Chávez y el «por ahora» del 11 de abril.

Diálogo en cuarentena. Iván Padilla Bravo

…«debes preservarte.

Además, tienes un deber

con tus compañeros.

¡No te inmoles!»

Fidel Castro a Hugo Chávez

(Vía telefónica) 12 de abril de 2002

Como en la Biblia, con referencia al Nazareno asesinado en la cruz, Chávez resucita al tercer día.

También como en la Biblia, sin que exista ninguna relación histórica entre ambos hechos, Chávez sabe asumir con expandida conciencia su ahora y lo acepta. Es decir, se rinde.

Mi afirmación seguramente será condenada por quienes se amoldan al pensamiento culturalmente impuesto que obliga a «los valientes» a resistir, a luchar.

Sólo la cosmovisión del ser conciente permite aceptar lo real como antecedente para la vida. Para aceptar eso que el mismo Nazareno llamó resurrección, a la que acompañó a muchos que le pedían sanación (ver, caminar, librarse de la lepra, oír y hasta regresarles de la muerte) y que se prometió a sí mismo y a sus seguidores, después de aceptar su muerte.

Yo no quiero ni pretendo decir que Chávez y Fidel estaban «adoctrinados» por la Biblia. Lo que sí quiero es rescatar la similitud de actitudes cuando se está ante lo esencial y trascendente: la vida. Y no la vida personal sino la de la humanidad: «¡Yo no soy yo, Chávez es un pueblo!».

Aceptar su misión como soldado, literalmente como soldado en el caso del Comandante Chávez, capaz de rendirse para «resucitar» al tercer día, hecho pueblo redimido y Revolución.

En la medianoche y madrugada del 12 de abril de 2002, Chávez elige rendirse, no se inmola (como le sugirió Fidel que hiciera). En vez de empuñar las armas para resistir, escoge que «se haga tu voluntad», estando en medio de un grupo de facinerosos golpistas asesinos y con ansias de poder.

Era la segunda vez, en una corta historia de la naciente Revolución Bolivariana, en la que el líder y comandante de este proceso se rendía «por ahora» en vez de resistir.

Con Chávez y la aceptación plena de su misión liberadora,«salvífica», revolucionaria, recibimos una enseñanza de inmensa sabiduría. Las revoluciones verdaderas no se agotan en egóticas e intrascendentes batallas. Chávez no quería prestar su nombre como epónimo de una plaza, una calle o una escuela. Quería, como lo aprendió de su guía Simón Bolívar, «la mayor suma de felicidad» para el pueblo.

El «por ahora» de aquel abril de 2002 no fue pronunciado en palabras, como sí lo fue el de 4 de febrero de 1992. Por ahora no es una espera, sino una invitación a  la unidad, a la solidaridad, a amarnos y trabajar por hacernos de una nueva sociedad, sin explotación ni egoísmos, por hacernos de la Patria grande, socialista y en plena libertad.

Ilustración: Iván Lira 

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