El principe de las tinieblas. Alfons Duran Corner

Nuestra cita

He prizes ambiguity; he loves to keep you guessing. Lionel Shriver.

Hay que empezar por el espacio ocupado (tinieblas), que en su principal acepción es la falta de luz, la oscuridad. También la opacidad, aquella característica que impide el paso de la luz, a medio camino entre la oscuridad absoluta y la textura densa pero no cerrada de la imagen que oculta.

Y en ese medio difuso se encuentran ciertos personajes ambivalentes, difíciles de interpretar, que se mueven con soltura porque se hallan cómodos y han hecho de este comportamiento un estilo de vida.

En las últimas décadas y a nivel internacional el título de “Príncipe de las Tinieblas” fue otorgado a Richard Perle, un científico social graduado en la University of Southern California y con un Master of Arts en ciencia política en Princeton. Con cargos públicos en los gobiernos de Reagan y George W.Bush, se destacó por su capacidad para fabular historias y hacerlas creíbles a sus próximos. Entre ellas destacó su relato sobre las “armas de destrucción masiva” de Saddam Hussein, que acabaron con la destrucción física y política de un país y de su población.

Perle en su juventud había sido un liberal, que en Estados Unidos es considerado un progresista, hasta que se dio cuenta (según él mismo declaró a Ben Wattenberg) que estaba equivocado y se pasó al equipo contrario, encabezando el grupo más ultraconservador de la Administración republicana. Cayó del caballo, como cuentan que le ocurrió a Saulo o san Pablo cuando llegaba a Damasco y un súbito resplandor lo dejó ciego y oyó la voz de Dios. Esa caída, al margen del golpe físico, le cambió su credo ideológico y lo convirtió en un apóstol del cristianismo.

Ese tipo de “caída del caballo” se ha repetido muchas veces a lo largo de la Historia. Solo por citar un caso notorio, podemos referirnos a James Burnham, sociólogo y economista, alumno también de Princeton, que se hizo famoso por su ensayo “The Managerial Revolution”, en el que anticipaba un cambio en los agentes del poder de las corporaciones. Burnham, militante del trotskismo americano en su primera etapa política, se pasó luego al campo ultraconservador, por lo que obtuvo incluso la Medalla Presidencial de la Libertad de manos del presidente Reagan.

Ahora, en versión reducida (como una película de la serie B), ha aparecido una nueva estrella en el horizonte político catalán, que se llama Jaume Giró Ribas, un ejecutivo que hasta ahora se ha movido en la ambigüedad. Y la ambigüedad crea un caldo que propicia las tinieblas.

Jaume Giró estudió y se graduó en periodismo en la universidad de Navarra, institución perteneciente al Opus Dei, con la que ha mantenido un estrecho vínculo. Sería bueno saber por qué Jaume Giró eligió ese centro educativo cuando tenía otros públicos a su alcance.

Su currículum académico fue bueno y enseguida encontró trabajo como periodista en Europa Press, agencia de noticias de la órbita del Opus Dei. Pronto dejó el periodismo y se orientó a la comunicación empresarial de las grandes corporaciones, pasando por Catalana de Gas (luego Gas Natural), Repsol y la Caixa. En la primera pasó catorce años; en la segunda cogió más vuelo e incluso entró en los consejos de Petronor y Petrocat (del grupo Repsol), lo que debe considerarse simplemente un premio remunerado a su trabajo. El remate final lo consiguió en La Caixa, como hombre de confianza de Isidro Fainé (supernumerario del Opus Dei), el “amo” de la institución. Lo que pusiera su tarjeta de visita no era relevante. Gozaba de la confianza del patrón y hacía los trabajos que éste le encomendaba.

Entre esos trabajos llama la atención su participación en las reuniones que un grupo de altos ejecutivos y empresarios catalanes tuvieron a primeros del 2016 para encontrar una salida al contencioso  España – Catalunya. Allí compartió mesa con destacados españolistas como Antonio Zabalza, Juanjo Brugera y Carlos Cuatrecasas, todos pertenecientes a la pomada del upper Diagonal. En su búsqueda de la “estabilidad política” este grupo se agenció el concepto de “conspiración civil”, que formaba parte del halo modernista y racionalizador del empresario Durán Farrell en pleno franquismo. Entre sus elucubraciones se apuntaba un posible gobierno presidido por José Manuel García Margallo. Jaume Giró, que había conocido personalmente a Durán Farrell en su época de Gas Natural, declaró: “Donde estaría hoy Durán, nadie puede saberlo. Pero seguro que no se encontraría cómodo con la etiqueta de independentista ni con la de unionista”. Siempre surcando en las aguas de la ambigüedad.

Jaume Giró también pasó por Esade, aunque no queda claro si cursó una licenciatura (cinco años), un grado (cuatro años), una diplomatura o un cursillo. En cualquier caso, su puesto como conseller de Economía y Hacienda le exige, aunque sea solo como interlocutor, una formación económica que nos parece escasa.

Dicen que el señor Giró dejó la Caixa por discrepancias con su patrón en el tema del cambio de oficina fiscal, cambio que la dirección adoptó súbitamente, y así lo dijeron, ante la “deriva independentista” del gobierno de la Generalitat. Podría ser. Seguro que su salida fue muy confortable en términos económicos, como lo fue la del señor Nin, que se llevó quince millones de euros brutos. Sabe demasiadas cosas como para dejar cabos sueltos. Total el dinero era de Caixabank, un banco cuyo principal accionista es la Fundación La Caixa, un ente abstracto sin accionistas que no reparte dividendos sino prebendas. Y es que como dice el refrán: Qui roba al comú no roba a ningú”.

Y si nos acercamos por un momento al área doméstica – que es donde aparecen todas las vergüenzas – tenemos que referirnos a la pomposa boda de la hija del señor Jaume Giró hace un par de años, en la que figuró una lista de invitados vip’s entre los que destacaban los políticos Rodríguez Zapatero, Artur Más, Roca Junyent y Pere Aragonés; los empresarios Isidro Fainé, Florentino Pérez, Javier Godó, Sol Daurella, Carles Vilarrubí y Javier de Paz; los periodistas Pedro Ramírez (también alumno del Opus Dei), José Antich, Pilar Rahola, y un largo etcétera.

En todo ello hay mucho claroscuro. Resulta difícil averiguar cuáles son las convicciones políticas del señor Jaume Giró. Ignoro sus orígenes. Quizás ha caído del caballo o ha cambiado de potro. No lo sé. Tampoco sé si lo saben quiénes lo han elegido para el cargo.

Entretanto me quedo con la teoría de la circularidad, tan defendida por Freud, y es que “todo vuelve al origen”. Si naces y te socializas, por ejemplo, en un entorno reaccionario, y aunque de joven mates simbólicamente a tu padre y te apuntes a la revolución, acabarás regresando a las tranquilas aguas en que te acunaron. También puede producirse el círculo en sentido contrario. No tengo datos suficientes como para conocer el tránsito personal del señor Giró.

No prejuzguemos a Jaume Giró. Pronto veremos el contenido de su trabajo. Seguro que es suficientemente listo como para conocer las limitaciones del cargo, dentro de las más amplias limitaciones de esa gestoría llamada Generalitat de Catalunya.

La cuestión no es dirimir si es o no neoliberal (una etiqueta colocada sin el menor criterio por gente tan dudosa como el secretario general de Comisiones Obreras). La clave es saber si es suficientemente independentista como para asumir el compromiso que tiene por delante.

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