Madrid como problema. Alfons Duran Corner

La pandemia, cualquier pandemia, tiene sus efectos positivos. La gente habla menos, se reúne menos, se abraza menos y practica con mayor frecuencia las buenas normas de la higiene. Se agradece.

También hay menos debates sobre la liga, la copa y el resto de competiciones deportivas, competiciones que el poder sirve para entretener al personal. Incluso no se habla de Florentino (un notorio código futbolístico) y de sus grandes fichajes para el Real Madrid.

Será por eso que las fuerzas vivas de la capital del reino se han movido rápidamente para ocupar el espacio radioeléctrico. Y entre ellas ha destacado la actual presidenta de la Comunidad señora Isabel Díaz Ayuso. Esta señora, que trabajó codo con codo con la anterior presidenta señora Esperanza Aguirre (gestionaba sus tweets), ya había dejado señales de su capacidad intelectual.

Algunas de sus flores, a modo de declaraciones, sitúan al personaje. Dijo por ejemplo:

  • “A lo largo del tiempo mucha de la corrupción resulta que no es tanta o tiene explicación”.
  • “Sánchez pacta con los independentistas radicales, que son racistas en Cataluña, y que permiten que los profesores desprecien a los alumnos por pedir hacer pis en español”.
  • “Cuando empiezan a hablar de empleo basura me parece que es ofensivo para la persona que está, a lo mejor, deseando tener ese empleo basura”.
  • “Las mujeres han pasado de la obediencia a los maridos a la de la izquierda”.

Y ahora, cuando Madrid va como una moto (pero por el camino equivocado), la señora Díaz Ayuso se supera a sí misma y declara: “Madrid es de todos. Madrid es España dentro de España. No es de nadie porque es de todos”.

Con estas palabras me ha llegado el recuerdo de “Rajoy el silencioso” y sus sabrosas declaraciones (próximas al teatro del absurdo). Recordemos: “Me gustan los catalanes porque hacen cosas”.

La señora Díaz Ayuso incluso se ha plantado delante del ministro socialista señor Salvador Illa. Lo tenía fácil porque el señor Illa  –que podría trabajar en una funeraria–  siempre es muy recatado. La señora Díaz Ayuso lo ha desbordado, hasta el extremo de que por efectos del contagio el ministro ha dicho: “La salud de Madrid es la salud de España”.

Como espectador de este espectáculo grotesco (que supera la imaginación de Valle Inclán), quisiera señalar que a mí todo esto me importa un bledo. No me siento afectado. Con su pan se lo coman. Me sabe mal por la gente afectada, por la falta de recursos, por la falta de trabajo, por la falta de esperanza. Ojalá le den la vuelta a la pandemia, aunque en manos de estos ineptos, la gente de la comunidad de Madrid lo tiene difícil.

Dicho esto, que quede muy claro que a mi Madrid no me gusta, como no me gustan las judías verdes.

Hace ya muchos años que un colega empresarial norteamericano me comentó que Madrid le recordaba Las Vegas. Cuando le pregunté por qué, me respondió: Buildings, buildings, buildings. Nothing else. Madrid is in the middle of nowhere”.

Es cierto que Madrid geográficamente se encuentra en medio de una zona árida y desértica, lo que llama la atención a cualquier observador imparcial. Habitualmente las poblaciones se agrupan en zonas fértiles, bien regadas, próximas a un gran río o al borde del mar. Es una cuestión de supervivencia. Madrid es una excepción.

El más reciente retrato de la realidad de Madrid quedó reflejado en un artículo que César Molinas, economista y consultor, publicó en “El País” el cuatro de marzo del dos mil doce. Decía así:

“… ¿Quién tuvo la ocurrencia de situar la capital en un lugar de geografía tan adversa? La historia cuenta que fue Felipe II, atendiendo al consejo de su padre de que estableciese una capital fija…  Especulando con la psicología de un personaje que, puestos a instalarse en el centro de la península, decidió hacerlo no en Toledo sino en Madrid –a la sazón tercera población de Castilla, pero que no tenía obispo–  puede aventurarse que Felipe II no quería tener cerca a nadie que pudiera hacerle algo de sombra…  Así las cosas, la villa acogió la corte. Este fue, en mi opinión, un hecho trascendental en la historia de España, que ha marcado de manera indeleble la cosmovisión (weltanschauung), la cultura, la economía y la sociedad españolas. Por decirlo con mayor claridad: la aberración geográfica de Madrid es una de las causas determinantes de la anomalía histórica de España, es decir, de su no incorporación a la modernidad…

Durante siglos, Madrid fue tan solo una corte, situada en el centro inaccesible de un rincón de Europa, aislada de los flujos económicos y comerciales y, con ello, de los flujos de las ideas y de la innovación. En ese contexto se produjo el tránsito de las élites españolas, que tuvieron proyección universal en el siglo XVI, al inmovilismo más cerril en lo religioso, cultural, social y económico…  Madrid se caracterizaba más por lo que le faltaba que por lo que tenía. Como corte tenía, como todas las cortes, cortesanos, cortesanas, pintores, músicos y escritores. Como villa faltaba la ambición de los comerciantes y de los emprendedores, y la actividad de los científicos y de los ingenieros. Y la circulación de ideas. La corte reaccionaria, al contrario que en otros países europeos, nunca tuvo el contrapeso de una villa dinámica, industriosa y culturalmente inquieta que pudiera contribuir a aproximar España a las nuevas corrientes que estaban transformando Europa…

La única razón para ir a Madrid era ver al rey. Y a verle iban porque las únicas maneras de ser rico en España era ser hijo de rico o estar próximo al rey. Al calor de la corte se desarrolló en España un capitalismo castizo, mal llamado capitalismo financiero, basado en la captura de rentas y en la proximidad al poder, que es típicamente madrileño y que sigue siendo hoy día la forma de capitalismo dominante en nuestro país. Hay una gran consistencia histórica, de concepción de los negocios y del mundo, entre personajes decimonónicos como Fernando Muñoz, el general Serrano y el marqués de Salamanca, por una parte, y los que hoy día se sientan en el palco del Santiago Bernabéu, por otra. Es una misma manera de prosperar por el favor del poder político, gracias al B.O.E., que se ha mantenido inalterada a lo largo de los siglos.”

Es difícil expresar con  mayor lucidez lo que es Madrid. Se mantiene inalterable el maridaje de la corte (el “Deep State” representado por los “altos funcionarios del Estado”, sean magistrados, fiscales, militares, abogados, economistas, etc.) y un capitalismo cañí, de la gran banca, la obra pública, los mass media, los suministros básicos (energía, telefonía, etc.) y un rosario de organismos dependientes.

Madrid es tierra fértil para gente como Isabel Díaz Ayuso, Mariano Rajoy, José María Aznar, Esperanza Aguirre y siga usted contando.

Y si me olvido de la fauna y de la flora, tampoco me gusta Madrid urbanísticamente hablando. Es tierra de aluvión, de amontonamiento. El Madrid de los Austrias es una gota en un mar de vulgaridades, donde puedes encontrar el museo del Jamón, junto al museo del Prado. No me gusta su cultura, que no es la mía. Incluso la más superficial (la movida) está muy alejada de mis intereses. Se nota que por allí no han pasado los romanos, ni los judíos, ni los árabes. Se nota, y mucho.

No es que me preocupe el juego dialéctico entre Madrid y España, que practica sin saberlo la señora Díaz Ayuso. Es que quiero testificar mi posición como “outsider” de ese fantasmagórico universo.

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