Resistencia y sones de negros en tradiciones venezolanas

Esta reflexión para el pensamiento crítico la hago a partir de nuestra fiesta tradicional venezolana de Tamunangue, en honor a San Antonio. La propongo para su publicación «extrafronteriza».

Diálogo en cuarentena. Ivan Padilla Bravo

El instrumento guía en la fiesta tradicional de San Antonio de Padua, que se celebra cada año en 13 de junio, es el tambor tamunango, cuyo nombre deriva luego en sustantivo propio que agrupa el alegre convite que conocemos con el nombre de Tamunangue.

Los colectivos de raíces ancestrales, conformados por nuestros pueblos indígenas, acorralados por el conquistador, se fueron haciendo fuertes en resistencia multidiversa en la que siempre estuvo presente la contrahegemonía que incluía ingeniosamente expresiones lúdicas, musicales, dancísticas, pictóricas, de expresión corporal y hasta culinarias. Por eso, los sones de negros que escuchamos o de los que participamos en Venezuela, especialmente en la fiesta tradicional a San Antonio, hacia el occidente de nuestra geografía, en el estado Lara (El Tocuyo, Curarigua, Sanare, Barquisimeto, Carora, Quibor) y más tarde, en las décadas del 30 y 40, del pasado siglo, en Portuguesa, Yaracuy, Guárico y Caracas, son encuentros culturales, fiestas con sentido de totalidad creativa que encierran la vieja lucha por la identidad frente a las imposiciones violentas del conquistador europeo.

San Antonio de Padua, como fiesta tradicional de resistencia culturalmente descolonizadora en Venezuela reúne aportes ancestrales indígenas a los que se suma la fuerza del negro esclavizado traído de la madre África, algunos blancos europeos rebeldes y la sangre mestiza comprometida en pensamiento y acción, con la libertad y la independencia. Es por esto que insistimos en contextualizar nuestras fiestas tradicionales, al tiempo que las inscribimos en una cosmovisión propia y de nuevo tipo, en función de la construcción de un mundo nuevo, posible y soberano.

Si observamos al Tamunangue como expresión cultural que estéticamente nos regala música, danza, teatro, en el despliegue de sus siete sones de negros (La Bella, La Juruminga, El Yeyevamos, El Poco a poco, La Perrendinga, El Galerón y El seis figureao), de la «Salve» introductoria y La batalla -comienzo o final-, concebidos para la ocasión festiva llamada San Antonio, se puede distinguir el tratamiento crítico, contrahegemónico, burlístico, de mofa, hacia «el amo», hacia el esclavizador, el patrón, en muchos de sus rituales (siglo XVII) monárquicos de dominación y supremacismo.

Este encuentro anual, que comienza con un velorio desde la noche del 12 de junio y que festeja todo el día 13 a ritmo de Tamunangue, es mucho más que un culto o veneración al santo europeo de rituales católicos, llamado San Antonio. Es una expresión de las luchas de resistencia y contrahegemonía cultural del pueblo venezolano. Es, también, una invitación a conocer y revisar, históricamente, lo que hemos sido, lo que somos hoy y lo que queremos ser como cultura nueva.

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