“¡Déjenme respirar!” Pedro Pierre

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Muro de George Floyd en Palm Springs, EEUU

Es el grito que escuchamos por todas partes de nuestro planeta, porque la humanidad y la naturaleza se asfixian por el maldito neoliberalismo.

“¡No puedo respira! ¡Por favor, por favor: No puedo respirar!” Fue el último grito de un negro norteamericano, George Floyd, asesinado por la presión de rodilla de un policía blanco sobre su cuello, frente a las miradas cómplices de otros 3 policías blancos. Era el pasado 25 de mayo. Sus últimas súplicas de más de ocho minutos lanzaron la alarma mundial. Fue la gota que hizo derramarse el vaso: protestas multitudinarias tuvieron lugar en más de 200 ciudades de EE.UU.

“¡Déjennos respirar!” siguen gritando unánime unos 50 millones de ‘pobres’ estadounidenses, la gran mayoría de ellos negros y latinos, en el “país modelo de libertad, paraíso de la democracia”, y de otras cuántas mentiras. Hemos visto los títulos en los medios de comunicación y las redes sociales: “¡EE.UU., capital del racismo!” Hemos escuchado a su presidente enfurecido contra los manifestantes y sus guerras interminables en tantos países del mundo, alzando la Biblia o posando para una foto delante de la estatua del fallecido papa Juan Pablo 2°: “¡Sicópata diabólico! ¡Un peligro por la humanidad y el cristianismo!” y otros cuántos calificativos del mismo tono. Este escándalo mayor desencadenó protestas de solidaridad y rebeldía en decenas de ciudades de todo el orbe.

“¡Déjenme respirar!” El pasado 6 de junio del presente año, en Guatemala, unos cristianos pentecostales quemaron vivo a Don Domingo Choc, guía espiritual y médico maya, integrante de un equipo de investigación científica sobre plantas medicinales, acusándolo de “brujo”. Y eso en pleno siglo 20. Recordemos el genocidio de los indígenas cometido por militares, en Guatemala, en la década de los 80 del pasado siglo: “Los indios idólatras deben morir para salvar Guatemala para Cristo”. Era la consigna del presidente, el militar evangélico pentecostal Efraín Ríos Montt, dictador de Guatemala entre 1982 y 1983.

“¡Déjenme respirar!”. Es el grito de la naturaleza que logró que se cumpliera este respiro durante una cuarentena de 80 días gracias a la pandemia del coronavirus… a costa de 500.000 muertos en todos los continentes, porque no la dejamos respirar. Desde 200 años estamos asfixiando la naturaleza y la humanidad mediante la explotación laboral, la contaminación ambiental y la destrucción sistemática. No hemos sabido interpretar sus gritos de alerta y agonía en las sucesivas gripes de estos últimos 20 años: Gripe aviar, gripe porcina, gripe de la vaca loca, gripe H1N1…

“¡Déjenme respirar!” Es el grito de la mayoría de los ecuatorianos que lloran sus innumerables muertos -¿sabremos algún día el número exacto?-, que están agobiados por la pobreza, el desempleo, la desesperanza frente a un gobierno indolente y corrupto que permite el descarado saqueo del país. Es el grito de Jorge Glas, único legítimo vicepresidente del Ecuador, aprisionado por un gobierno traidor de las elecciones presidenciales y legislativas, y condenado por instituciones ilegítimas y venales. Fue el grito de miles de ecuatorianos que se sublevaron en octubre del año pasado: indígenas, jóvenes, mujeres, sindicatos, organizaciones sociales… ahogados por leyes mal llamadas ‘humanitarias’, que los condenan al hambre y a la migración.

“¡Déjenme respirar!” Es el grito de Julian Assange, programador australiano, periodista y activista de Internet, fundador del sitio web Wikileaks, que denunció los crímenes de guerra de EE.UU. En 2012 se le acordó el asilo político en la embajada ecuatoriana en Londres, Inglaterra, hasta que el presidente Moreno, en abril de 2,019, lo entregara a la policía inglesa para que sea juzgado por supuestas violaciones en Suecia. Es requerido por el gobierno de EE.UU. para ser juzgado por divulgar secretos de defensa.

“¡Déjenme respirar!” Es el grito universal del rechazo por estar sometidos a los grandes intereses económicos y políticos, a la corrupción de los mercados, al colonialismo, a la esclavitud impuesta por el capitalismo y sus políticas neoliberales. Es el grito que se oye desde Palestina hasta Chechenia, Hong Kong, Las Malvinas y África toda. También es el grito de los ‘chalecos amarillos’ de Francia y de las protestas juveniles por todo el planeta… Es el grito de rebeldía de Cuba por el bloqueo económico, de Venezuela asediada por el imperio yanqui, de Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Perú, Nicaragua, Honduras… Y la lista no es completa.

“A pesar de lo señalado hay que encontrar la fuerza de la esperanza, en la solidaridad entre las personas y los pueblos, escribe Adolfo Pérez Esquivel. No bastan los lamentos, es necesaria la resistencia social, política y espiritual de los pueblos… la resistencia y solidaridad de pueblos en el mundo. Uno de los grandes ejemplos es la Brigada Médica Henry Reeve de Cuba que desde hace varias décadas está en los países más pobres y necesitados. Hoy la Brigada se encuentra enfrentando la Pandemia del Coronavirus en 21 países. El coraje del pueblo cubano es admirable y alentador para la humanidad; es una luz de esperanza”.

“¡Quítenle la rodilla! ¡Déjenlo respirar!”, decía Jesús a Lázaro. Perdón: “¡Quiten la piedra de su sepulcro: sólo está dormido!”, dijo Jesús para su amigo Lázaro muerto desde varios días. Hoy se repiten las palabras de Jesús: Los pobres y los pueblos están resucitando para la rebeldía, la solidaridad y la esperanza. Enganchémonos en este inmenso movimiento mundial para un futuro mejor que comienza hoy.

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