Diálogo en cuarentena. Para salir al futuro. Iván Padilla Bravo

Hay tres categorías para la reflexión en las que propongo centrarnos hoy para abordar el tema del «Coronavirus», la molécula  patógena, devenida en virus y convertida en pandemia, por su despliegue mundial.

Propongo revisar aquí las categorías de responsabilidad, culpabilidad y solidaridad. Ante la aparición del Covid-19, ¿En cuál de esas categorías de calificación, nos ubicamos? ¿Dónde colocamos a la llamada «ciencia» y a los organismos responsables de la salud pública mundial, como la OMS? ¿Dónde a los organismos gubernamentales y sanitarios de los ejecutivos en cada país? ¿Dónde al Estado (a cada Formación Social)?, por supuesto. Pero quiero insistir, a la vez, en que nos pensemos no sólo como sociedad, como colectivo, sino también como individuos o, más bien como ciudadanos.

Parto de decir que la sociedad en su conjunto, de la cual participamos, a la que padecemos o avalamos, es corresponsable en todo cuanto atañe a ella. La corresponsabilidad social, que envuelve a las clases antagónicas -en diferentes niveles- por lo que ocurre para su funcionamiento, a veces llega a utilizarse como «culpa» o «inocencia» según cuál sea el sujeto social al que enjuiciamos.

Yo no quisiera profundizar aquí en más detalles políticos o éticos, sobre todo porque esos detalles o valores están, igualmente, en dependencia de una determinada cosmovisión que, siempre, estará subordinada a la adscripción de clase con la cual cada una se compromete y expresa.

Si nos atenemos a la información de clase, difundida comunicacionalmente por el mundo, observamos cómo el poderío mundial, manejado por los amos y sus grandes corporaciones capitalistas, impusieron una matriz, sobre este tema, por la que se asentó como «verdad», la verdad de clase imperial, yanqui-sionista, que culpabiliza a China (en el fondo a los «comunistas», los «malos del mundo», para la visión occidental) de haber desplegado el Coronavirus desde la ciudad de Wuhan en ese  país asiático.

Por su parte China y algunos países con Estados y gobiernos antiimperialistas, sugieren que la culpa es de Occidente y, particularmente, de EEUU y el Gobierno que, en la actualidad, preside Donald Trump.

Por supuesto que la carga clasista del calificativo «culpa» encierra una condena a priori de los pueblos y naciones que, desde hace rato, pugnan por alcanzar un mundo multipolar.

Con el calificativo de responsables, o corresponsables, países preocupados por el bienestar social y la solidaridad entre sus connacionales, han instrumentado medidas de aislamiento social o cuarentena, bastante rigurosas y bajo supervisión sanitaria  casi al detalle total de su población Nacional, como ocurre en Venezuela, bajo la supervisión directa del presidente Nicolás Maduro.

Es cierto que, en cualquier cuerpo, una molécula determinada puede ser el resultado de mutaciones que llegan a afectar el todo. Pero también es muy cierto que la molécula patógena pudo ser producida en laboratorio y utilizada para afectar a un determinado cuerpo o conjunto de cuerpos a los que se puede haber tomado como objetivos «militares» con fines de alterar su vida o destruirla, tal como ha ocurrido una gran cantidad de veces, con afanes guerreristas y de dominación, por parte de los amos del mundo.

Nada de extraordinario tendría que el capitalismo se haya propuesto, una vez más, salvar su condición hegemónica en el manejo de las relaciones de producción en la actualidad, desatando -en este caso- una nanoguerra para reducir «enemigos» o, simplemente, a población que les estorba en sus afanes por perpetuar el dominio del capital sobre el trabajo.

Cuando he propuesto, en esta nota, mirarnos como responsables, como culpables o como solidarios, mi propósito es contribuir a entender si  como humanidad estamos en  condiciones de salir al futuro, en medio de la compleja crisis en la que nos ha colocado -a todos los pueblos del mundo- la pandemia del Covid-19 o Coronavirus.

Hay un primer paso de reconocimiento que nos obliga a todos los seres humanos, ya sea por acción o sumisión, y es aceptar nuestra corresponsabilidad (que no culpa) en la crisis y destrucción actual del planeta, en el cambio climático y en el alejamiento del equilibrio natural del universo y, en particular, de la Tierra.

El segundo es la culpa (aquí sí) o «el pecado original», cuya responsabilidad es de todas las sociedades divididas en clases, pero particularmente del capitalismo y de  su visión (y acción, también) depredadora y supremacista, asociada con la (igualmente originaria) acumulación de capital.

La tercera opción es la de la solidaridad, la del rescate del equilibrio en el universo, en la naturaleza y en las relaciones de los individuos entre sí y con el resto del mundo.

Se puede. Esa es la esencia de la Revolución y en nuestro caso particular de la Revolución Bolivariana, de la construcción  la Patria socialista, de la salvación del planeta y de nuestro alcance, como pueblo, de un indiscutible nivel como Venezuela potencia.

Vamos a lograrlo a través de la solidaridad, de la unidad. No habrá dificultad que nos venza. Nos corresponde a nosotros vencer.

Ilustración: Iván Lira

 

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