Maia viva por milagro: la infancia deportada.

Por Silvana Melo

(APe).- Mil policías, carros de asalto, patrulleros, uniformes de combate y escudos. Todo para buscar a una nena que se llevó un hombre con un retraso, que no comprendía qué pasaba a su alrededor y se movía de acá para allá en bicicleta con Maia con una libertad desmesurada. La encontraron a los tres días. Aun cuando el hombre parecía actuar para que lo encontraran. Si el secuestrador tenía intenciones de matar, la nena estaba condenada. El estado que no la vio nunca, flaquita, mínima, siete años, viviendo en la calle en Lugano, esa panza del sur que nunca parece ser caba, ese estado que no la vio nunca desgarbada y hambrienta con su madre bajo los puentes, la descubre tardísimo, pone a la policía en la calle pero 24 horas después porque antes no se puede buscar a una niña a la que se llevaron desde la marginalidad con la promesa de bicicleta nueva.

El estado que no la vio cuando la madre estragada por el consumo recorría las calles tirándose a dormir de día para estar alerta de noche y salvar la vida poblada por el hambre, el desamparo, la intemperie total, no sólo del cuerpo. Y Maia ahí, con su rumbito puesto por una madre en desquicio y un estado que no las vio nunca, que les pasó al lado y las miró pero no las vio nunca, mientras se construían a su alrededor los vínculos de los márgenes, donde alguien puede acercarse y llevarse a una nena con el consentimiento inerte de su madre. No las vio nunca. Y puso a disposición de una vida pequeñita, perdida entre millones, al brazo armado del sistema con la actuación estelar de Berni y Santilli, pero tres días después. Si había un asesino la nena estaba muerta. Como tantas antes.

Maia es parte de los casi 900 niños que viven en la calle en la ciudad de Buenos Aires, según los números de 2019 (*). En la joya del ombligo de esta tierra, donde el sur casi se desprende para formar parte del conurbano, que le es más afín que esa ciudad altiva.

Maia tuvo su día de celebridad cuando todos los medios la descubrieron, cuando el estado la tuvo que ver, cuando todos pensaban con qué cara iban a salir para anunciar la tragedia. Porque siempre a las nenas las matan. Y el estado las ve cuando hay que enterrarlas.

Pero Maia vivió. Quién sabe por qué milagro Maia sobrevivió a una desgracia encadenada, atada fatalmente a su vida de niña en desamparo, en soledad maldita, desguazada la vida por un presente inabarcable y un futuro que no promete activarse en modo generoso para su camino.

Maia forma parte de los 900 niños en la calle en Caba, de los ocho millones y medio de niños pobres en el país. De los siete de cada diez que no desvelan a la sociedad ni a las dirigencias atentas a su propio ombligo, a su propio calendario electoral, al sistema que les permite sobrevivir a todo.

La infancia deportada de esta vida no está en sus agendas ni en sus consignas. Y hoy tiene la cara de Maia.

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