La desigualdad virósica. Silvana Melo


(APe).- Diez mil personas por día mueren de hambre en el mundo. La crisis de desigualdad global aumentó exponencialmente con la irrupción del virus que expuso las diferencias en el acceso a la salud y las condiciones de vida extremas. Dos millones de niños pasan hambre todos los días en la Argentina. La injusticia virósica no se cae con vacunas. Unos 2000 milmillonarios tienen más dinero del que podrían gastar en mil vidas. Casi la mitad de la gente del mundo sobrevive con menos de 5 dólares al día y basta con perder un ingreso para caer en la miseria.

Desde el despertar del nuevo coronavirus, escapado de las selvas y los bosques donde esos mismos millonarios practican un genocidio de habitats y ecosistemas, los diez más ricos del planeta ganaron medio billón de dólares, expone un informe de la Oxfam (*). Un dinero que financiaría –y sobraría- una vacuna universal para el Covid-19. Y garantizaría que nadie más se despeñara hacia la pobreza como consecuencia de una pandemia. Porque 9 de cada 10 personas en los países marginados no podrá vacunarse contra el virus. Mientras los países centrales que dominan los escenarios del mundo han acumulado dosis como para vacunar a toda su población entre tres y cinco veces.

El virus se convierte en una herramienta perfecta para la eliminación de sobrantes poblacionales. Que son, definitivamente, mayoría en un mundo construido para elegidos. El resto se muere por hambre, por sufrimiento ambiental (**), en manos de milicias que declaran guerras y hambrunas consecuentes, por no tener acceso al agua, por hacinamiento, por desprecio étnico.

El 70 por ciento de la infancia argentina –siete de cada diez, setenta de cada cien- vive en la pobreza. Que es pobreza de ingresos y de acceso a la construcción de un capital cultural y social que permita un crecimiento con esperanza de porvenir. Y abra las puertas a la edificación de un proyecto colectivo, siempre peligroso para los poderes concentrados.

Ya era extremadamente desigual el mundo antes del covid. Durante 40 años el 1% más rico de la población duplicó los ingresos de la mitad más pobre. Esa mitad más pobre, pre pandemia, soportaba, apenas, una situación límite, al borde de la vida, sin acceso sanitario básico o mínimos mecanismos de protección social. Desde el 2020, los ricos son más ricos y los pobres, más pobres.

En la Argentina la pobreza tocó el 47 %. Más de 20 millones de personas. Casi la mitad de las gentes de estos pies del mundo. Mientras, los 12 mil más ricos se rehúsana aportar por única vez un par de monedas para resistir a la enfermedad en un sistema sanitario roto. Ni la política esboza un gesto descontando un porcentaje de sus dietas para demostrar, al menos, una empatía social con los más mortificados por un capitalismo que, lejos de languidecer, saldrá más fuerte y brutal de la crisis.

“Los súper ricos de todo el mundo han escapado a los peores efectos de la pandemia. Nuestro sistema económico profundamente injusto les ha permitido amasar enormes riquezas en medio de la peor recesión en 90 años, mientras cientos de millones de personas han perdido sus empleos y se enfrentan al hambre y a la pobreza extrema”, dice el informe de la Oxfam.

Al final del 2020 hay cerca de 500 millones de pobres más en el mundo.

En los países más pobres la pandemia expulsó a los niños de la escuela durante más de cuatro meses. Lo que implica exiliarlos de la educación misma. En Mozambique muchos niños escuchaban a sus maestros por la radio. El resto no tuvo maestros. En los países desarrollados la tecnología y la conectividad extrema cubrieron sin problemas las cuatro semanas que estuvieron sin clases. En la Argentina el 20% no tiene acceso a internet y el 40 apenas accede a un celular con datos compartidos. Muchos se quedaron fuera del sistema.

Mientras los milmillonarios –casi todos son blancos- pueden gozar de un aislamiento lujoso, mujeres, niños, negros y afrodescendientes, pueblos originarios y migrantes de países limítrofes sufren las consecuencias más feroces. Los wichis salteños, los qom de Formosa, esquilmados por los desmontes, el hambre, el desprecio de los criollos y la policía de gobiernos feudales como el formoseño son claros ejemplos. Changarines, artesanos, confinados a tierras yermas, sin agua, los originarios no tienen conectividad para llenar un formulario para pedir un pozo de agua al gobierno central.

270 millones de personas más habrá con hambre en el mundo en estos días. Un 82% más que en 2019. Diez mil se mueren de hambre en este febrero cuando el virus está firme y cómodo en un mundo que lo aloja más que combatirlo. La desigualdad brutal es la cuna de todas las tragedias.

Siete de cada diez niños en la pobreza. Ñatas contra el vidrio del lujo de pocos. Roban un celular y se transforman en los culpables de los males del mundo. Y entonces sí los ve el estado en su necesidad de Minotauro: devorarse a los más débiles para servir a los poderosos.
Los niños criados en la calle, en la soledad de la pobreza heredada y multiplicada, atravesados por hambre, paco, veneno, desamparo y policía brazo de un estado eliminador, son la iconografía de este tiempo. De la desigualdad virósica que resiste a todas las vacunas.

(*) Oxfam es una confederación internacional formada por 19 organizaciones no gubernamentales, que realizan labores humanitarias en 90 países.

(**) Javier Auyero, “Inflamable, estudio del sufrimiento ambiental”.

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