Diálogo en cuarentena. Iván Padilla Bravo

Bolívar en Santa Marta al morir

sin botas

y fatigada el alma

Hay afirmaciones indefendibles, pero uno las hace con amorosa intención de problematizar algunos hechos históricos que nos fueron contados hegemónicamente por los amos del mundo, capitalistas, oligarcas, monarcas, que hicieron y hacen de la historia una forma de perpetuar la dominación a través de su cosmovisión y sistema de creencias.

Por ejemplo, yo me niego a renunciar a la verdad de principio que nos dibuja a nuestro Libertador Simón Bolívar en una muerte, en Colombia, aquel 17 de diciembre de 1830 y con las botas puestas, bien puestas y bien amarradas para seguir pateando campos, calles, caminos, trochas y conciencias con un mismo destino de liberación y definitiva independencia.

Tampoco imagino a nuestro Simón caraqueño, nuestroamericano e internacionalista, con su alma fatigada, pese a sus lamentos en Jamaica al autocalificarse como «hombre de las dificultades». Y Bolívar no es que fuera un dios, o «un santo para prenderle una vela», como recitaba en canción nuestro Alí Primera. Era un ser humano, un hombre de conciencia plena, una y múltiple como el universo en movimiento dialéctico,transformador e indetenible.

Bolívar era, sencillamente, un hombre en aceptación plena del presente que le tocó vivir. Era el histórico comprometido en el «hágase tu voluntad» de aquel siglo XIX de persecuciones, exterminio y amenazas de crucifixión. Era el mismo de vuelta en el Canto de Neruda, pero sobre todo en la Revolución que con su nombre nos legara el Comandante Chávez para la liberación de los oprimidos del mundo en pleno siglo XXI.

«El año 1830 es el último en la primera existencia del Libertador, que aparece dentro de su laberinto», señala Raúl Valdés Vivó, en su artículo ¿Arar en el mar? (Pp. 351-398) publicado en el segundo tomo de su biografía crítica (Editorial El Perro y La Rana. Caracas, 2008), titulada Las dos vidas de Bolívar.

Valdés Vivó, intelectual, escritor y periodista de orígenes cubano, refiere -en su obra aquí citada- las muertes de Bolívar, primero en Berruecos, junto a Sucre, la segunda vez «al comprobar que moría la Gran Colombia y su anhelo de unir a Nuestra América en una sola», la tercera  con el ostracismo  en la «niebla del misterio» reservada para los «héroes sin poder» y la última, aquella de Santa Marta, en Colombia, víctima de envenenamiento por sus mismos enemigos que disfrazaron de «tuberculosis» su adiós con «camisa prestada», el 17 de diciembre hace 190 años.

Inmortal y de regreso, como en la premonición nerudiana, Bolívar está entre nosotros, con las botas bien puestas y el mayor de sus alientos, más vivo que nunca: es él pero también es Chávez y un pueblo hecho Revolución, pese a sus vacilaciones y entuertos pero también gracias a su perseverancia y sus aciertos.

Ilustración: Iván Lira

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