Anda una mariposa. Silvana Melo

Gràcias Silvana. Me ha emocionado tu pensar-decir respecto a Maradona.


   (APe).- Ayer andaba una mariposa negra con vivos amarillos en las alas. A metros del Riachuelo, en convivencia desquiciada con la impureza. Eran las dos de la tarde y se había muerto dios. No era un delirio de Nietzche. Era dios con el corazón explotado, cansado de resucitar. Era el dios antihéroe, no el todopoderoso. Como una suele imaginarse a dios cuando ve las pateras con 200 migrantes ahogándose en el mar, cuando los niños agonizan de hambre, balas, veneno y paco en un país hecho de pan. La mariposa negra con vivos amarillos cruzó estos pasos en una calle agobiada del conurbano. Muy cerca de Fiorito, donde nació cuando era un jesucito medio desnutrido, de canillas flacas y madre que no dormía de noche porque no sabía qué leche habría a la mañana siguiente. Con rodillas peladas y barro hasta la nuca porque en Fiorito cuando llueve no llueve, cae barro hasta la nuca.

No sé si lo quise tanto por dios o por antihéroe. Por ser ese dios al que le salen mal las cosas. Que paga caro boconearle al poder y más caro todavía salir del pesebre villero para convertirse en el rico más rico y en el célebre más célebre, más aun que el dios torturado al que le competía en la cancha. Cuando las rabonas y los sombreritos y la magia extraordinaria –sin trucos, la real, la que no se desarma como el pañuelo con nudo- eran la infancia arrasadora de un pibe moreno y bello que no pudo aguantar tanto. Y buscó muletas por todas partes, anestesias para esa angustia por todos los nortes, sostenes para ese corazón tambaleante por todos los wines.

De cinco años fue su reinado deslumbrante entre arcos. No más que eso. Pequeñísimo ante la extensa alfombra roja que el establishment le estiró a Messi. Una figura resbalada del marketing europeo, sin alma, sin pasión, sin el estallido rebelde que ayer explotó en el corazón de dios.

Suelo estar blasfema con dios cuando me desarma el quicio. Lo he estado con él, el dios que murió ayer, en los últimos tiempos, cuando no le perdoné un par de cosas. Pero cuando la voz en la radio dijo falleció lloré como un río, como un desencaje del alma, como una catarata de suertes adversas que se juntan en la garganta.

Ese jesucito de Fiorito fue más famoso que Jesús, le reclamó a Juan Pablo II el oro del vaticano, se le plantó a la mafia de la FIFA que ya tenía el componente argentino que parecía inmortal, se fue a curar a Cuba y enamoró a Fidel, se tatuó el Che en la pierna y en la lengua airada, cantó el al carajo con Chávez, Kirchner, Lula y Evo mientras Bush planeaba invasiones a cien metros, tuvo una inteligencia desbordante que la cocaína y el alcohol le fueron recortando sin talarle la locura. Y fue siempre un niño. Hambriento de pan en Fiorito, de amigos en Nápoles –la camorra supo llenarle vacíos-, enfermo de soledad la mayor parte de sus días, famélico de mano honesta en su caída, triste, solitario y final cuando el corazón ejerció una piedad que nadie antes. Y le abrió las puertas para irse.

Ese día de julio de 1994 lloré como ayer. Sin mariposa negra de vivos amarillos. El país era una ola de oscuridad, desempleo, destrucción y desesperanza. La utopía ya había pasado, como el tren que no regresaría. Ni siquiera se podía ir a buscarla. El sueño de 1986 era el sueño de la democracia, cuando creíamos en esa justicia que caía como de un tobogán para llenarnos de flores. En 1990 se había marchitado como esas flores en julio. Y dios lloraba porque la FIFA era uno de los detonadores de ese sueño. Además del FMI, el neoliberalismo y el mundo horriblemente globalizado.

Ese día de julio de 1994 era una revancha. Para él y para todos. Se podía volver a ser feliz de su mano. Vencer a los monstruos y provocar, de un tirón, la salida del sol.

Pero le cortaron las piernas. A él y a nosotros. Y ese día supe que la esperanza, así como la habíamos conocido, macerada entre todas las manos para hacerla fértil, subrepticia y fantástica, ya no volvería a ser.

Y aquí estamos. Esperando que pase la mariposa, porque sabemos quién es.

Porque dios, el antihéroe, aquel a quien le salen mal las cosas, no se va nunca. Simplemente porque estuvo acá, porque lo vimos nacer jesucito en el barro de la villa. Y lo vamos a esperar mariposa negra con vivos amarillos cada vez que se nos abisme la mañana.

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