus dedos en los telares, imprescindibles, para triunfar en su trabajo. Espantoso e irresistible el ruido que emitían. Era preciso chillar, para entenderse.

¿Otra visión de aquella época lejana de austeridad?

Recordar como reconvertían cualquier trozo estéril en una huerta, lugar preciado para conseguir frutos de la tierra: patatas, verduras, calabazas, tomates. La vera del rio Congost, en Granollers mi ciudad, se convirtió en huerta pública que ayudaba a saciar necesidades urgentes de comida en tiempos difíciles. Hoy, ¡nadie quiere agacharse!

La Solidaridad era competitiva.

Tengo grandes recuerdos de personas, de aquellos años de postguerra en Granollers de manera especial un enfermero llamado Lledós, que iba de casa en casa a pie, de día y de noche, para a poner Penicilina a quién la necesitaba para sus infecciones y, no podía moverse. Siempre en boca un “caliqueño”.

La Penicilina, según contaba su descubridor Alexander Fleming en el Hospital St Mary  el mes de septiembre de 1928, ayudó a muchos enfermos  con dolencias hoy superadas, letales en aquellos momentos: Difteria, Sífilis, Neumonía y de la gran Pandemia de aquellos años la Tuberculosis.

No puedo olvidar a las personas que velaban y vestían a los difuntos cuando alguien fallecía. No existían Funerarias, cuéntenles a sus nietos como se velaba un difunto. Venían los parientes lejanos que se acomodaban en casa de sus familiares. Se preparaba comida pero, cuando se recordaba a un difunto No se podía tomar alcohol,

¡Celebremos la vida! No permitan que sus vidas sean: un viaje a ninguna parte.

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