Diálogo en cuarentena

La escuela de las culturas tradicionales. Iván Padilla Bravo

La cuarentena que la humanidad sentipensante ha decidido asumir conscientemente para la protección de una epidemia que fue diseñada por los amos del mundo para arrasar con aquella y reafirmar el dominio del capital y la cultura del hegemón, ha hecho de la escuela convencional un espacio inexistente.

Se ha impuesto el encierro en cada casa de las y los que participan en los procesos académicos de escolaridad.

Cada hogar se ha improvisado como aula de clases, mientras padres u otros familiares asumen la tarea de convertirse en maestras, maestros, docentes, que deben «enseñar» de acuerdo a patrones «pedagógicos» que luego servirán para «evaluar» a quienes «egresan» de esas «escuelas», promovidos a un año superior de estudio.

Entre tanto, la calle y -ahora- el poderío tecnotrónico de la electrónica, del internet y de la informática, ya habían reemplazado la educación desde mucho antes de que las agresiones del Covid-19 fuesen declaradas como pandemia mundial. Lo que se hace, en el decretado cautiverio de la humanidad, es formalizar un modelo de educación-ideologización que el Estado no ha conseguido institucionalizar, pese a su obviedad.

En Venezuela, los procesos educativos formales permanecen estancados y el mismo Estado (pese a su proyecto Revolucionario Bolivariano) se muestra timorato para proponer cambios radicales basados en una cosmovisión en defensa de nuestra identidad, nuestra historia y soberanía.

Cátedras que reivindiquen nuestros procesos de resistencia como pueblo y que contribuyan a construir espacios para la  liberación e independencia definitiva, no se observan en ningún programa y -si acaso están escritos en algún papel abandonado- mucho menos el ímpetu anticolonial y antiimperialista que debería caracterizarlo.

Por eso propongo, en este Diálogo en cuarentena, revisar juntos, a partir de la trayectoria de Venezuela y de un ejemplo de celebración (La Parranda de San Pedro) de una de las tantas fiestas tradicionales nuestras, algo de lo que estamos planteando en la introducción al tema.

La educación para la Revolución debe estar fundamentada en el amor, en la justicia, en la igualdad y en la solidaridad. La solidaridad -hay que decirlo de una vez, fijándonos en la celebración de la Parranda de San Pedro- no tiene sexo, ni se define a partir de este. Tampoco tienen sexo las culturas ni la diversidad de expresiones creativas por las que ellas se manifiestan. Es algo que, de entrada, debe ser desmitificado.

Se es solidario o solidaria por una razón de principio y condición humana. Se es culto, creativo, artista o productor de sentido, por ser humano, por un nivel de desarrollo cerebral de este género.

En las festividades, casi siempre religiosas, de las culturas tradicionales venezolanas, muchos roles concebidos para ser representados por mujeres están asumidos por hombres. La razón tiene que ver con la cosmovisión del dominador, del colono conquistador, «patriarcocentrista». Esa razón se repite y resalta también en expresiones de las artes escénicas, donde personajes femeninos son representados en el teatro y la ópera, por ejemplo, por hombres.

El caso de María Ignacia está presente en la tradicional Parranda de San Pedro, que se celebra cada 29 de noviembre en el estado Miranda, en el Valle de Pacairigua (Guarenas y Guatire), municipios Zamora e Independencia. Es el personaje principal en una festividad que honra la solidaridad del esposo de María Ignacia, quien asume seguir pagando la promesa, hecha por ésta, de bailar cada año en agradecimiento por salvar la vida de su hija Rosa Ignacia.

María Ignacia enferma y muere en cumplimiento de su promesa, por lo que ésta es amenazada con interrumpirse y es su marido quien la reemplaza en la tarea solidaria y también en el agradecimiento. Así nace y crece la tradición festiva que reúne a hombres esclavizados, vestidos de levita y pumpá, quienes van calzados de sonoras cotizas que chasquean el piso a ritmos acompasados de maracas y cantos que combinan las alabanzas a San Pedro con las críticas a los amos esclavizadores que les retienen (retenían) en las haciendas.

A los negros vestidos a la usanza de los amos, les acompañan otros personajes como los tucusitos, quienes abren paso a la marcha de parranderos de San Pedro, quienes reivindican el valor de la solidaridad en la figura de María Ignacia, un hombre trajeado de mujer en fidelidad al compromiso de su esposa y por la vida y la salud de Rosa Ignacia, la hija común de la pareja de esclavizados que ofrece su ruego, jaculatoria y agradecimiento al Santo patrón.

San Pedro es una fiesta de parranda que toma el nombre del apóstol originalmente llamado Simón (Petro, piedra, base o cimiento). Es un patrimonio local, también reconocido como inmaterial de la humanidad, por la Unesco. Pero, más allá de esas formalidades que todas y todos conocemos sin haberlas aprendido en ninguna escuela, San Pedro es, en este Diálogo, una razón para entender y defender la resistencia de nuestros pueblos indígenas, de los pueblos que se fueron conformando en torno al trabajo forzado y esclavizado de las y los negros arrastrados hasta aquí por la furia del hegemón. San Pedro, la Parranda de San Pedro es hoy historia de resistencia pero es, sobre todo, construcción de reexistencia, de vida nueva, de sociedad sin clases, sin dominados ni dominadores,hechura para la libertad de la Patria socialista.

Ilustración: Iván Lira

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