Planitud

Por Alfredo Grande

(APe).- “El 18 de brumario de Luis Bonaparte” es una obra escrita por Karl Marx entre diciembre de 1851 y marzo de 1852. El texto comienza con la famosa frase de Marx “La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.

Hace algunos años, cuando estudiaba la obra del filósofo Alain Badiou, entendí que lo verdadero, que no es lo mismo que la verdad, atraviesa los tiempos y los espacios. Dios es una verdad para millones de personas. Pero la idea de dios es lo verdadero para todas y todos. Y como, en el mejor de los casos tenemos ideas, la idea de los verdadero vence al tiempo. El sol gira alrededor de la Tierra, describía Ptolomeo. Copérnico y luego Galileo mostraron que la Tierra gira alrededor del Sol. Esto es lo verdadero. Pero cuando vemos una “caída del sol en un atardecer”, seguimos comprobando una verdad. Lo verdadero se apoya en lo fundante y la verdad se apoya en lo convencional. Ahora mal: cuando lo convencional (la verdad) se toma como lo fundante (lo verdadero), el pensamiento crítico queda abolido.

El aplanamiento de las ideas, la repetición de slogans y muletillas vacías de contenido, el eterno retorno de los sabihondos y suicidas que ya no están solamente en un cafetín de Buenos Aires, nada tiene que ver con el virus. Hay un espanto por las consecuencias (contagiados y muertos) pero al intentar determinar las causas, la mejor opción sigue siendo acusar al otro, otra, otre. Por eso judicializan la política. Para inventar al culpable de los crímenes que yo cometí.

La Corte Suprema se ha convertido en un Tribunal de Alzada de la decadencia de la política de los políticos. Podríamos imaginar este escenario: “proletarios del mundo contra estado burgués”. Se cita a la querella y a la defensa a presentar pruebas en tal sentido. Para asegurar la objetividad del Supremo Tribunal queda prohibida la obra de Karl Marx por ausencia de la neutralidad necesaria. Este absurdo sucedió en Estados Unidos. El Juicio de Scopes (1925) fue un sonado caso legal en Estados Unidos que puso a prueba la Ley Butler, que establecía que era ilegal en todo establecimiento educativo del estado de Tennessee “la enseñanza de cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del hombre tal como se encuentra explicada en la Biblia, y reemplazarla por la enseñanza de que el hombre desciende de un orden de animales inferiores”. El Juicio del Mono como también se le conoce es el más sonado caso legal en la Historia de la batalla ideológica entre creacionismo y evolucionismo. “El Origen de las Especies”, la investigación de Charles Darwin, terminó en un juicio penal contra un maestro. Fue la judicialización de la ciencia. Como todo mal ejemplo, se viraliza fácil.

Mientras se ataca a la familia judicial, al poder de los Supremos, la clase política judicializa todo. Y lo que no judicializa, lo tuitea. Lo verdadero se aplana a ser mera sentencia. Apelable o no. La única verdad es la judicial. Lo que es verdad y terrible. El tema de la presencialidad en las escuelas es un siniestro ejemplo.

La Corte Suprema en remoto decide la validez de un DNU. Cuya única legitimidad debería ser lo verdadero de su fundante científico. No creo demasiado en la división de poderes. De todos modos, la cuestión es abstracta porque los Poderes del Estado no se dividen: se multiplican y se potencian. Lo verdadero de la grieta es el abismo entre empobrecidos y enriquecidos.

La verdad de la grieta es la farsa de los enfrentamientos palaciegos entre diferentes sectores de los gerenciadores de la capital. La gran tragedia de la pandemia es la sentencia de muerte para las y los trabajadores ante la desaparición del empleo formal y del salario. La concentración del poder en las plataformas digitales, los modernos medios de dominación masiva. La miserable farsa es la cultura represora enquistada en el espectáculo de la televisión. Enquistada en las organizaciones del fútbol profesional. Enquistada en la autorización para vacacionar, para realizar velorios de Estado, para propiciar banderazos y aglomeraciones. Incluyendo las baratas de los shoppings. Un 24 de mayo que aún sigue siendo feriado puente. Degradado a la miserable condición de día laborable. Y rápidamente restituido en su honorabilidad de feriado puente.

La bala de plata sigue siendo el confinamiento, porque ya ni en la paz de las vacunas creen.

La miserable farsa que Marx señalara lo he denominado “Planitud”.

En su discurso unipersonal, el Presidente dijo: “más allá de lo que cada uno piense”. Más allá de pensar está el abismo del dogma, de la repetición, del acto reflejo. Empezamos el ASPO del año pasado con la caracterización del “enemigo invisible” y “no hay lugar para los librepensadores”. Lo que denominé la captura reaccionaria de la cuarentena.

La “planitud” es la antítesis de la “plenitud”. Planitud es el vaciamiento de ideas, de pensamiento crítico, de la creatividad y de la valentía. En esta masacre que se organiza como pandemia, lo políticamente correcto comienza a ser cada vez más parecido a lo políticamente cómplice. Y desde la “planitud”, achatamiento de los debates y de las propuestas, cuando la verdad se impone a lo verdadero, no podemos resignarnos a sobrevivir.

La “planitud” de la vida es remedio para melancólicos y cobardes.

Tendremos que romper todo y entonces comenzar a construir todo de nuevo.

Esa es la nueva normalidad necesaria y deseada.

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