Cien mil vidas que no importan. Emir Sader

cementerio.jpgFoto: AFP

¡Cien mil vidas! Los números ya parecen decir poco. Cada día, durante varios meses, mueren más de mil brasileños. Más de 30 mil al mes. Por lo menos un brasileño muere por minuto. Todos hemos sido considerados una manada, números insignificantes, víctimas de una “gripezinha”. ¿Cuál de nosotros morirá hoy? Quién va a morir mañana? ¿Cuántos llegarán vivos al final de este maldito año 2020?

¿Cuántos quedarán incluídos en las estadísticas reveladas diariamente por el Jornal Nacional de TV Globo como “venidos a óbito”? ¿Cuántas provincias estarán en color rojo? ¿Cuántos sobreviveremos?

No importa. Lo que importa es que quien asaltó la presidencia con golpes de estado de fake news, y sus hijos, estén a salvo de procesos, condenas, arrestos.

No importa. Importa que el ministro de Economía Paulo Guedes continúe el proceso de dilapidar activos públicos, privatizándolos para las empresas extranjeras. Lo que importa es que el sagrado techo límite de gastos se mantenga. Más importante es que las Bolsas de Valores de San Pablo, Nueva York y Londres respondan positivamente.

Importa que las fuerzas armadas sigan ocupando miles de puestos gubernamentales, para darle “credibilidad” o al menos capacidad de imponer el orden desde arriba.

Es importante que el Ministerio de Salud ya no sea fuente de crisis para el gobierno, que prevalezca el orden militar sobre las decenas de miles de cadáveres de brasileños muertos, desde que los miitares han ocupado ese ministerio desplazando personal de salud extremadamente competente con los que cuenta Brasil.

Importa que reine la paz de los cementerios también en el ministerio de salud.

Importa que la gente tenga más armas. Más armas y menos libros. Más armas y menos música. Más armas y menos películas. Más armas y menos libros.

¿Cómo vamos a despertar y ver eso?

Brasileños asesinados por la pandemia, sin apoyo gubernamental para seguir vivos. ¿Alcanzan 100.000? Nuestros ojos serán ahogados por las lágrimas, seremos llevados por la ira y el regaño a quienes descuidan el tamaño y la existencia misma ¿del virus?

Lloramos copiosamente, indefensos, sabiendo que detrás de esos 100.000 se encuentran 100.000 vidas, 100.000 hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, negros, niños. 100.000 brasileños como yo, como los otros, que mantienen la esperanza de no ser atacados por el virus, de sobrevivir, de salir vivos de los hospitales, de encontrarse con sus parientes, sus seres queridos. Sus madres, sus padres, sus hijos, sus novias, sus amigos.

100.000 madres y padres sin sus hijos. 100.000 niños sin sus madres y padres. 100.000 estudiantes sin sus compañeros de escuela, sin sus maestros, maestros sin sus estudiantes, gente como nosotros, muy diferentes de nosotros, pero personas, seres humanos, que sufren, que ríen, que lloran, que animan la vida, que tienen esperanza, que duermen esperando despertar en un país mejor, esperando que todo esto haya sido una pesadilla o dos. Para poder enfrentar cada día sin miedos, ansiedades, penas, nostalgia, otra vez con esperanzas.

100.000 crímenes cometidos por un gobierno asesino, que gobierna para los ricos, para aquellos que están protegidos del virus, que actúa para los mercados, aquí y en el extranjero.

Que gobierna para los militares, indiferentes a los brasileños.

Somos 100.000 brasileños menos.

Seremos 100,000 más de lo que seremos en unos meses más. Tendremos que saber cómo transformar nuestra queja, nuestra ira, nuestro sufrimiento, en energía, en actos concretos, en indignación.

Solo le pido a Dios/que el dolor no me sea indiferente.

Que las muertes no me sean indiferentes. Que no vengan otros 100.000 con impunidad y logremos terminar con estos tiempos oscuros, a favor de la vida, esperanza y solidaridad.

(Nota: Hoy ya son 108 mil muertos, pero la llegada a 100 mil fue impactante.)

17 de agosto de 2020

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