Solos, los wichí, buscan la miel del monte para matar el covid.

Duele el alma leer información que nos envia Silvana Melo. Gracias.

Por Silvana Melo. (APe).- Hace dos días lo mató el covid. Nueve meses tenía el bebé wichí internado en el hospital Perón de Tartagal, víctima del castigo ancestral que parece caer sobre las cabezas de las comunidades de Santa Victoria Este. Donde los niños mueren de a racimos en el verano por hambre, diarrea y deshidratación. Sin agua ni monte. Del otro lado de la ruta 86, muchos originarios huyeron hacia lo que queda del monte, en cercanías del Bermejo. Se alejan de los criollos en busca de su farmacia natural. Recogen la miel, el eucaliptus y los yuyos que calman la tos y abren los pulmones para respirar. Porque en el hospital ya no hay lugar ni oxígeno ni un catre para quedar internado en un pasillo. Tartagal hierve de covid y el sistema de salud se descascara y cae, débil como los huesos originarios que apenas sostienen su historia de cinco siglos.

Desnudos quedaron los wichí cuando el agronegocio, palacio del capitalismo criollo, los dejó sin monte y les puso el aire libre como única casita, a merced de los vientos. Como lo define Rosa Rodríguez, la maestra bilingüe de Carboncito. Ellos que vivían adentro, con los medicamentos colgando de los árboles junto al alimento, con los yuyos esperando a los dolores, con los bichos que comerían en el almuerzo después de la caza. El desmonte los dejó inermes y solos.

En el primer semestre de 2020, en medio del aislamiento y la cuarentena, la tala siguió en pie como el virus maldito que muerde los hilos de la naturaleza. Y corta la tanza invisible que sostiene la vida. En esos seis meses se desmontaron 38.852 hectáreas de bosques nativos. Dos mil más que en el mismo tramo del año pasado. Sólo en Salta, Chaco y Formosa, donde los wichí y los qom se mueren como la hierba bajo el veneno, fueron 24 mil. Como la misma muerte avanza la frontera agropecuaria para hospedar a la soja y la ganadería. Aun incendiando los montes, los cerros y los humedales. Aquello que muere y murió. Lo que no tiene remedio.

El bebé de Santa Victoria tenia covid. Antes tuvo hambre. Y la ausencia total de un sistema de salud que llega a las puertas de las comunidades pero no entra. Y sólo deja, en soledad abrumadora, a médicos como Rodolfo Franco, viviendo en Misión Chaqueña y a cargo de los 6.000 habitantes de Misión y Carboncito. Los padres del bebé que murió tienen covid. Y nadie sabe dónde ni cómo están. Si aislados, controlados o solos. Como siempre en esta vida.

Mientras en Santa Victoria Este –al borde de la frontera- ya se desborda el covid, Tartagal sufre un virtual colapso del sistema. La médica epidemióloga Gladys Paredes -ahora diputada provincial- no pudo terminar de describir en la Cámara, acosada por la angustia, lo que pasa en el Hospital Perón (*).

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